XII Festival de Jerez
|
|||||
| .. | Acotaciones el programa Tres nombres de mujerManuel Ríos Ruiz
Manuela Carrasco dio el presente,su espectáculo ausente sin aviso.“Romalí”, con la obra que nos trajo este año Manuela Carrasco y que en gitano significa danza, quiso homenajear y a la vez recordar el éxodo del pueblo gitano de la India de donde según dice la historia provienen los gitanos que se asentaron en España, de allí que el comienzo es con la bailarina india Maha Akhtar y su música siguiéndole la entrada de los artistas en caravana simbolizando la de los gitanos trashumantes con su patriarca incluido el que con bastón daba las órdenes de forma perentorio, cosa que está bien dramatizado aunque quedaba un poco chocante la forma para estas épocas, pero la historia es así y cada pueblo tiene sus costumbres.De esa caravana se desprende Manuela y comienza la música por alboreá y bulerías romanceadas, cosa un poco fuera de la historia, la alboreá la acepto no así las bulerías, cante mucho más moderno que no existía a la llegada de los gitanos. ![]() Manuela con los inicios de la alboreá nos hizo un desplante que engañó nuestras esperanzas, ya que después fue todo un desaguisado desilusionante, yo no me explico como una gran bailaora como es Manuela, con tanto arte y trayectoria, hacen este tipo de espectáculos, cuanto más sencillo es un espectáculo de flamenco mayor es el éxito de una gran bailaora, los palos por derecho es suficiente sin meterse en estos berenjenales, esto por supuesto no le quitará los méritos que tiene Manuela Carrasco.
Muy difícil es contarles a ustedes lo visto, tres cantaores tres, a gran volumen en el cante, para desgracia del espectáculo el sonido de anoche fue fatal, un Antonio Zúñiga que se desgañitaba cada vez que abría la boca, a los gritos pelao, lo mismo que Enrique “El Extremeño” –el patriarca- y José Valencia, aunque estos dos chillaban pero se les entendía el cante, la música por su lado y los cantaores por otro, así y todo se metieron en las seguiriyas donde Manuela quiso acercar a la danza india e invitó a Maha Akthar a compartir escenario, muy frío todo, la bailaora india supongo que su danza la interpretó bien, pero en este baile flamenco ni una alumna de inicio, hasta que Manuela metió el zapateado y los músicos y cantaores haciendo ruido cada vez más fuerte, especialmente el cajón, i-n-s-o-p-o-r-t-a-b-l-e.
Una reflexión que nos hicimos todos, según lo que se trataba de demostrar, el origen de los gitanos desde la india, no se que pito tocaba el cajón de origen peruano¡¡¡ en la trama, y para colmo hace un solo del cajón¡¡¡¡¡ con el escenario completamente a oscuras, no lo veíamos pero si que nos aturdió, sinceramente no veo el significado a no ser que sugestivamente el percusionista se llama José Carrasco. El bailaor invitado “El Torombo” al menos hizo lo que sabe dentro de sus limitaciones, bien en las cantiñas que nos hizo más pasable la espera para ver si por lo menos Manuela nos hacía soleá. Y Manuela con su baile gitanísimo trata de salvar los papeles al bailarnos por soleá, el único número realmente rescatable. Un paso por el Villamarta lamentablemente sin pena ni gloria.
NUESTRA CRÓNICA - PRENSA La india queda lejos de TrianaEl espectáculo de la compañía de Manuela Carrasco deja mucho que desear en todos los órdenes
JOSÉ MARÍA CASTAÑO –DIARIO LA VOZ
‘Romalí’ se pierde en La IndiaLa bailaora Manuela Carrasco presentó anoche en el Teatro Villamarta ‘Romalí’, una obra con la que quiere volver a sus raíces acercando la danza hindú y el baile flamenco.DAVID FERNÁNDEZ – DIARIO DE JEREZ La puesta en escena de Romalí resultó fallida y en su caso no es novedad y es lo de menos, porque Manuela Carrasco no ha dependido tanto de sus montajes como de su inspiración. El problema es que no tuvo su mejor noche. Según programa, quiso bucear en los orígenes del flamenco para proponer que el futuro no está en la fusión, sino en pisar las huellas que dejaron los mayores para proyectarlas. Fácil parecía la teoría, pero se fracasó en la práctica. De entrada, lo que se observó fue a un cuadro de músicos hindúes para mayor lucimiento de Maha Akhtar, que bailó hindú con alguna pose flamenca. Tras ella se presentó la compañía caracterizada como si sus integrantes fuesen nómadas y con El Extremeño ejerciendo de patriarca, vara verde en mano, indicando a todos y cada uno qué hacer en cada momento. La trilla, muy de moda este festival, marcó la pauta. En fin. Sí se acercó, al menos, el baile flamenco a la danza hindú. Y fue, cómo no, por seguiriyas. Manuela Carrasco compartió tablas con Maha Akhtar y se pasó casi la mitad del tiempo contemplando sus movimientos, sin ni siquiera marcar el cante, hasta meter los pies sin freno para provocar, con la inestimable colaboración de músicos y palmas, todo el ruido posible, una constante durante toda la obra. Incluso la bailarina hindú, que danzó descalza al principio, se colocó los tacones y colocó en sus tobillos una especie de campanillas. Otra vez puro nervio, Manuela, para poner el broche a la seguiriya, clavó su figura sobre las tablas tras otro de sus desplantes con el que calló la voz que gritaba. Con el cante por verdial llegaron los primeros acoples y se estrenaron unas cantaoras que tampoco brillaron a gran altura, como le ocurrió a los cantaores y a los músicos. El percusionista trató de capitanear una transición con dignidad pero se lo pusieron imposible. Toda la referencia a India desapareció del teatro y del argumento no se supo más. Reapareció Torombo, pero tal vez porque antes no le salieron las cosas, lo cierto es que tampoco se prodigó en el cante por soleá que le brindaron. Abrevió faena y otra vez será. Ella regresó por alegrías y también aquí se limitó a zapatear con fuerza y precisión para subrayar su discurso del baile, que renuncia al salero de Cádiz, a muchas revoluciones por segundo. Vestida de blanco con volantes, sobre la misma marca, la mano izquierda agarrando el vestido y la derecha lacia, hasta por tres veces metió los pies con tanto ímpetu que no taladró las tablas porque controla como ella sola. Quedaba la soleá y, de negro y rosa, aunque marcó algo más el cante y alzó los brazos para recoger las manos un par de veces, no fue suficiente para aportar algo diferente que disparase de verdad las emociones en el teatro, por mucho que impactara el hecho de que no se le vieran los pies por momentos.
Mucho ruido y pocas nueces en un evento muy pobreLuis Román -Informacion Jerez En cuanto al espectáculo artístico en sí cabe comentar muy pocas cosas positivas. La verdad es que uno sale asombrado cuando comprueba cómo una bailaora de su categoría puede aferrarse a la ley del mínimo esfuerzo. Además, se rodeó de unos cantaores de atrás que dieron la de arena, pasándose más tiempo gritando que lo que es de verdad cantar. Porque tengamos muy claro que son dos verbos incompatibles en el flamenco: o se conjuga uno u otro, jamás los dos al unísono. Ayer se optó por gritar y nunca se supo qué se cantó verdaderamente. Después de la puesta en escena con la danzarina india Maha Akhtar, que protagonizó los mejores momentos de la noche, se sucedieron en las tablas del Teatro Villamarta una serie de artistas que estuvieron sin brillantez. Entiendo que sólo hubo una exaltación simplista al patriarcado, cuyo exacerbamiento en los gestos hiperbólicos vara de mando en mano daba mucho que pensar. Así que la pocas fueron avanzando y nada parecía tener solución. Se sabe que un espectáculo cuesta mucho -en todos los sentidos- ponerlo en liza, pero una artista de la categoría de Manuela Carrasco -que no va a perder su condición de gran maestra pese a este fiasco en toda regla- no puede permitirse jugar tan a la ligera con los relatos históricos y, sobre todo, dejar al libre albedrío la intervención de unos cantaores sin sustancia -con las excepciones casi siempre honrosas de Enrique El Extremeño y José Valencia-. Para colmo, un número en solitario de la caja con las luces apagadas. Está claro que ayer las cosas no salieron. La verdad es que la decepción fue la tónica predominante de una noche que careció de brillo. Un espectáculo con poca, muy poca esencia. Ella y sus influenciasFrancisco Sánchez Múgica - Diario de Jerez Sonia Miranda sabe que nunca se deja de aprender. Ella, se le nota, no para de beber de diferentes manantiales, de estudiar el cante, y quizás por ese motivo todavía no tenga fraguada su personalidad al subirse a un escenario. Nada que el tiempo y la experiencia no cure. Y es que en ocasiones no consigue despegarse de ese aire cupletero que le acompaña desde los inicios y que adorna su interpretación enfriándola, restándole profundidad y recargándola innecesariamente. Y otras veces, recuerda demasiado a otras cantaoras de este tiempo, llámense por ejemplo Mayte Martín o María José Santiago, lo que le priva de que podamos reconocerla por ella misma y no por sus evidentes influencias. Sin embargo, es necesario dejar meridianamente claro que todo lo anterior no es óbice bajo ningún concepto para que Sonia Miranda cierre sus ojos, coloque su voz con solvencia, y conmueva con su queja por seguiriyas, emocione con los melismas de su malagueña y pellizque con el abandolao de Frasquito Yerbabuena con que remata las letras de El Mellizo. Madera hay. A menudo solapada por el magisterio de un tocaor sensacional, la de Isla Mayor disfrutó ayer en Villavicencio, se gustó y encandiló al público, entre el que se encontraban miembros de su club defans. Así las cosas, José María Molero, el guitarrista jerezano heredero de Balao y Del Águila que le acompañó sobre las tablas, sobresalió. Profundas falsetas y genial toque en el que confluyó el corte clásico, a la vieja usanza, pero también un interesante caudal de acordes y notas con carácter, pluralidad y matices ilimitados en arpegios y trémolos. Un tocaor a reivindicar, que tiene poca cancha en su tierra y que ha tenido que ser rescatado por una joven artista de fuera. Bien por ella y mal por una tierra con demasiada amnesia, chovinismo y rivalidades absurdas promovidas, a menudo, por jondos integristas. En su recital, Miranda arrancó por tientos y dedicó la actuación, acertada decisión, a la memoria de Gaspar de Utrera, cantaor de los de otra época recientemente desaparecido. Con remembranzas para Pastora Pavón, la cantaora sevillana dejó amplias muestras de su sobrada afinación y, al mismo tiempo, regaló un eco frágil y a ratos profundo. Más tarde encaró la soleá por bulerías, donde abundó en los mismos recursos, donde nuevamente apuntó sus cualidades y desnudó algunas de sus carencias. En las cantiñas se acordó de El Pinini, de Fernanda y Bernarda, y las abordó como éstas requieren: con la gracia y desparpajo de la soleá ligera. Con mucha sal. Poco a poco, la joven se fue soltando y ahí sí pudieron verse destellos de gran cantaora, destellos que ya no se diluirían hasta el cierre del recital, cuando con humildad y modestia reconoció, antes de ejecutarlas, la dificultad de cantar por bulerías en Jerez. "Ahora llega lo peor", aseveró, visiblemente emocionada y abrumada por los aplausos. En cualquier caso, las hizo a su "forma y manera" y de nuevo acertó, pues no es la primera vez que el manierismo del artista y sus ganas de agradar le llevan a querer imitar de mala manera la forma característica de un cante autóctono en lugar de dotarlo de su propio sello y forma de apreciarlo desde fuera. En su caso, Miranda ejecutó más bien cuplés por bulerías y decidió que el broche de oro a la tarde, el bis para un público entregado totalmente, debía correr a cargo de los tientos azambrados Maldigo tus ojos verdes, que popularizase La Paquera y compusiese el poeta gitano Antonio Gallardo Molina. Al final, ovación, público en pie y el aroma de su eco flotando en la sala más agradecida para el cante de cuantos escenarios pueblan el festival. SONIA MIRANDA
Ensayo sobre la cegueraFrancisco Sánchez Múgica – Diario de Jerez No es una cuestión de originalidad. Ni siquiera es un problema de escasa imaginación. Lo peor que le puede pasar a un artista es que no sepa con certeza qué pretende narrar y expresar con su discurso. Lo de María Juncal de la medianoche de ayer en La Compañía estuvo más cerca del brainstorming que del espectáculo coherente y sin pretensiones que esperábamos. Con un título y una sinopsis de escasa justificación, por lo que se vio posteriormente sobre el escenario, La hora de los milagros no convenció y fue enredándose en sus contradicciones hasta dejar a la baílaora canaria exhausta tras un significativo derroche físico y varios minutos de zapateado ininterrumpido en el que se vació pero con poca consecuencia. Todo alarde, todo técnica, todo insustancial. A pesar de que el montaje estuvo plagado de defectos técnicos, con un sonido insuficiente que incluyó molestos acoples —probablemente a consecuencia de un inalámbrico mal posicionado—, la heredera de la saga de los_Borrull comenzó mostrando buenas hechuras y maneras en la farruca inaugural que ella ha dado en llamar Juncal. Con silla de enea en mano y sobrada de teatralidad, María Juncal descubrió parte de su talento y dejó ver algunos detalles de gran clase adquiridos, se supone, de forma innata o bien por medio de los distintos maestros que ha tenido en su carrera: El Güito, Merche Esmeralda, La Tati, Manolete. La ganadora del Desplante en La Unión hace un par de años, de imponente planta y cuerpo perfecto, repitió esos mismos números que le llevaron al éxito en el prestigioso concurso murciano, farruca, taranto y alegrías, sólo que en esta ocasión decidió agruparlos bajo un epígrafe y presentarlos a modo de espectáculo de creación personal. Aunque en realidad no fue más que una propuesta formada por una baílaora y su cuadro flamenco, bastante limitado por cierto. Y es que se ha llegado a un punto que parece que los artistas deben forzosamente vender sus obras mediante entramados discursivos de toda naturaleza y complejos hilos argumentales. A la postre, si hay talento en la puesta en escena, todo eso sobra; y si por el contrario no lo hay, todo eso falla. Sólo el sello de Sergio Menen salvó la composición musical del montaje de la más absoluta mediocridad, pues aunque los martinetes, poco ortodoxos, rayaron a un nivel aceptable, la canción por bulerías y las alegrías con que concluyó la apuesta de Juncal sonaron a temita de cualquier disco de flamenco-pop. Al final, las alegrías de la bailaora, sin bata de cola, fueron un quiero y no puedo (o no quiero) donde ni la música ni su dominio total de la técnica contribuyó a encauzar el show. BAILE 'LA HORA DE LOS MILAGROS'
|
||||
|
¿Quieres escribirnos? Por favor, escribe
a |