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XII Festival de Jerez



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- CRÓNICA 06.03 -



NUESTRA CRÓNICA - PRENSA

“El final de este estado de cosas”

Como en todas sus obras, ISRAEL GALVAN nos deja entre la espada y la pared, por un lado SI y por el otro NO.

De una manera o de otra siempre consigue su propósito tal es el que se hable de él, su baile es trasgresor, raro, extravagante, muy polémico, introvertido ya que hace sus obras según sus sueños o alucinaciones, las recuerda y las recrea en espectáculos, unos sueños y alucinaciones producto de una mente inquieta y como en esta obra plasmando de cara al público lo que el mundo deja pasar como cosa natural, las guerras y lo narra como un Apocalipsis, llegando hasta la muerte final.

Israel Galván

Muy difícil hacer un comentario de lo que uno no alcanza a comprender del todo, ya que no todos somos discípulos de Freud como para leer las mentes humanas, y la de Israel es bastante humana y a la vez deshumana –por lo menos en esta obra- ya que transita hermanado a la muerte hasta llegar el final donde la escenifica.

El comienzo se los cuento, si él no lo hubiese comentado en la rueda de prensa no lo podría hacer, aparece Israel con una máscara simbolizando que el mundo se tapa la cara para no ver lo que ocurre con las guerras injustas, bailando? o rascando los pies sobre la tierra desparramándola y a continuación se proyecta el video de una alumna suya bailando dentro de su casa en Beirut y ruidos de ametralladoras, bombas y misiles con la luz de las explosiones reflejándose por las ventanas, con  textos de una carta escrita por ella que para peor pasaban tan rápidos que a veces no se podían leer al completo.

Pasó ese primer instante y nos llevó a momentos más relajantes y pasamos a las navidades con villancicos por bulería, la guitarra excelente de Alfredo Lagos y la voz de Diego Carrasco. Una inmensa paz nos dio a todos al llegarnos esa música en clave jerezana, con felicidad y amor al prójimo como si estuviésemos realmente en esas fechas, mientras tanto Israel bailaba a ese son, me detengo en el relato para tratar de entender o explicarme el baile de Israel, de la cintura para abajo me parece un buen bailaor, buen zapateado, a compás, sin perderse nunca, pero sus movimientos de brazos, posturas de manos y de cuerpo, me parece un mecano o un mimo ya que sus desplantes parecen las posturas de los mimos que se ponen a pedir monedas quietos sin respirar por las principales calles de nuestras ciudades.


Israel Galván

De la navidad nos trasladaron al Rocío, aparece Israel con un tamboril rociero, bien grande y haciendo el ritmo para que Juan J. Amador cantara la salve rociera y él bailando y tocando el tambor haciéndolo subir y bajar con el movimiento de su cuerpo. Nos alegramos nuevamente con la tanda de Verdiales, Diego Carrasco acompañándose con su guitarra nos hizo un cante por toná, caña, romance cuyas letras hacían referencia a los cuatro caballos de la apocalipsis,  pero nuevamente los sueños de Israel nos llevaron después a la semana santa con una saeta mejor cantada por Fernando Terremoto, mientras sonaba la música heavy metal, sigo queriendo ser Freud para entender este desaguisado,  unas seguiriyas magistrales de Terremoto con Israel bailando sobre una tarima mecánica con la que rompió todos los ornamentos litúrgicos puestos sobre y alrededor de ella, para con delirio terminar el cuadro en el suelo boca arriba y moviendo piernas y brazos sufriendo su soñada muerte.


Israel Galván

Con el público ya en crisis llegamos al último y más trágico de los números, entra en escena un ataúd el que ponen de pie sobre un extremo del escenario, después unos caballetes y sobre ellos otro ataúd y al otro extremo del escenario otro ataúd en este caso apoyado sobre el suelo, una pasada por la escena que por unos minutos nos hizo olvidar lo tétrico del momento cuando el Bobote  muy serio, lógico si estaba en lo que parecía una funeraria, se dio unos pases por bulerias con mucho arte que arrancó algunos oles del público. En este festival hemos visto bailar en lugares insólitos, en una loseta lo hizo El Pescaílla, en un andamio lo hizo Andrés Marín y para colmo de los colmos Israel Galván lo hizo sobre un ataúd, todo el cuerpo de cante, toque y percusión haciéndose el son con los nudillos sobre el ataúd lo que provocó que José Carrasco cuando iba a ocupar su sitio se hiciera la señal de la cruz, ¿superstición por la irreverencia acaso?, reconocer esa última intervención del percusionista en ese número arrancó los aplausos del público, por supuesto con todo el respeto debido por la situación que se vivía en el escenario, para terminar con Israel bailando introducido en el ataúd que estaba de pie en el extremo del escenario, insólito, sin palabras para terminar.
Manolo Chilla
Triste y Azul



NUESTRA CRÓNICA - PRENSA



Obsesión destructiva….y mortal

El final de este estado de cosas – ISRAEL GALVÁN

Polémico, raro, extravagante, provocador, excéntrico…….cualquiera de estos calificativos le vienen a Israel Galván que ni pintado, a tenor de un espectáculo que tuvo elementos apocalípticos como protagonistas.

Luis Román. Información Jerez

De muy difícil catalogación resultó el espectáculo de ayer en el Teatro Villamarta con Israel Galván representando El final de este estado de cosas, que bien podría definir la situación en la que se encuentra el flamenco en estos tiempos. Porque, hombre, raro sí que es el evento. Un taco, que diría el otro.

Los elementos más definitorios de la obra, si es que realmente hay un argumento de peso en la labor de conjunto, consisten en plantear de manera expresiva la destrucción y la muerte, la visión apocalíptica de una vida que se consume, pero sin que existiera un fondo de denuncia como en otras compañías ha sido habitual. Más bien se trataba de una pesadilla personal -como en cualquier noche tiene cualquier persona, vamos- llevada al extremo de interpretaría en un escenario.

El elenco estuvo ahí, bien en ocasiones, como en las intervenciones de Fernando Terremoto en los cantes que hizo, unido a la guitarra de Alfredo Lagos y el baile original de Bobote. Pero a la hora de profundizar en temas de índole temático, la función se diluye con celeridad, porque es cierto que hay en el ambiente, y eso es reconocible a las primeras de cambio, un aire espectral, que a medida que va avanzado el número se hace más intenso, pero sin lograr niveles de patetismo muy fuertes.

El ambiente rezumaba unas ideas que mezclan a parte iguales la locura creativa o el simple paroxismo sin más. Israel Galván tiene un baile profundo (cuando quiere) y lo apunta de categoría; pero a veces toma caminos sin asfaltar, ásperos y sin pulir. Esto le viene bien al genio que, en efecto, tiene Israel. Aunque en ocasiones causa el efecto contrario, dejando a la parroquia con una incógnita muy grande, sin disipar, dudas, aunque con los complejos a niveles muy bajitos. Eso también es bueno, en honor a la verdad. Si se crea algo, se hace a conciencia.

Vayamos por partes, porque los elogios -mínimos, aclaremos- no deben hacernos perder de vista la realidad de alguien que se pierde en trazos muy gruesos, tan obstusos y abstractos, que los embrollos que monta en el espectáculo impiden ver el mismo con nitidez. Francamente sería mejor que diera el paso al mundo de la escena teatral, donde a buen seguro tendría menos discrepantes a sus espaldas; le ha dado por el flamenco, si de flamenco tuvo algo la obra. Seamos honestos: ¿es creador? Sí. ¿imita a alguien? No. Pero sus propuestas son alucinadas y de manera gratuita.

Hace cantos a una locura vacua, sin pretensión de nada. Es decir, que para él, imagino, nadar contra corriente es un juego para que el público hable de él... aunque sea para bien. El final de este estado de cosas presentó en el proscenio tres ataúdes: dos horizontales -uno de ellos elevado, en el que el cuerpo de artistas hacía el compás por bulerías- y otro vertical, abierto, en el que acabó metiéndose el artista sevillano. La función mezcla flamenco, panda de verdiales y otras ocurrencias de una persona, Israel Galván, que está a medio camino entre la brillantez de un creador y la locura de alguien que, a falta de mejores cosas que hacer, hace eso.



Apoteosis de Israel Galván

El bailaor sacude las conciencias del personal en el Teatro Villamarta con un alegato contra la guerra y, en general, contra la sociedad actual

DAVID FERNÁNDEZ- DIARIO DE JEREZ
Israel Galván lanzó anoche, en el Villamarta, un mensaje por derecho para golpear la conciencia del personal con El final de este estado de cosas. Si en Apocalypse Now, Coppola lo hace con el comandante al que encarna Robert Duvall medio desnudo, asediado por la munición enemiga, y gritando como un poseso ¡aún recuerdo como olía aquella colina... Aquella colina, aquella olía a victoria!, en la obra de Galván es el mismo bailaor el que, de entrada, protagoniza un alegato contra la guerra. Una crítica feroz contra los que se ríen hasta de los muertos sin respeto por nadie y de la peor manera: ninguneándolos o, casi peor, ignorándolos, sintiéndose seguros en su territorio feliz y pensando que lo que sucede alrededor no existe. Entre otras cosas, la obra remarcó lo frágil que es la memoria.

Porque Galván no sólo bailó. También denunció la hipocresía en la que se instala la sociedad que le rodea. Y fue más allá, al lograr provocar al público colocando tres féretros sobre las tablas, para recetar (sólo) a los que se den por aludidos su propia medicina. Por bulerías, Terremoto, la cara blanca por aquello del mal bajío, empezó a hacerse compás sobre el ataúd con los nudillos. Bobote miraba hacia otro lazo y José Carrasco se hizo la señal de la cruz. Los espectadores no perdían 'puntá', observando cada gesto pero sin observarse a sí mismos. El rostro serio. ¿El muerto al hoyo? La misma bulería la ha bailado Galván en infinidad de veces y siempre recibió un ole como una catedral. Anoche no buscaba ese aplauso fácil, anoche quiso provocar la reacción que finalmente obtuvo: el público casi tapándose los ojos, sin querer ver cómo se introdujo en el féretro para también bailar. Fue algo así como una metáfora muy personal con la que puso a la gente frente al espejo. Puro genio. Al tiempo, demostró que le preocupa qué hay detrás de la muerte y, más allá, que no presiente nada bueno, fiel a los textos del Apocalipsis.

De inicio, el excepcional bailaor e intérprete puso a tono la piel del respetable proyectando el video de una de sus discípulas, de nacionalidad libanesa, bailando al son de las metralletas. A través de una carta, la joven le subraya que sólo se le ocurre luchar contra la injusticia que aplasta a su pueblo como le enseñó Galván, expresándose con todo su cuerpo. Y su alma.

Los asistentes al teatro pronto se relajaron y se olvidaron de ello porque la Navidad tomó el escenario en forma de villancicos magistralmente interpretados por Alfredo Lagos y Diego Carrasco. Los dos jerezanos, un inmenso océano, inundaron el teatro de felicidad, paz, amor y mucho cachondeo. El bailaor no sólo bailó sobrado de compás, también hizo las veces de actor asumiendo el papel del curita, el marinerito... Y de la Navidad, el público se trasladó hasta El Rocío. Aquí se vive ¿por? y como Dios, dijo el demonio. ¿Sí?

Juan José Amador, en tono solemne, cantó la salve rociera y en éstas que apareció Israel con un enorme tambor rociero pegado a su cuerpo. Torero. Como si siempre hubiese formado parte de su ser, lo tocó al mismo compás de la música sin parar de bailar, incluso tumbado ya en el suelo. Aquí cuestionó en toda regla con qué espíritu se viven las fiestas navideñas y las romerías.

La gente celebra la Navidad y adora a la Virgen cantando con el corazón. ¿Y también predica con el ejemplo?, reflexionó el bailaor. Sobre una saeta interpretada por Terremoto hizo sonar heavy metal con sus intérpretes enfundados en túnicas de pies a cabeza. Ruido, mucho ruido hoy. De rojo y negro, el bailaor ofreció 'solemne' misa hasta acabar por estampar el 'cáliz' sobre el suelo bajo una luz sicodélica antes que celestial, quizá asqueado de tanta hipocresía y en el ambiente más tétrico de la obra, junto con la escena del féretro.

De nuevo volvió la celebración con la tanda de verdiales. Entre otras muchas cosas lamentó el ritmo de vida frenética que alimenta la sociedad a diario, obligando a tocar y a cantar a mil revoluciones por minuto -sensacionales Amador y Lagos, de nuevo- hasta volverse todos locos, tratando él de callar a los músicos como un poseso. Por seguiriyas y sobre una tarima flotante, subrayó el hambre que hay en el mundo y las epidemias como la peste, bailando hasta hacer temblar la tierra bajo sus pies. Un terremoto, en este caso de los que se cobran miles de vidas cada cierto tiempo.

Con el personal absolutamente estupefacto cuando no pensando de qué iba todo esto, colocó los féretros sobre el escenario y preguntó: ¿no están enfermas las mariposas del alma humana? Al público, que supo al final valorar su trabajo, no le hizo la menor gracia. Israel, por tanto, logró en gran medida su objetivo.

Y no se olvidó, no obstante, de ofrecer esa pizca de salero que todo flamenco lleva dentro. Lo hizo cazando la mosca por bulerías, tocando el tambor y comiendo caracoles, por ejemplo. Incluso se rió de sí mismo cuando invitó a bailar a Bobote. Éste le imitó para obtener el ole más genuino del patio de butacas.

Todos y cada uno de los intérpretes estuvieron sensacionales, caso de Diego Carrasco cuando anunció la presencia de los cuatro jinetes del Apocalipsis con un cante que empezó por la toná chica para enlazar con la bambera, la caña, el romance y la bulería. Una paranoia, como el estado actual de las cosas, según Israel, ya enfundado en la muerte y desde dentro del ataúd que atenazó a todo quisque.





Todo final tiene un principio


Israel Galván vuelve a impresionar con una visión apocalíptica trasladada a su estética

Diario La Voz

«Imagina que esto del ataúd lo hace otro. Lo fusilan vivo, pero como es Israel Galván...», me dijo un aficionado a la puerta del teatro. «Lo que tienes que ver -le respondí- es si ese otro, o esos otros, tienen los fundamentos necesarios, los cimientos técnicos, el conocimiento preciso de las formas antiguas y modernas para atreverse a proponer y materializar una obra de estas características». Ésa es una de las virtudes de Israel Galván. El sevillano volvió a transgredir pero con conocimiento de causa. Sólo el que conoce el principio puede llegar al final, al final de las cosas que, trasladado al baile, puede ser un paso dentro del pijama de madera. Israel no deja indiferente. Ni todo lo contrario. Pero sabe lo que hace por muy excéntrico que nos pudiera parecer de una simple mirada. Y es éste el error de acudir a una de sus representaciones.

Todo comienza en la isla de Patmos. Juan se dispone a escribir un Apocalipsis que comienza con la cólera. Israel baila sobre la arena, con la máscara que todos llevamos. La cólera que lleva, hoy día, al bombardeo sobre El Líbano que una alumna suya recuerda haciendo pasos sobre una grabación de tiros reales en una ventana de Oriente Medio, mientras medio mundo duerme la siesta. Israel se rebela. Utiliza su baile como argumento contestario y no puede permanecer impasible. «La muerte es más fuerte que el baile», se proyecta sobre el escenario. Todo gira hacia la muerte. Y ése es el mensaje central de esta obra de Galván. Como el cura que pone la ceniza, pero con botas de bailar. La muerte zapateando.

Hay mucho viaje a lo último y se inicia con unos villancicos en la romería y una salve rociera en Navidad. Ya nada es lo que parece. La vida y la muerte juegan al esconder e Israel lo interpreta a golpe de tambor. Caricaturiza.

Nada mejor que la siguiriya para expresar «este estado final de las cosas», el grupo de heavy Orthodox mezcla el metal con la cuaresma. Terremoto encima de ellos canta saeta, siguiriyas y martinete, la toná del Cristo, mientras Galván sugiere con movimientos eclépticos, esquemáticos, figurativos sobre un estrado que se mueve y sobre carcasas de cdŽs. Pero hay sentido de lo que quiere contar. Es la destrucción a través de la deconstrucción de la danza lo que se quiere narrar. Y se narra.

Va llegando la hora. Y el argumento se hace sobre la base del oxímoron. La vida se narra con la toná más trágica, la muerte con sonrisas. Diego Carrasco hace una transición de lujo con la liviana y la caña para citar a los cuatro jinetes cuando aparece una panda de verdiales. La aparente algarabía, suenan cantiñas, trae tres ataúdes. Bobote hace una filigrana. Hay compás sobre la madera final. Se baila dentro con espacios imposibles. Puede que la muerte sea la fiesta y la vida, la tragedia. Eso nos bailó Israel anoche. Un final que sólo pueden contar los que conocen muy bien el principio.

 

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Acotaciones al programa

El auge de las bailaoras

Manuel Ríos Ruiz
El baile flamenco tiene una historia paralela a la del cante. Porque cante y baile han venido unidos desde que se tienen referencias escritas sobre el género. Según Teresa Martínez de la Peña, que ha estudiado el devenir del baile flamenco en profundidad: “Hay unos años precisos, entre mil ochocientos sesenta y nueve y mil novecientos veinte, donde sus rasgos fundamentales se encuentran más acusados, es la llamada edad de oro del flamenco, que coincide con el esplendor del baile y la guitarra (…) Lo fundamental del baile flamenco es su acompañamiento a la guitarra (…) Hacia mil novecientos veinte, parece que se intentó un ensayo con acompañamiento de piano que no prosperó (…) Actualmente se ha extendido la modalidad de interpretarlo acompañado de instrumentos de percusión y viento, pero a la hora de bailar, siempre hay una guitarra dominando la pequeña orquesta y marca el compás al que se aferra la bailaora y el bailaor”.

Efectivamente, así es. La guitarra es básica para sostener el compás del baile flamenco. El cante cumple su función, inspirando a la bailaora o al bailaor, para adornarse con su braceo y escorzos siguiendo el ritmo del estilo. Y cuando la guitarra toma protagonismo, es cuando corresponde zapatear, como respondiendo al cante, aunque ahora se baila demasiado también sobre el cante, una modalidad, pues, que debería ser matizada en lo posible.

Y sobre los sones de la guitarra, ya falsetas, ya rasgueos, el baile de mujer ha lucido desde siempre, desde la jerezana La Perla, allá en el siglo XIX, hasta el trío de bailaoras que hoy se presenta en la Sala Compañía, dentro del Festival de Jerez, formado por La Truco, Inmaculada Ortega y La Talegona. Un espacio de tiempo en el que han brillado La Cuenca, Aurora La Cojuñí, Salud Rodríguez, La Macarrona, La Malena, La Mejorana, La Coquinera, La Tanguera, Pastora Imperio, La Argentina, La Argentinita, María Albaicín, Manuela del Río, La Joselito, Custodia Romero, La Quica, Regla Ortega, Pilar López, Carmen Amaya, Rosario, Rosa Durán, Rosita Segovia, Lola Flores, Queti Clavijo, Carmen Mora, Fernanda Romero, Carmen Rojas, Matilde Coral, Trini España, María Rosa, La Chunga, Lucero Tena, Manuela Vargas, otra María Albaicín, Carmen Carreras, Mariquilla, Angelita Gómez, las actuales Blanca del Rey, Merche Esmeralda, Cristina Hoyos, La Tolea, Carmen Cortés, Ana María Bueno, Manuela Carrasco, Milagros Mengíbar, Eva La Yerbabuena, Sara Baras, Rafaela Carrasco, Isabel Bayón, Belén Maya, Rocío Molina, María del Mar Moreno, Mercedes Ruiz y otras, que componen una nómina de grandes bailaoras en auge, a las que se unen las figuras de las últimas promociones, como La Truco, Inmaculada Ortega y La Talegona, que llegan dispuestas a triunfar en el Festival de Jerez. Que así sea.

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Atlas de geografía humana

La Truco ofreció ayer en La Compañía todo su repertorio de movimientos magistrales

FRANCISCO SÁNCHEZ MÚGICA – DIARIO DE JEREZ
Dominio y quebranto en la grandilocuente y pastueña serrana. La dulce pérdida en las alegrías y chuflas de las bulerías de Cádiz. Los prejuicios se presentan en los tonos bajos y altos de la exigente soleá apolá. Las seguiriyas son melancolía y metáfora del fatal desenlace. Cuadratura de círculo. Cascada de sensaciones y sentimientos íntimos. Un hombre en la indigencia ajado y desamparado por culpa del mal de amor, por castigo de Tres Gracias exhuberantes presentadas como prototipos de la mítica femme fatal, tantas veces representada a lo largo de la historia del Arte. El amor, ese horrible precipicio que hay que merodear con valentía, como recuerda Stendhal, si quiere hallarse una flor verdaderamente maravillosa. La flor más bella surge casi al final, con las tres bailaoras con bata de cola blanca moviéndose al son de los tangos. Estampa inolvidable. Evocación almibarada que entreabre la puerta a una esperanza por momentos inalcanzable.

Mis mujeres en esencia, que ayer puso en pie en La Compañía A4 Flamenco, una sociedad preñada de inventiva e inspiración que integran La Truco, Inmaculada Ortega, Carmen La Talegona y Miguel Cañas, habla del amor amargo, del trágico destino de quien ama varias veces en su vida. Y reflexiona sobre los tópicos, los clichés y las falsas apariencias, sobre la deshumanización. Lo hace plasmando un mapa preciso de la naturaleza humana y sus estados de ánimo. Los sentimientos cobran forman en los cuerpos del cuarteto de protagonistas.

Puede que en un tono feminista o como simples taladradoras de esquemas preconcebidos, el primer montaje de este grupo de compañeros que han crecido en Amor de Dios habla del arquetipo de mujer que cruza constantemente una línea entre la bondad y la vileza, y frente a ella ese hombre convertido en pelele, interpretado con fino trazo por un desahuciado Miguel Cañas, un bailaor sobrio y estilizado que cae rendido en brazos de sus amantes y golpeado por el inclemente desamor.

Y canta Talegón, maestro del cante en Amor de Dios, para que baile Carmen La Talegona, que inicia un viaje sin final con toda la dimensión de su enérgico zapateado, con palillos y trazando curvaturas originales y geometrías imposibles. Espectaculares escorzos y una escobilla temperamental. El eco agudo del cantaor de Córdoba se clava en el inconsciente y, junto a la voz en off, da continuidad discursiva a la obra. Toná chica de Triana en la voz ajustada de Pepe 'Bocadillo'. Los números de baile se dilatan demasiado en el tiempo, llega la monotonía por momentos, aunque se rompe con unas transiciones ágiles y unas salidas en las que se consigue que nunca haya un bailaor fuera de escena.

La jerezana Inmaculada Ortega aparece como la Dulce Pérdida, y emerge sentada en una silla de enea como la piconera de Julio Romero de Torres. Paso a dos con Miguel Cañas y baile por alegrías y fiesta por Cai. Tras ella, Eli La Truco de negro y blanco. Con mantón hace la entrada en una nana que mece la voz de Talegón y que desemboca en la soleá apolá. Poderío en los brazos inmensos de la madrileña. Pose elegante, plástica escobilla. Miguel Cañas queda solo para afrontar el patetismo de la seguiriya. El indigente, el desamparado, queda a merced de las tres batas blancas de cola. Agitado por el inevitable destino.



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Gran promesa, honda solera

Francisco Sánchez Múgica / Diario de jerez
Como oscuro contrapunto al to­rrente cristalino de Ezequiel Benitez, rebosante de juventud y ávido de pulsar nuevas teclas en el cante, Antonio Malena es la noche, el tenebrismo de un quejío que roza en algunos instantes la plegaria. Si Ezequiel es mosto joven con un soniquete que fluye y conecta con habilidad pasmosa, pero que debe crecer imperiosamente, Malena es un oloroso, un canje generoso y aromático aun­que seco y con mucho cuerpo. Ambos ofrecieron en la madrugada de ayer sendos recitales en la Bodega Los Apóstoles donde congregaron a un público menos numeroso de lo habitual aunque muy bien avenido. En el caso de Malena, arropado de forma sobresaliente por las jóvenes guitarras de Santi Moreno y su hijo Antonio, se explayó en sus cantes y demostró lo largo y mineral que es su eco. Caja de resonancia del tiempo que bajo ningún concepto tropieza en la amnesia sino que sirve de continuadora y renovadora de los cimientos y conceptos más clásicos del arte jondo. Su metal, entre áspero y aterciopelado, se acordó de Chocolate y Rafael Romero en la serrana, del Pinini en las cantiñas con las que abrió el recital, y de Chacón en la malagueña que re­mató con abandolao. Decisión acertada o no, lo cual queda a criterio de cada espectador, el de Santiago optó por engarzar dos seguiriyas, dejando sitio para evocar a Tomás El Nitri, con el cante seguiriyero de los Puertos, y posteriormente acordarse de Tío José de Paula. Unas seguiriyas en las que introdujo en el cambio un matiz que sonó a guajira.

Antonio Malena es algo más que la suma de su herencia cantaora. Es un artista con distintivo de calidad, con sello de pureza pero no como patente de corso para hacer y deshacer a su antojo sino como punto de partida para la indagación y la preservación de la tradición. Sus bulerías del palitroque, Mairena y Pastora Pavón en la soleá, Rosalía de Triana en las bulerías por soleá, y cierre por bulerías de Utrera, Lebrija y Jerez, completaron un recital en el que el cantaor jerezano se mostró resuelto y con sus cualidades ele­vadas a la máxima expresión.
  
Antes que él subió al escenario una de las jóvenes apuestas del flamenco jerezano.

Ezequiel Benítez prosigue con su escalada hasta las altas cumbres del arte jondo. No se cansa, sin prisa pero sin pausa. En Los Apóstoles anduvo sobrado de compás y abruma­dor poderío. Y en esto último, quizás, desentonó.

Fue en sus momentos más íntimos y retraídos, en la queja susurrante y melancólica, cuando más sobrecogió. Esos instantes pudieron verse y oírse en algunos pasajes de la cartagenera y en las le­tras de la malagueña del Cojo de Málaga, "hay perlas a millares", que dieron paso a unos tangos donde cupieron ecos de La Niña y recuerdos para Tío Borrico. Des­pués llegarían una serie de fan­dangos al estilo de Huelva, una de sus creaciones más personales que incluirá en su primer trabajo discográfico, Sobrellevé, el cual verá la luz el próximo mes de abril. Para cerrar su intervención, invitó al escenario a su tía Ana, que con mucho ángel se marcó una  pata por bulerías. Ezequiel es una gran esperanza del flamenco que de forma necesaria debe evo­lucionar para justamente no quedarse atascado en ese concepto, el de la eterna promesa.

EZEQUIEL BENÍTEZ - ANTONIO MALENA
Cante: Ezequiei Benitez. Guitarra: Dani de Morón. Palmas Din de Jerez, Israel Carpió y Manolete de la Mini. Colaboración especiáis Tía Ana
Cantes: Antonio Malena. Guitarra; Santiago Moreno y An­tonio Malena hijo. Palmas Luis de la Tota, Lugar: Los Apóstoles. Día: 6 de marzo. Aforo: Algo más de media entrada.




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