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XII Festival de Jerez



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- CRÓNICA 02.03 -



Acotaciones el programa

Tres nombres de mujer

Manuel Ríos Ruiz
EN el cartel del XII Festival de Jerez, lucen hoy tres nombres de mujer. Sonia Miranda, Manuela Carrasco y María Juncal. La mujer, que siempre estuvo en la vanguardia del arte flamenco, desde las míticas Ana y Antonia La Lora, en el cante, y La Cuenca, en el baile, tiene actualmente una presencia sumamente importante en el panorama profesional. Las bailaoras se han multiplicado en los últimos tiempos, e igualmente se han consagrado un buen número de cantaoras. No es de extrañar, pues, que los espectáculos que el Festival de Jerez ha programado para esta jornada, tres estén protagonizados por la mujer.

En el Palacio de Villavicencio, se nos presenta una cantaora que viene de triunfar en varios certámenes y de pertenecer a diversas compañías en gira. Sonia Miranda, requerida últimamente por peñas flamencas y por organizadores de festivales, se proyecta como una voz valiosa y por configurar sus recitales en base a una amplia baraja estilística.

En el Teatro Villamarta, nos espera Manuela Carrasco, que mantiene su lugar de privilegio desde hace varias décadas, gracias a la entidad jonda de su baile, de su personalidad enraizada en la ortodoxia. Sobre tamaña base y propósito se ha desarrollado la carrera artística de la diosa gitana, a partir de sus éxitos en los tablaos de Sevilla y Madrid y hasta sus espectáculos extraordinarios con los que ha recorrido el mundo, pasando por el reconocimiento de su arte en los más importantes concursos y con la concesión del Premio Nacional de Baile de la Cátedra de Flamencología jerezana, allá en mil novecientos setenta y cuatro. En los citados espectáculos (“Gitano”, “Ayer, hoy y mañana del Flamenco”, “Flamenco puro”, etc.), siempre ha reunido Manuela Carrasco un plantel de grandes intérpretes, por lo que la afición ha gozado con ellos de una gran variedad estilística. Ahora, Manuela Carrasco convencida por la bailarina india Maha Akntar, virtuosa del baile denominado el Khatak, ha puesto en escena la función titulada “Romalí”, en el que las dos artífices funden su arte en estilos, por ejemplo, como la siguiriya. Manuela Carrasco no considera el hecho una fusión, sino una especie de reencuentro, puesto que considera la existencia de una similitud palpable, como corresponde a la ascendencia india de los gitanos.

Y el tercer nombre de mujer en el cartel de hoy, es María Juncal. De la familia de los Borrull, ganadora de premios significativos, como el del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, se ha convertido en una de las más sobresalientes nuevas figuras del baile flamenco. Unos dones que pondrá de manifiesto, en la Sala Compañía, esta noche, ante la afición de la ciudad del flamenco.


NUESTRA CRÓNICA - PRENSA

Manuela Carrasco dio el presente,su espectáculo ausente sin aviso.

“Romalí”, con la obra que nos trajo este año Manuela Carrasco y que en gitano significa danza, quiso homenajear y a la vez recordar el éxodo del pueblo gitano de la India de donde según dice la historia provienen los gitanos que se asentaron en España, de allí que el comienzo es con la bailarina india Maha Akhtar y su música siguiéndole la entrada de los artistas en caravana simbolizando la de los gitanos trashumantes con su patriarca incluido el que con bastón daba las órdenes de forma perentorio, cosa que está bien dramatizado aunque quedaba un poco chocante la forma para estas épocas, pero la historia es así y cada pueblo tiene sus costumbres.

De esa caravana se desprende Manuela y comienza la música por alboreá y bulerías romanceadas, cosa un poco fuera de la historia, la alboreá la acepto no así las bulerías, cante mucho más moderno que no existía a la llegada de los gitanos.


Manuela Carrasco

Manuela con los inicios de la alboreá nos hizo un desplante que engañó nuestras esperanzas, ya que después fue todo un desaguisado desilusionante, yo no me explico como una gran bailaora como es Manuela, con tanto arte y trayectoria, hacen este tipo de espectáculos, cuanto más sencillo es un espectáculo de flamenco mayor es el éxito de una gran bailaora, los palos por derecho es suficiente sin meterse en estos berenjenales, esto por supuesto no le quitará los méritos que tiene Manuela Carrasco.

 

Manuela Carrasco

Muy difícil es contarles a ustedes lo visto, tres cantaores tres, a gran volumen en el cante, para desgracia del espectáculo el sonido de anoche fue fatal, un Antonio Zúñiga que se desgañitaba cada vez que abría la boca, a los gritos pelao, lo mismo que Enrique “El Extremeño” –el patriarca- y José Valencia, aunque estos dos chillaban pero se les entendía el cante, la música por su lado y los cantaores por otro, así y todo se metieron en las seguiriyas donde Manuela quiso acercar a la danza india e invitó a Maha Akthar a compartir escenario, muy frío todo, la bailaora india supongo que su danza la interpretó bien, pero en este baile flamenco ni una alumna de inicio, hasta que Manuela metió el zapateado y los músicos y cantaores haciendo ruido cada vez más fuerte, especialmente el cajón, i-n-s-o-p-o-r-t-a-b-l-e.


Manuela Carrasco

Una reflexión que nos hicimos todos, según lo que se trataba de demostrar, el origen de los gitanos desde la india, no se que pito tocaba el cajón de origen peruano¡¡¡ en la trama, y para colmo hace un solo del cajón¡¡¡¡¡ con el escenario completamente a oscuras, no lo veíamos pero si que nos aturdió, sinceramente no veo el significado a no ser que sugestivamente el percusionista se llama José Carrasco.

El bailaor invitado “El Torombo” al menos hizo lo que sabe dentro de sus limitaciones, bien en las cantiñas que nos hizo más pasable la espera para ver si por lo menos Manuela nos hacía soleá.

Con el cante por Verdiales se estrenaron unas cantaoras que sinceramente tampoco venia en la trama de lo gitano y ligado con un cante de Lole y Manuel, nada que ver, otra vez el Torombo que irrumpe con su fuerza característica, movimientos feroces haciendo alegrías, por suerte aparece Manuela y lo saca del compromiso y al terminar por fin se arranca por soleá.

Y Manuela con su baile gitanísimo trata de salvar los papeles al bailarnos por soleá, el único número realmente rescatable. Un paso por el Villamarta lamentablemente sin pena ni gloria.
Manolo Chilla
Triste y Azul

 






NUESTRA CRÓNICA - PRENSA


La india queda lejos de Triana


El espectáculo de la compañía de Manuela Carrasco deja mucho que desear en todos los órdenes

 

JOSÉ MARÍA CASTAÑO –DIARIO LA VOZ
Resulta paradójico. Tras la lección magistral de Faustino Núñez en la bodega de San Ginés sobre la deuda del flamenco actual con la escuela bolera y las danzas del país, te encuentras en Villamarta con un pastiche del calado de Romalí. Se abre el telón y aparece un pretendido hermanamiento de la danza del kathak hindú con el baile flamenco que no se sostiene ni con la más aplicada imaginación.

Los últimos espectáculos de Manuela Carrasco tienden a lo mismo, hay mucha transición hasta que sale la deidad dictando sentencia con ese porte racial y contundente. Pero éste, ni siquiera eso. Una obra debe privilegiar al artista principal, que todos los elementos desemboquen en el mayor lucimiento de la intérprete primera pero nunca perjudicarla. Y Romalí es un buen ejemplo de cómo una pésima puesta en escena es capaz de contagiar a una artista de la talla inconmensurable de nuestra Manuela.

Hasta que no baila por soleá, y no ha sido ni mucho menos de sus mejores actuaciones, todo es un relleno malo malísimo. Hubo poco conjunto de las voces con las guitarras, la presencia de una caja machacona (claro, se entiende que de India a Triana pasaron un momento por Perú) y una escenografía ciertamente lamentable con salidas y entradas a destiempo, linternas en pleno acto, personal pasando por detrás del fondo y acoples de sonido por un tubo.

Manuela es demasiado grande para merecer esto. Incluso en tardes aciagas, tiene tal calidad, tal peso en su expresión, que cuatro poses pagan la entrada de sobra, pero nunca justifican que tal artistaza vaya cotejada de oropeles tan baratos.

El baile hindú estuvo representado por Maha Akhtar que tuvo un pase mientras estuvo con los suyos, pero de ahí a ponerla a hace una escobilla por siguiriyas con la mismísima Manuela Carrasco me parece una osadía sin límites. Lamentable.

Otro invitado, El Torombo, estuvo, al menos ofreciendo lo que tiene, baile peculiar, cortito de recursos pero con innegable sabor en las cantiñas que satisfizo a un público cansado de esperar a la Carrasco. Sus apariciones son siempre espectaculares. Esa mirada hierática, la forma de meter los pies, de moverse como si el alma se le fuera en ello. Pero tanto acento en lo gitanista y se recurre al fandango de Frasquito Yerbabuena y verdiales varios con el fondo del Cabalgando de Lole y Manuel. Ni con cola.

Torombo vuelve con la bulería por soleá para que Manuela resuelva más tarde por alegrías con raza, tiene que tirar de ella, tal vez en exceso cuando hay muchos más recursos. Por fin llega la soleá. Y ahí está Manuela tirando de empaque y de garra, le cuesta rematar en exceso pero certifica su lugar de privilegio en la historia del baile, el mismo que no le permite pasearse por el mundo con una obra tan mediocre

 



‘Romalí’ se pierde en La India

La bailaora Manuela Carrasco presentó anoche en el Teatro Villamarta ‘Romalí’, una obra con la que quiere volver a sus raíces acercando la danza hindú y el baile flamenco.

DAVID FERNÁNDEZ – DIARIO DE JEREZ
Cuando Manuela Carrasco rompió a bailar anoche en la alboreá paró el tiempo con dos recortes y toda la flamenquería del mundo contenida bajo su piel. Pegó tres taconazos, alzó las dos manos al cielo e inmóvil sobre su portentosa planta se detuvo unos segundos para dejar flotando el presentimiento de que algo extraordinario podía ocurrir en el Teatro Villamarta.

Tres minutos le bastaron para dejar muy claro que posee una talla que el resto sólo podrá desear y que tras 40 años pisando el escenario sus piernas siguen sonando tan musicales, precisas y limpias como siempre. Hacia delante y detrás cruzó los pies entre sí con la soltura de una quinceañera. Arrebatadora su figura, salvaje, racial, muy temperamental y con un ritmo trepidante en los pies, la bailaora sevillana irrumpió en el teatro como un torbellino. Sin embargo, las buenas vibraciones se evaporaron a medida que avanzó el reloj.

La puesta en escena de Romalí resultó fallida y en su caso no es novedad y es lo de menos, porque Manuela Carrasco no ha dependido tanto de sus montajes como de su inspiración. El problema es que no tuvo su mejor noche. Según programa, quiso bucear en los orígenes del flamenco para proponer que el futuro no está en la fusión, sino en pisar las huellas que dejaron los mayores para proyectarlas.

Fácil parecía la teoría, pero se fracasó en la práctica. De entrada, lo que se observó fue a un cuadro de músicos hindúes para mayor lucimiento de Maha Akhtar, que bailó hindú con alguna pose flamenca. Tras ella se presentó la compañía caracterizada como si sus integrantes fuesen nómadas y con El Extremeño ejerciendo de patriarca, vara verde en mano, indicando a todos y cada uno qué hacer en cada momento. La trilla, muy de moda este festival, marcó la pauta. En fin.

Sí se acercó, al menos, el baile flamenco a la danza hindú. Y fue, cómo no, por seguiriyas. Manuela Carrasco compartió tablas con Maha Akhtar y se pasó casi la mitad del tiempo contemplando sus movimientos, sin ni siquiera marcar el cante, hasta meter los pies sin freno para provocar, con la inestimable colaboración de músicos y palmas, todo el ruido posible, una constante durante toda la obra.

Incluso la bailarina hindú, que danzó descalza al principio, se colocó los tacones y colocó en sus tobillos una especie de campanillas. Otra vez puro nervio, Manuela, para poner el broche a la seguiriya, clavó su figura sobre las tablas tras otro de sus desplantes con el que calló la voz que gritaba.
Apareció El Torombo para bailar por alegrías, pero estuvo más pendiente de su pañuelo, el cual intentó recoger del suelo sin éxito en un par de ocasiones con la punta del pie, que del baile eléctrico, frenético y exagerado que defendió. Eso sí, cuando no falló, a la primera, el público le ovacionó. Sin más explicaciones salió una chiquilla vestida de rojo a bailar por bulerías y Manuela la recogió entre sus brazos.

Con el cante por verdial llegaron los primeros acoples y se estrenaron unas cantaoras que tampoco brillaron a gran altura, como le ocurrió a los cantaores y a los músicos. El percusionista trató de capitanear una transición con dignidad pero se lo pusieron imposible. Toda la referencia a India desapareció del teatro y del argumento no se supo más.

Reapareció Torombo, pero tal vez porque antes no le salieron las cosas, lo cierto es que tampoco se prodigó en el cante por soleá que le brindaron. Abrevió faena y otra vez será. Ella regresó por alegrías y también aquí se limitó a zapatear con fuerza y precisión para subrayar su discurso del baile, que renuncia al salero de Cádiz, a muchas revoluciones por segundo.

Vestida de blanco con volantes, sobre la misma marca, la mano izquierda agarrando el vestido y la derecha lacia, hasta por tres veces metió los pies con tanto ímpetu que no taladró las tablas porque controla como ella sola. Quedaba la soleá y, de negro y rosa, aunque marcó algo más el cante y alzó los brazos para recoger las manos un par de veces, no fue suficiente para aportar algo diferente que disparase de verdad las emociones en el teatro, por mucho que impactara el hecho de que no se le vieran los pies por momentos.






Mucho ruido y pocas nueces en un evento muy pobre

Luis Román -Informacion Jerez
El espectáculo estuvo muy por debajo de las expectativas que había generado. Y es que un número de Manuela Carrasco siempre tiene ese ambiente que tanto gustan a los aficionados cabales, pero ayer se le fue por completo el Romalía, a la trianera, ya que, entre otras cosas, incurrió en algunos anacronismos temporales, tal es el caso de la utilización de la caja como instrumento de percusión siendo propio de Perú y que el ámbito flameco no utilizara hasta que el sexteto de Paco de Lucía no lo incorpora a su elenco. Por otro lado, el abuso de la utilización del vocablo olé u ole en la salida primera a escena titulada Nómadas que quiso exponer el nexo existente entre las culturas hindú y gitana, pues el pueblo calé salió en su diáspora hacia Occidente desde el Norte de la India y es probable que la susodicha palabra no la conocieran hasta su entrada en la Península Ibérica en el siglo XV, cuando la crónica del condestable Miguel Lucas de Iranzo relata la presencia en Jaén de este pueblo. Otra posible desviación de un relato fidedigno puede ser la presencia de la seguiriya, si se admite -aunque hay reti cencias al respecto- que este cante tiene su origen en el pueblo hebreo, que llegó a la Piel de Toro en el siglo V, bajo los estertores de la dominación romana.

En cuanto al espectáculo artístico en sí cabe comentar muy pocas cosas positivas. La verdad es que uno sale asombrado cuando comprueba cómo una bailaora de su categoría puede aferrarse a la ley del mínimo esfuerzo. Además, se rodeó de unos cantaores de atrás que dieron la de arena, pasándose más tiempo gritando que lo que es de verdad cantar. Porque tengamos muy claro que son dos verbos incompatibles en el flamenco: o se conjuga uno u otro, jamás los dos al unísono. Ayer se optó por gritar y nunca se supo qué se cantó verdaderamente.

Después de la puesta en escena con la danzarina india Maha Akhtar, que protagonizó los mejores momentos de la noche, se sucedieron en las tablas del Teatro Villamarta una serie de artistas que estuvieron sin brillantez. Entiendo que sólo hubo una exaltación simplista al patriarcado, cuyo exacerbamiento en los gestos hiperbólicos vara de mando en mano daba mucho que pensar.

Así que la pocas fueron avanzando y nada parecía tener solución. Se sabe que un espectáculo cuesta mucho -en todos los sentidos- ponerlo en liza, pero una artista de la categoría de Manuela Carrasco -que no va a perder su condición de gran maestra pese a este fiasco en toda regla- no puede permitirse jugar tan a la ligera con los relatos históricos y, sobre todo, dejar al libre albedrío la intervención de unos cantaores sin sustancia -con las excepciones casi siem­pre honrosas de Enrique El Extremeño y José Valencia-. Para colmo, un número en solitario de la caja con las luces apa­gadas. Está claro que ayer las cosas no salieron. La verdad es que la decepción fue la tónica predominante de una no­che que careció de brillo. Un espectá­culo con poca, muy poca esencia.


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Ella y sus influencias


Francisco Sánchez Múgica -  Diario de Jerez
Sonia Miranda sabe que nunca se deja de aprender. Ella, se le nota, no para de beber de diferentes manantiales, de estudiar el cante, y quizás por ese motivo todavía no tenga fraguada su personalidad al subirse a un escenario. Nada que el tiempo y la experiencia no cure. Y es que en ocasiones no consigue despegarse de ese aire cupletero que le acompaña desde los inicios y que adorna su interpretación enfriándola, restándole profundidad y recargándola innecesariamente. Y otras veces, recuerda demasiado a otras cantaoras de este tiempo, llámense por ejemplo Mayte Martín o María José Santiago, lo que le priva de que podamos reconocerla por ella misma y no por sus evidentes influencias.

Sin embargo, es necesario de­jar meridianamente claro que todo lo anterior no es óbice bajo ningún concepto para que Sonia Mi­randa cierre sus ojos, coloque su voz con solvencia, y conmueva con su queja por seguiriyas, emocione con los melismas de su malagueña y pellizque con el abandolao de Frasquito Yerbabuena con que remata las letras de El Mellizo. Madera hay.

A menudo solapada por el ma­gisterio de un tocaor sensacional, la de Isla Mayor disfrutó ayer en Villavicencio, se gustó y encandiló al público, entre el que se encontraban miembros de su club defans. Así las cosas, José María Molero, el guitarrista jerezano heredero de Balao y Del Águila que le acompañó sobre las tablas, sobresalió. Profundas falsetas y genial toque en el que confluyó el corte clásico, a la vieja usanza, pero también un interesante caudal de acordes y notas con carácter, pluralidad y matices ilimitados en arpegios y trémolos. Un tocaor a reivindicar, que tiene poca cancha en su tierra y que ha tenido que ser rescatado por una joven artista de fuera. Bien por ella y mal por una tierra con demasiada amnesia, chovinismo y rivalidades absurdas promovidas, a me­nudo, por jondos integristas.

En su recital, Miranda arrancó por tientos y dedicó la actuación, acertada decisión, a la memoria de Gaspar de Utrera, cantaor de los de otra época recientemente desaparecido. Con remembranzas para Pastora Pavón, la cantaora sevillana dejó amplias muestras de su sobrada afinación y, al mismo tiempo, regaló un eco frágil y a ratos profundo. Más tarde encaró la soleá por bulerías, donde abundó en los mismos recursos, donde nuevamente apuntó sus cualidades y desnudó algunas de sus carencias. En las cantiñas se acordó de El Pinini, de Fernanda y Bernarda, y las abordó como éstas requieren: con la gracia y desparpajo de la soleá ligera. Con mucha sal. Poco a poco, la joven se fue soltando y ahí sí pudieron verse destellos de gran cantaora, destellos que ya no se diluirían hasta el cierre del recital, cuando con humildad y modestia reconoció, antes de ejecutarlas, la dificultad de cantar por bulerías en Jerez. "Ahora llega lo peor", aseveró, visiblemente emocionada y abrumada por los aplausos.

En cualquier caso, las hizo a su "forma y manera" y de nuevo acertó, pues no es la primera vez que el manierismo del artista y sus ganas de agradar le llevan a querer imitar de mala manera la forma característica de un cante autóctono en lugar de dotarlo de su propio sello y forma de apreciarlo desde fuera. En su caso, Miranda ejecutó más bien cuplés por bulerías y decidió que el broche de oro a la tarde, el bis para un público entregado totalmente, debía correr a cargo de los tientos azambrados Maldigo tus ojos verdes, que popularizase La Paquera y compusiese el poeta gitano Antonio Gallardo Molina. Al final, ovación, público en pie y el aroma de su eco flotando en la sala más agradecida para el cante de cuan­tos escenarios pueblan el festival.

SONIA MIRANDA
Cante: Sonia Miranda, Guitarra: José Maria Molero. Lugar Palacio de Villavicencio. Día; 2 de marzo. Aforo: Lleno



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Ensayo sobre la ceguera


Francisco Sánchez Múgica – Diario de Jerez
No es una cuestión de originalidad. Ni siquiera es un problema de escasa imaginación. Lo peor que le puede pasar a un artista es que no sepa con certeza qué pretende narrar y expresar con su discurso. Lo de María Juncal de la medianoche de ayer en La Compañía estuvo más cerca del brainstorming que del espectáculo coherente y sin pretensiones que
esperábamos. Con un título y una sinopsis de escasa justificación, por lo que se vio
posteriormente sobre el escenario, La hora de los milagros no convenció y fue
enredándose en sus contradicciones hasta dejar a la baílaora canaria exhausta tras un
significativo derroche físico y varios minutos de zapateado ininterrumpido en el que se
vació pero con poca consecuencia. Todo alarde, todo técnica, todo insustancial.

A pesar de que el montaje estuvo plagado de defectos técnicos, con un sonido insuficiente que incluyó molestos acoples —probablemente a consecuencia de un inalámbrico mal posicionado—, la heredera de la saga de los_Borrull comenzó mostrando buenas hechuras y maneras en la farruca inaugural que ella ha dado en llamar Juncal. Con silla de enea en mano y sobrada de teatralidad, María Juncal descubrió parte de su talento y dejó ver algunos detalles de gran clase adquiridos, se supone, de forma innata o bien por medio de los distintos maestros que ha tenido en su carrera: El Güito, Merche Esmeralda, La Tati, Manolete.

La ganadora del Desplante en La Unión hace un par de años, de imponente planta y cuerpo perfecto, repitió esos mismos números que le llevaron al éxito en el prestigioso concurso murciano, farruca, taranto y alegrías, sólo que en esta ocasión decidió agruparlos bajo un epígrafe y presentarlos a modo de espectáculo de creación personal. Aunque en realidad no fue más que una propuesta formada por una baílaora y su cuadro flamenco, bastante limitado por cierto. Y es que se ha llegado a un punto que parece que los artistas deben forzosamente vender sus obras mediante entramados discursivos de toda naturaleza y complejos hilos argumentales. A la postre, si hay talento en la puesta en escena, todo eso sobra; y si por el contrario no lo hay, todo eso falla.

Sólo el sello de Sergio Menen salvó la composición musical del montaje de la más absoluta mediocridad, pues aunque los martinetes, poco ortodoxos, rayaron a un nivel aceptable, la canción por bulerías y las alegrías con que concluyó la apuesta de Juncal sonaron a temita de cualquier disco de flamenco-pop. Al final, las alegrías de la bailaora, sin bata de cola, fueron un quiero y no puedo (o no quiero) donde ni la música ni su dominio total de la técnica contribuyó a encauzar el show.

BAILE 'LA HORA DE LOS MILAGROS'
Baile: María Juncal, Cante Roberto Lorente, David Vázquez y Juan Manuel Mora. Guitarra: Carlos Maldonado y Felipe Maya. Chelo: Sergio Menen. Iluminación:Juan Carlos Osuna Lugar; La Compañía. Día 2 de marzo. Aforo: Lleno.


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