Manuel Ríos Ruiz
El Festival de Jerez combina en su programación distintos perfiles del flamenco y de la danza. Programa la tradición y, a la par, ofrece espacio a las nuevas aventuras creativas. Como todos saben, se viene sobreentendiendo por tradición flamenca todo el compendio estilístico conformado en los siglos XVIII y XIX, por una parte, y por otra, el ambiente en que se desarrollaba entonces el flamenco. Y la tenemos tan asumida, es tan patente y radical, tiene tantísima fuerza de sugestión, que nos empuja a la evocación perenne del ayer. Mas se impone considerar que desde la tradición todo arte puede evolucionar y en ocasiones con acierto, El arte flamenco no está exento de tamaña eventualidad. Y en la jornada de hoy del XII Festival de Jerez podremos comprobarlo.
En primer lugar con la obra “Flamenco, Café y puro“”, que presenta en el Teatro Villamarta Estévez/Paños Dospormedio $ Cía. Sus dirigentes nos han resumido así su propósito y contenido: “El rumbo escogido para este espectáculo es el de la búsqueda de información en las noticias de prensa de los siglos XIX y XX, o los registros sonoros de entonces. A partir de ellos podemos admirar el baile de los pilares fundamentales que formaron la danza española y que nos sirven como fuente de información. Y ahondar en las raíces para buscar la modernidad es el leit motiv de la función, que se servirá de ilustraciones antiguas y fotografías de las grandes bailaoras de antaño. Para crear atmósfera junto a una escenografía minimalista”. Finalmente, afirman: “Esta sucesión de estampas coreográficas tiene como objetivo homenajear desde el respeto y sin mimetismos a lo grandes artistas, del cante, el baile y el toque”.
Por su parte, en la Sala Compañía, el bailaor cordobés Fran Espinosa, que camina hacia los treinta años, tras su triunfo en el último Concurso de Arte Flamenco de su ciudad natal, viene empeñado en mostrar su peculiar estilo, su concepto personal de la interpretación, injertándole a los movimientos tradicionales aquellos evolutivos que les añade, digamos que por su cuenta y riesgo, sin perder naturalmente la ley del compás, intentando inspirarse entre El Güito e Israel Galván. Lo cual tiene su teleguendengue.
En cuanto a Pedro Sierra, el ya veterano guitarrista catalán y avecindado en Sevilla, hay que reconocer en primer lugar su probada profesionalidad en todos los campos flamencos, desde el acompañamiento al cante y el baile a su faceta de compositor y solista. Lo que hoy dejará clara en su concierto en el marco ideal de La Bodega de los Apóstoles. Recordemos que hace diecisiete años mereció en Jerez, el Premio Nacional de Guitarra de la Peña Los Cernícalos. Estamos, por lo tanto, ante uno de los guitarristas más destacado y personales del momento.
En definitiva, una jornada muy peculiar y variada es la de este lunes aparece en la programación del festival jerezano.
¡Bravísimo, Dospormedio & Cia!
Luis Román – Diario Jerez Información
Hubo arte a raudales anoche en el coliseo jerezano. La verdad es que un evento de esa índole no es común verlo con lo con frecuencia; a tenor de la tremenda imaginación puesta en escena, sobre todo porque cabe hablar de renovación de conceptos, mezclando ámbitos como el flamenco y la danza, y sobre todo, una curiosidad: no hubo músicos en el tablao, lo que en sí mismo no es bueno ni malo, ni mejor ni peor. Ocurre, eso sí, que se hizo un gran homenaje a las voces (en off, naturalmente) de grandes maestros del cante como Antonio Mairena, Juan Varea, Juan Talega, Tomás Pavón, La Niña de los Peines, Manuel Vallejo. Jacinto Almadén o Manolo Caracol, entre otros. Artistas para el recuerdo de cuantos vivieron sus acentos jondos.
La labor coreográfica estuvo plagada de éxito porque los artistas trabajaron a fondo para compenetrarse sin que pudiera imputársele fallo alguno. La gracia, la chispa, el trabajo bien hecho, con una disciplina perfecta, fueron las más evidentes consecuencias de un número que enarboló la bandera del entusiasmo y la diversidad absoluta.
De entrada, todo parecía que se desenvolvía como en un sueño. Es difícil en unas líneas narrar lo que duró más de dos horas, con todos los elementos emocionales que, por razones obvias, no pueden aparecer en una crónica, por larga y extensa que ésta sea.
BUEN ESFUERZO
La disciplina y el trabajo bien hecho fueron las notas más destacadas de la función de anoche.
La música acentuaba notas de misterio al principio, para ir adquiriendo aires de coplas y, sobre todo, de flamenco, con unos estilos de movimientos poco usuales, raros y magníficos al mismo tiempo.
El cuerpo de baile, a medio camino entre el arte flamenco y la danza española, hizo posible la comunicación perfecta, muy conseguida, de la temática de la que hace gala el Festival de Jerez: la convivencia entre las dos disciplinas.
Los bailes estuvieron expresados con mucho arte, muy sentidos de principio a fin, sin que bajara nunca el nivel, antes al contrario, conservando desde el instante en que se alzó el telón la intensidad y la magia, porque la noche estuvo cubierta sobre todo por el invisible manto de la magia. No cupo para el elenco artístico mayores elogios que los que cosechó al acabar la obra y el telón se alzó para que saludaran, ya que una vanguardia de creadores como la de anoche, comandados por Rafael Estévez y Nani Paños, pueden establecer nuevos paradigmas en la propuesta de renovación de los espectáculos que quieren mezclar, en perfecta armonía, dos estilos, dos sensibilidades que fueron una sólo, habida cuenta de la exquisitez con la actuaron todos.
CON MUCHO ARTE
La danza y el flamenco alcanzaron cotas de enorme brillantez en el proscenio.
Queda claro, por si quedaban algunas dudas, que Flamenco XXI: ópera, café y puro —que de todo esto hubo- que los eventos requieren una dosis desmesurada de trabajo y, por supuesto, de cariño. Si algunos destellos brillaron con más luz propia fueron debidos o motivados por estas condiciones indispensables en cualquier espectáculo que desee lograr poner en el imaginario de los espectadores un antes y un después. A ver qué ocurre a partir de ahora en los conceptos artísticos, porque Dospormedio&Cia. ha provocado un feliz cambio en las propuestas. ¡Bravísimo!
Original collage coreográfico
La Compañía Estévez-Paños Dospormedio puso en escena todo un alarde de creatividad
JOSÉ MARÍA CASTAÑO – LA VOZ
El espectáculo Flamenco XXI: ópera, café y puro fue un gran homenaje a muchos conceptos. Hilvanados con solvencia, originalidad y mucha idea al servicio de la expresión corporal y coreográfica. Además, una gran lección de cómo aunar elementos dispares, que aparentemente pudieran ser contradictorios pero que, con inteligencia, se demuestra que en esto del arte la máxima es sumar y no dividir. Elementos como el sonido del disco de pizarra y lo electrificado; el cante de Juan Talega y Pepe Marchena; la danza contemporánea y el baile flamenco más ortodoxo; la escuela española tradicional con la vanguardia; la estampa costumbrista de castañuelas con la batería y la guitarra eléctrica; la dramaturgia escénica con el guiño cómico. Pero esto sólo lo pueden hacer aquellos que manejan, con honestidad, los hilos necesarios para enhebrar las texturas y colores de tan diferentes paños (y nunca mejor dicho). Una introducción por tonás desemboca en un colorido juego de estampas en un café cantante. La estética de principios del siglo pasado con un visor de tres dimensiones. Músicas como las del garrotín, la farruca, la petenera y los tangos, con acentos de azucarillo sugieren escenas románticas. Sugestivas las apariciones de Laura Rozalén para engarzar con la época.
Estévez y Paños se ocupan de pasos a dos figurativos. Hay mímica, de aquella del cine mudo que vale tanto como la palabra. Toda la música está en off y Antonio Mairena y Tomás Pavón irrumpen con la soleá de Alcalá, bailada con la estética de Carmen Amaya. Llega un momento en que saturan tantos mensajes y éste es el único inconveniente de la obra. De la soleá a la guajira marchenista, del paso a tres al baile de las sombras proyectadas con la caña de Ramón Montoya. De la velocidad al vértigo en los contenidos. No se ha asimilado un concepto y llegan tres más. Las milongas y el tanguillo de El intermedio trae de nuevo la coreografía grupal. Cada movimiento está estudiado al mínimo y hay una gran calidad interpretativa en todos los integrantes que fusionan como lema vital.
Del café se pasa al cabaret, suena la voz angustiada del saxofón que ya utilizara Sabicas con Joe Beck como pionero de la mezcla. Así, en el paso vanguardista del cisne en el que baila uno con el cuerpo de dos, resuelto con el cierre por siguiriyas de Juan Varea y con tintes de Vicente Escudero.
Destaca la argamasa para conciliar tantos extremos. Asturianadas de la Niña de los Peines y tangos argentino, taranta montoyista y una variaciones sobre el Fuego Fatuo de Manuel de Falla con una gran diversidad de recursos. Un homenaje a Caracol y las tonás cierran una obra imaginativa, brillante en muchos momentos con un abanico de registros impresionante. Una obra que permite otra visión del baile y la danza. Y esto siempre enriquece.
Flamenco XXI: ópera, café y puro
D. Fernández / F.S. Múgica – Diario de Jerez
Hay veces que los árboles, aunque en principio pudiera pensarse lo contrario, dejan ver nítidamente el bosque. La densidad de la propuesta que Dospormedio & Cía., capitaneada por Rafael Estévez y Nani Paños, ofreció anoche en el Teatro Villamarta con Flamenco XXI: ópera, café y puro pudo, a priori, jugar en su contra, pero ahí precisamente, en salvar su propia ambición de partida, residió la grandeza de un espectáculo cuya narración resultó una auténtica gozada para el espectador y un portento de coherencia e inventiva, algo tan escaso en el arte contemporáneo. Pero es que Dospor medio, Estévez y Paños, hacen ARTE, con mayúsculas, el arte que ni se compra ni se vende. Arte sin-cero hecho para el disfrute personal, empezando por ellos mismos.
Esta vez, se basaron en un homenaje coral centrado en el rico y vasto patrimonio del flamenco para acercar al público el legado y testimonio de vacas sagradas como fueron Silverio, Manolo Caracol, Niña de los Peines, Carmen Amaya, Ramón Montoya... Desde el conocimiento y el respeto más absolutos, catorce bailarines, con invitados estelares como Antonio Ruz y Concha Jareño, exhibieron un sinfín de coreografías en las que lejos de emular a los más grandes se dedicaron a volcar sobre el escenario toda la información que les ha llegado sobre los artistas de los siglos XIX y XX desde su propio lenguaje, acorde a los tiempos que corren.
Un minucioso trabajo que Rafael Estévez ha venido desarrollado desde quince años atrás basado en una exhaustiva recopilación de grabaciones y registros sonoros que retrotraen a los grandes de la historia del arte jondo. Esta búsqueda y estos sorprendentes hallazgos han propiciado que las voces de Antonio Mairena, Vallejo, La Niña, Tomás y Pepe Marchena —cual coral polifónica por toná— anunciaran el café cantante como el único reducto en el que se invitaba a olvidar, por ejemplo, el desastre de Cuba. España allí lo perdió casi todo, menos su espíritu. Y en dicho café, bajo una puesta en escena minimalista, los bailarines y bailarinas evocaron a los artistas de la época con tics de su anterior obra, Muñecas, otra delicia en la que reflexionaban sobre el ser humano y su lugar en el mundo.
Con los peinados de época, las bailarinas rodearon a Laura Rozalén para que ésta rindiera su particular tributo a La Macarrona y otras tantas bailaoras de entonces. Desde una estética con tintes futurista pero que hundió su raíz en lo añejo, dejaron patente que hace 200 años las mujeres subrayaban su lado más femenino y pasaban por alto la técnica. Primaba más unas gotas de sensualidad, la esencia, la sugerencia, que lo explícito. Poco a poco, como si se les agotara la batería y tras arrancar la sonrisa del público aplaudieron sin hacer sonar las palmas, quedaron estáticas como un tiempo que ya se fue y no volverá.
Punto y aparte fue la coreografía dedicada al Rock encounter de Sabicas con Joe Beck, una experiencia impactante y atronadora que consiguió levantar una vez más al público de sus butacas. Esta pieza junto a la farruca y la sucesión de zambras —De Morita, mora a Rosa venenosa— fue un homenaje a los que se atrevieron a fusionar muchas décadas antes de que nacieran los que hoy se auto-proclaman vanguardistas.
El ensayo sobre el fuego inspirado en El amor brujo de Falla fue otra danza muy lograda, así como los momentos más flamencos protagonizados en la soleá, la caña, el fandangazo por solea de Vallejo, la taranta, la asturiana... Mención aparte merecen las puntas de lanza de la compañía. Estévez y Paños, pura química y conexión en el escenario, permanecieron equilibrados y dando su sitio a todos los miembros de este milagro de sociedad dancístíca de la que ya esperamos con impaciencia un nuevo paso adelante, una nueva invitación al deleite y al disfrute por el disfrute.
Cuando el toque se hace esencia
Fran Pereira –Diario de Jerez
Cuando un guitarrista supera la barrera del flamenco es capaz de ofrecer un sinfín de variaciones, ahondar en su propia esencia y explotar cada una de sus cualidades con el esmero. Éste, sin lugar a dudas, es el caso de Pedro Sierra, un artista más que consagrado en esto de la música, que en su momento tuvo muy claro qué camino tenía que elegir y que a día de hoy sabe bien hacia dónde va, sin vaivenes y con firmeza. Será por aquello de que el catalán ha sido monje antes que fraile, puesto que ha tocado para acompañar (Carmen Linares, Potito, La Tóbala....) y para bailar (Javier Barón, Manuela Carrasco, Israel Galván) en sus comienzos como artista, sus sonidos tienen algo diferente, algo que le da equilibrio y sosiego a todo lo que hace, desprendiendo aires de modernidad y de guitarra actual.
Ayer, sin ir más lejos, se presentó en Los Apóstoles para ofrecer un recital que a buen seguro que dejó satisfechos a los presentes en tan genuino marco, pues abarcó a todo lo posible en los casi cincuenta y cinco minutos que duró su actuación. Lo hizo a su manera, enfatizando al máximo su repertorio y aprovechando el más mínimo resquicio para calar en los espectadores. Comenzó Pedro Sierra tocando por granaínas, un palo en el qué ya evidenció su completo manejo de la sonanta y por supuesto que su conocimiento va más allá del flamenco dejando pinceladas de guitarra clásica, una circunstancia que repitió posteriormente en las bulerías que interpretó, en la que incluyó variantes "jazzísticas" que en ningún momento desentonaron. Seguidamente se adentró en la farruca donde imprimió ese toque actual antes mencionado, aunque no por ello olvidó el sabor añejo de este palo, principalmente al emplear un rasgueo profundo más propio de la guitarra de la década de los sesenta y principios de los setenta.
Fandangos de Huelva de gran dificultad técnica, bulerías, alegrías, tangos, seguiriyas y nuevamente bulerías (algunos de ellos de su último disco, denominado 'Nikelao') que pondrían fin a su actuación, prosiguieron en el repertorio elegido por el barcelonés para comparecer en Los Apóstoles. Bien arropado por el percusionista José Carrasco, lo único que faltó a Pedro Sierra fue algo de cante, aunque sólo fuese una pequeña gota, pues casi una hora de guitarra en solitario provocó que su puesta en escena resultase un poco monótona. Pese a ello, el 'tocaor' llegó a sonsacar el clásico 'ole' en muchos de los palos ejecutados, especialmente en los tangos, que fueron una auténtica explosión de sonidos gracias a esa facilidad patente para picar que posee, y en la alegrías, quizás donde más se le notó que está un peldaño por encima del guitarrista convencional introduciendo notas y utilizando una. escobilla de enorme belleza estructural.
GUITARRA – PEDRO SIERRA
Guitarra: Pedro Sierra. Percusión: José Carrasco. Lugar: Bodega Los Apóstoles. Día 3 de marzo. Aforo: Tres cuartos de entrada.
El bailaor que nunca estuvo allí Fran Espinosa
FRANCISCO SÁNCHEZ MÚGICA – DIARIO DE JEREZ
Sin prejuicios y rechazando el decorativismo plano. El cordobés Fran Espinosa no dejó indiferente con su baile al escaso público que acudió a presenciar su espectáculo en la medianoche del pasado lunes en La Compañía. Con idéntico esquema que la mayoría de artistas que ya han desfilado por esas mismas tablas en lo que va de la presente edición del certamen -con lo que esa decisión conlleva de manido y reiterativo-, el último ganador del premio Carmen Amaya del Concurso de Arte Flamenco de Córdoba se movió con destreza, gracejo y una rebosante personalidad. Y lo más importante, plasmó muy buenas maneras a la hora de concebir su participación en el programa, pues no sobrecargó sus números, sino que optó por la sutil pincelada antes que por el grueso brochazo.
Sus referentes también se dejaron caer por el antiguo convento de La Compañía: desde Farruco hasta Galván, de El Güito a Javier Latorre. Todo ocurrió con cierto sentido en su baile, nada fue artificioso. Fran Espinosa bailó por los tangos del Titi con cadencia y desparpajo, ofreciendo sentido a su propuesta coreográfica.
Sin ser un bailaor estilizado, tiene hechuras que dijeron todo lo contrario: elegancia y desenvoltura por encima de cualquier otra cosa. Con su chaquetilla al hombro, sin prisas, frenando y acelerando, de cero a cien en los mínimos segundos posibles. Técnica y espontaneidad, las dos claves del éxito.
Dos impases le alejaron del escenario por un buen rato y dieron protagonismo al atrás con los cantes de trilla, la toná y los abandolaos. La voz de Eva de Dios sobresalió frente al resto de integrantes de la terna de cantaores. Y de nuevo Fran Espinosa regresó al escenario para bailar unas cantiñas, aquí otra vez el recuerdo para los ecos del Pinini. Aquí emerge otra vez el bailaor completo en brazos y piernas. Aunque hubo ciertos desacoples y falló en algún que otro remate, el joven artista cordobés salió airoso del complicado envite al echar mano de un abundante zapateado, y de un punta y tacón que le funcionó de maravilla.
Espinosa supo recogerse bien cuando hizo falta y sobre todo mostrarse natural, tal como es, en todo momento, sin deslumbrar pero con una chispa que poco a poco fue encendiendo la llama de un público escaso pero bien avenido. Finalizados los cantes de Levante, con especial incidencia en la minera, regresó al proscenio y surgió su silueta como algo efímero, sin demasiado protagonismo. De este modo, concluyó su recorrido por bulerías, con letras alusivas a Jerez y a personalidades como Rafael de Paula o La Tana y la Juana, e inundó poco a poco el recoleto escenario, aplicando bien las subidas y bajadas en la montaña rusa eterna que es el baile flamenco. Bien en los llanos, algo acelerado y precipitado en el clímax. En cualquier caso, Fran Espinosa mostró poco ego, nula vanidad y más baile, como debería de ser siempre. Eso, en los artistas noveles, es algo siempre de agradecer.