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XII Festival de Jerez



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- CRÓNICA 05.03 -




Acotaciones al programa

Son de la Frontera y su tratamiento estilístico

Manuel Ríos Ruiz
DESDE 1998 el grupo Son de la Frontera figura en las más variadas programaciones flamencas. Y esta noche actúa en el Teatro Villamarta. Surgió en Morón de la Frontera bajo la inspiración de la música del inolvidable guitarrista Diego del Gastor. Toques a los que se acopló un instrumento foráneo, el tres cubano, de una forma idónea. Y el grupo después de una etapa acompañando a la cancionista Martirio, tomó su propio vuelo, compuesto por Raúl Rodríguez (tres cubano), Paco de Amparo (guitarra), Pepe Torres (baile), Moi de Morón (cante) y Manuel Flores (compás). Ante la pregunta periodística de cómo describirían su música, la contestación de Son de la Frontera ha sido la siguiente: “La composición está basada en la música de Diego del Gastor. Y a partir de sus falsetas, sacamos todas las puntas que tiene esa estrella. Tiramos hacia todos los lados sin salir de su música, que tiene mucha riqueza y, al mismo tiempo mucha necesidad de hacerse útil. Está muy viva.” Y mantienen la siguiente teoría: “Estamos jugando a ser fronterizos, a no ser de ningún lado, sino a ser de ese lugar que divide los sitios mentales y patrióticos y culturales. Intentamos pensar qué sonaría en la frontera, un milímetro antes de que empiece el flamenco y un milímetro después de terminar. ¿Quién delimita, qué delimita dónde está la frontera entre lo antiguo y lo moderno, entre lo local y lo universal, entre lo flamenco y las demás músicas del mundo?” En cuanto a la función de cada componente, explican: “Paco de Amparo es el que lleva el peso de la guitarra y del toque de Morón, es sobrino nieto de Diego del Gastor y sobrino de Diego de Morón. Lleva viviendo el toque de la casa desde pequeño y, aparte, tiene una pulsación muy roquera, muy moderna. Es un perfecto aglutinador de la escuela de Morón, con una visión moderna y muy positiva. La aportación de Pepe Torres es fundamental porque es un bailaor humanista que toca, canta y baila, es un flamenco triple. Toca muy bien, conoce la escuela de la guitarra de Morón y, probablemente, es uno de los que mejor la hace. Después está Moi de Morón, que es el cantaor. Viene de la escuela de Joselero y de los viejos como Juan Talega y Manolito de María, y tiene un cante muy viejo, parece que tiene sesenta años. Y Manuel Flores es un gran palmero y bailaor. El tres cubano lo toca magistralmente Raúl Rodríguez.” Tenemos la ocasión de comprobarlo.




“CAL” SON DE LA FRONTERA
Que viva el flamenco de Morón

En las noches con magia todo parece salir con encanto, aderezadas de un duende simpar. La conjunción de los aires más renovadores, junto al flamenco de Diego el del Gastor, se unieron para encandilar al público.

Luis Román – Información Jerez
La noche estaba fría en la calle con una temperatura gélida, pero dentro, en las instalaciones de la Bodega de González Byass, el ambiente creció en grados artísticos. Porque el flamenco, bien expresado, con cariño y mucha entrega, puede adquirir distintas tonalidades que siempre será flamenco. Acaso no haya música más flexible que ésta, pero cuando ciertos artistas han metido la mano para cortar y pegar sin un mínimo de coherencia, entonces la pretendida evolución queda a merced del libre albedrío capitalista, es decir, todo lo contrario a una rigurosa evolución cultural del género. Pero Son de la Frontera son auténticos maestros en lo suyo y, tomando como base el arte por excelencia de Andalucía, renuevan los aires imprimiéndoles un gran aliento diferente, que crea un hálito fresco, llevando la esencia de Diego del Gastor a lo largo y ancho de una bodega que se rindió al embrujo de unos músicos muy flamencos.

La noche empezó con aires de de la fragua: el martinete encendió de chispas el recinto, porque la ejecución tuvo los mimbres precisos para arrebatar de pasión al auditorio. Buena entrada de un grupo eminentemente instrumental. pero que hace guiños y gestos deferentes al cante. Las bulerías de Morón no tienen nada que ver con las que se estilan en otros lares andaluces, como Jerez, Lebrija o Utrera. Mientras las utreranas y jerezanas tienen un vivo ritmo en común, en cambio las de Lebrija son más pastueñas y las de Morón suenan con idéntica enjundia, pero remarcando más los compases. Es complicado traer al papel una docta explicación que satisfaga la demanda de conocimiento teórico del compás de Morón. Sólo hay que decir -gran perogrullada- que hay que escucharlo. O mejor aún, sentirlo. ¡Qué arte más fino, que duende más flamenco y qué jondura con el tres cubano y la guitarra en simbiosis perfecta! Porque algunos se echarán las manos a la cabeza cuando lean estas líneas que enaltecen al tres cubano, defendiendo su presencia en el arte flamenco. Y bien, ¿es incompatible? ¿Acaso no existieron muchos instrumentos en el siglo XIX y aun en el XX que tocaban flamenco? La incorporación de las tres cuerdas dobles dan una belleza enorme y muy bonita a las interpretaciones de Son de la Frontera.

El espectáculo Cal fue consumiendo etapas hasta llegar a los bailes, sin olvidar que previamente la soleá había dictado su sentenciosa carta de naturaleza cabal, con un dominio absoluto y rigoroso del temple más jondo. Entre las muchas falsetas que reivindicaron a la figura del inolvidable Diego del Gastor, se intercalaron también las sevillanas, los cuplés por bulerías e, incluso, los tanguillos.

El ritmo del baile, a modo de fin de fiesta por bulerías, copó el tablao con una reunión de cabales que llevaron el compás con delicadeza y naturalidad, porque otra de las grandes virtudes de este elenco es la facilidad con la que actúan. Nunca sobreactúan.

Son la de Frontera llegó a jerez procedente de Morón para manifestar la capacidad flamenca de sus cinco miembros: ¡auténtico lujo!







 

Cuerpo y alma en cada nota
Ni siquiera dificultades técnicas y un apagón ensombrecieron el directo de Son de la Frontera

FRANCISCO SÁNCHEZ MÚGICA- DIARIO DE JEREZ
La consagración de un sonido exclusivo. La revisitación de un universo musical con alma. El eco de las notas de Diego del Gastor fue tan amplio, tan inabarcable, que en el año del centenario de su nacimiento aún sigue amamantando a las nuevas generaciones. Y éstas, a su vez, dando forma a un nuevo concepto nutrido gracias a la raíz pero capaz de crecer por sí mismo, con autonomía y por derecho. Retroalimentándose de un legado y devolviéndolo a la vida. Asistimos a esa experiencia casi mística y espiritual hace un par de años de la mano de Son de la Frontera y anoche regresaron al Festival de Jerez, a la Bodega Los Apóstoles, para presentar la evolución seguida en este lapso de tiempo. Un tiempo breve pero más que suficiente para percibir que el esqueje agarra.

Una década después puede decirse que lo del grupo moronero no es casualidad. No es un experimento fruto del azar y de que un grupo de jóvenes de la localidad sevillana se encontraran en el lugar y en el momento adecuado. De hecho, con el paso de los años, han conseguido que al hablar y pensar en ellos ni siquiera tenga ya cabida ese término tan manoseado y prostituido como es el de la fusión. Con Raúl Rodríguez a la cabeza y su tres cubano como percutor y elemento que expresa la gramática de un nuevo lenguaje musical, el quinteto ya acumula dos trabajos discográficos -Son de la Frontera (2004, Nuevos Medios) y Cal (2006, ídem)- y, por ello, quisieron brindar anoche una sesión en la que seleccionaron un repertorio con lo mejor de ambos álbumes. De la Bulería negra del Gastor a las Sevillanas del Mellizo; de Arabesco, la genial zambra moruna de Tío Diego, a Bulería de la cal, un tributo a la sustancia que más se ha exportado desde esa tierra andaluza.

Ni siquiera ciertas dificultades técnicas y un apagón por problemas en los generadores eléctricos de las instalaciones bodegueras lograron ensombrecer el directo de Son de la Frontera. Estos chicos tienen arte hasta en la oscuridad. Suponen una experiencia musical que hay que verla, oírla, sentirla y saborearla hasta desmenuzar todo el intenso aroma de la ida y vuelta, del compás machacón de los pies de Pepe Torres, de la chispa de Manuel Flores y del torrente desgarrado de Moi de Morón, uno de esos cantaores viscerales de los que son capaces de rasgar su pecho para rasparse una soleá o adentrarse en la bulería con el peso de la oscuridad sobre su cabeza y las de su gente. También merece atención David Sánchez El Galli, invitado de la noche que tuvo tiempo de dejar varias pinceladas con esmero.

Pero el cenit, el culmen de la noche, llega en el alzapúa, en el pulso guitarrístico, concertístico, de Raúl Rodríguez y Paco de Amparo, heredero de sangre del mito en el que se inspiran. Un tocaor que funde lo viejo y lo nuevo, que bucea en los ecos de Diego, tal y como éste perseguía las notas de Niño Ricardo. Parecen Ry Cooder contra Ennio Morricone en unos tanguillos con tintes a western crepuscular. Parece un desierto de arena sobre el que llueven los acordes, los arpegios y trémolos, de dos maneras de entender el toque. La nota antropológica. El estudio arqueológico de una concepción sonora.

Los tangos de mi novia devuelven el ambiente caribeño, rumboso, y esta atmósfera tiene continuidad en las bulerías del Cumbanchero. Una suerte de cuplés por fiesta que incluye Toda una vida y Un compromiso. Y Moi de Morón se parte la camisa, y Pepe Torres se arranca de nuevo, y Raúl se balancea a compás con Paco de Amparo. El ritmo en las venas, la música en las tripas. El corazón en la boca, el alma en cada nota.

En la impagable entrevista incluida en la trascendental obra Rito y geografía, Diego del Gastor ya avanzaba su concepción abierta del arte flamenco, su respeto por el extranjero que llegaba a aprender los secretos de lo jondo y su comprensión hacia las nuevas generaciones de tocaores, más preocupados por la velocidad y la técnica. Una cosa, decía, "es el sentir de la guitarra y otra es la ejecución". Sus discípulos aventajados, a la sazón Son de la Frontera, tienen la valentía de colocar por delante la sensibilidad y el sentimiento antes que el gélido y posmoderno virtuosismo: el toque manufacturado, el arte de serie, lo pop y el estribillo barato. Los de Morón han demostrado que se basan en que la sencillez no es una elección sino una forma de ser. Y en que su innovación no consiste tanto en descubrir como en explorar, en esa búsqueda que necesariamente debe partir desde los orígenes. Y es que no hay nada más original que hundir la cabeza hasta lo más profundo de las raíces.







El hechizo mágico de Leonor

DAVID FERNÁNDEZ, JEREZ – DIARIO DE JEREZ
Pedazo de bailaora Leonor Leal. Menuda es. Aprendió de la danza clásica y la española que el trabajo y la disciplina son imprescindibles para triunfar. En el flamenco, años más tarde, descubrió su verdadera pasión. De la mano de profesores y artistas como Pilar Ortega, Manolo Marín, Juan Parra, Angelita Gómez y Javier Barón creció como persona y artista, y el miércoles por la noche, en la Sala Compañía, re reivindicó como una gran bailaora ante su público con ¡Leoleolé!, un espectáculo "sencillo y cariñoso", como ella misma anticipó.

Tino van der Sman la invitó a soltar los nervios en la farruca, un baile con el que se pudo admirar su bonita figura y su talento natural en casi toda su dimensión. Ataviada con camisa y pantalón negros, la bailaora jerezana exhibió sus enormes y esbeltos brazos con exquisitez, pero fueron las manos más hechizantes que han pasado por La Compañía las que cautivaron todas las miradas.

Su zapateado fue un espectáculo musical, preciso y virtuoso al mismo tiempo, desnudo de cualquier exageración inútil. Y los diez dedos de sus manos y sus dos muñecas le bastaron para explicar el misterio del flamenco. Giró y giró siempre en equilibrio, la cabeza en el centro, la expresión viva en la cara y formando sugerentes diagonales alegradas con los palillos. Femenina, coqueta, técnicamente perfecta y con armas suficientes para atrapar al espectador... Leonor supo reunir sobre las tablas todas las condiciones de una bailaora.

Por martinetes se presentaron los cantaores con El Pulga muy punzante. Sin pausa, Leonor lució un traje adornado con abanicos de colores para mecer los tientos entre sus hombros y las caderas. Los tercios los recogió entre sus manos con encanto y de su temperamento dio cuenta cuando los tangos asumieron el protagonismo. Desnudo una vez más de ornamentos estériles, su baile hizo un homenaje a la limpieza en escena.

El Choro se sumó a la fiesta a ritmo de soleá por bulerías, subrayando la escuela sevillana con su ritmo trepidante combinado con la casta y el buen gusto. Logró efectos muy originales con sus pies y, como la jerezana, supo llenar el escenario en todo momento. Bien colocado, se mostró sobrado de compás, trepidante pero templando a la vez. Muy original en la salida, El Chorro dejó muy buen sabor de boca.

Los dos guitarristas se adentraron en territorio de las minas para presentar sus credenciales y, muy bien compenetrados desde un concepto si se quiere jazzístico, ambos improvisaron mientras el compañero ejecutaba la base del taranto.

La alegría regresó al teatro cuando Leonor, vestida de rojo, formó un torbellino con sus volantes en su paseo por Cádiz. Esta variante le sirvió para dejar patente que también le sobran gracia y salero en un territorio donde se le vio aún más segura de sí misma, disfrutando incluso del momento. En cada acento del cante dejó un detalle, y en la escobilla derrochó energía positiva. Jugó hasta con los silencios, y remató cómo y cuándo quiso en las bulerías. Sin duda, reivindicó todo su poderío desde la humildad. De arte.





Palomar se doctora en solitario

FRAN PEREIRA – DIARIO DE JEREZ
La tarde de ayer en Villavicencio traía consigo cierta expectación, entre otras cosas por el estreno cantando en solitario del joven David Palomar. La prueba más sólida de ello fue el lleno absoluto que se dio en la sala, una circunstancia poco habitual este año. Familiares, críticos del mundo del flamenco y hasta compañeros de profesión, como la bailaora Mercedes Ruiz, y los guitarristas Santiago Lara y Francisco Javier Ibáñez, no quisieron perderse la puesta de largo en Jerez de un artista con mucho porvenir.

El gaditano cumplió con creces, a pesar de que no dio todo lo mejor de sí debido a los nervios, que sobre todo al principio le jugaron alguna mala pasada.

Llevado en volandas de manera extraordinaria por Rafael Rodríguez, que hizo lo que tiene que hacer un guitarrista, acompañar, Palomar comenzó de manera atrevida. Lo hizo haciendo a pelo 'el romance del Negro' y de 'Alonso el del Cepillo' para rematar con 'el pregón de Makandé', formas arcaicas del cante cuya belleza acústica es de un valor tremendo.

Con una voz ronca y quebrada, el de la Viña siguió por seguiriyas donde peleó con el cante realizando estilos tan complicados como el que popularizó Manuel Molina: 'Dicen que duerme sola, / mienten como hay Dios. / Porque de noche con el pensamiento / dormimos los dos'.

Conforme pasaban los minutos Palomar se sintió a gusto, e intimó con el público con algún que otro comentario de 'ángel' que hizo las delicias del respetable. Alegrías, que dedicó a Gaspar de Utrera y José Millán, y sin duda lo mejor de la tarde, los tercios por soleá acordándose de Juaniquí y del Choza (de enorme dificultad pero que interpretó con holgura) acabaron por romper el hielo.

Con todo hecho, el cantaor dedicó las bulerías finales a Mercedes Ruiz y Santiago Lara. Sobrado de compás se fue desplazando hasta Cádiz, con letras de Juanito Villar, por cuplés y concluyó la faena con unos versos dedicados a la Paquera.

Minutos antes, el escenario fue para el algecireño José Manuel León. El guitarrista solamente interpretó cuatro palos y se mostró excesivamente frío con el público, pues no cruzó ni una sola palabra durante su actuación, un notable lunar.

Pero protocolos al margen, León desprendió sonidos de mucho valor no exentos de técnica y versatilidad. Granaínas, soleá, los tanguillos Kabul, incluidos en el disco Nueva Escuela de la Guitarra Flamenca, y bulerías fueron el repertorio programado por el 'tocaor' que aprobó sin sobresalir demasiado.


TristeyAzul


   

 

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