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Triste y Azul

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XII Festival de Jerez



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- CRÓNICA 24.02 -



NUESTRA CRÓNICA -PRENSA


Con el BALLET ESPAÑOL, El Festival cambió la cara.

“SANGRE” no cubrió las expectativas.
¿O quizás inconscientemente esperábamos más? A mi la impresión me dio en pensar que veníamos de dos días a “puro flamenco” de mucho colorido, jerezanismo, ritmo y compás, y volvimos a la calma y a la finalidad de este gran Festival de Jerez que no es otro que el de mostrarnos la danza flamenca en todas sus expresiones, después de dos días seguidos de bulla y jaleo, la calma del Ballet Español nos tomó por sorpresa, sin contar con el ruido que metió la percusión.

La música estuvo bien en la parte ballet, tanto en los instrumentos de cuerda como en el de aire, pero el flamenco en ninguna de sus partes asomó ni de pasada, brilló por su ausencia.
La guitarra y los cantaores, salvo en una letra de Manuel cantada en sus principios por Lole, que fue cantado por Jacob Quirós en forma pausada con voz y melodía, todo lo demás fueron gritos como si los estuvieran flagelando.

La técnica de excelente trabajo en coreografía en lo que a los cambios de cuadros se refiere, se nota que hay mucho trabajo, se necesitan de muchas horas de ensayo para llegar a esta sincronización, pero mi opinión al respecto es que en la separación de las diferentes escenas tendría que haber habido una transición, pasaron todos ellos sin un segundo para notar los cambios de melodías, en lo que a mi opinión se refiere, la luz que con toda potencia del farol dirigido directamente al público, con el único fin muy pausible de hacer a las bailarinas transparentes y no lo consiguieron porque no pudimos ver nada ya que quedamos enceguecidos por esa potente luz, tampoco estoy muy de acuerdo, no solo en este espectáculo, pasa en muchos y en especial de flamenco, la persecución, demasiado fuerte, anoche machacó desde la subida del telón hasta el final y creo que todavía está sonando en mis sentidos.

Sangre

Los bailarines empecinados en ver quién zapateaba más rápido, parecía una maratón, cuando justamente en el baile el zapateado tiene que ser un complemento y no un motivo fundamental, Ángel Rojas y Carlos Rodríguez, bailarines que por su trayectoria si pecan de algo es precisamente de ser perfeccionistas, se pasaron compitiendo en el zapateado y justamente la percusión cuando el zapateado disminuía en su intensidad, no se escuchaba nada y es motivo de sabiduría y arte en el baile especialmente el detalle del zapateado de mayor a menor y viceversa cosa que fue totalmente tapado , es a lo que me refiero cuando digo que la percusión en el baile en vez de ganar, pierde, así pienso yo, ya que si no está bien ejecutada generalmente tapa el zapateado de bailarines y bailaores, no quisiera pensar en que es a propósito como recurso.


Sangre


Por los motivos expuestos, pienso que esta presentación no tuvo el brillo que se merece, seguramente en otro momento y circunstancias caigan mejor o como debe ser, de agradecer el detalle de la cantaora, la gaditana María del Mar Fernández, de ofrecer al público, quizás debido al excesivo aplauso con las remanidas palmas por bulerías incluidas, unas pataitas por bulerías antes de retirarse del escenario.
Manolo Chilla
Triste y Azul


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NUESTRA CRÓNICA -PRENSA


Acotaciones a la programación

Elu de Jerez, en el devenir cantaor de la mujer

Manuel Ríos Ruiz
Algún día nos ocuparemos largo y tendido de la importancia histórica y artística de la mujer jerezana en el devenir del cante flamenco. Hoy podemos comprobar que es una tradición que sigue vigente, con la actuación de Elu de Jerez en la programación del XII Festival de Jerez, concretamente en el escenario del Palacio de Villavicencio. Y aunque es un tema, el de la mujer jerezana en el cante, digno de ser abordado extensamente, no queremos dejar pasar este ocasión para recordarlo, para apuntarlo aunque sea a vuela pluma. Y hay que empezar por un nombre mítico, el de Luz María, la madre de Paco de la Luz, cantaora que aunque no subió a los escenarios, se cuenta que era la reina de las reuniones familiares de su tiempo. Y de su época María La Regalá, Curra La Sandita, Candelaria y Manuela Fernández, La Junquera, La Lobata y La Manola, un ramillete de voces gitanas que pasaron de las bodas y los bautizos a los tablaos sevillanos. Sin olvidar a Tía Salvaora la del Muro, que dicen era ancha de cara y caderas y tenía un lunar sobre la ceja, según me contara Tío José Junquera en el cortijo de Frías, él la conoció ya viejecita, de vuelta de sus “turnés“. O Mariquita La Jaca, la de la voz clamorosa. Y La Custodia y La Vicenta, hijas de El Cuadrillero, al decir de Rincones, el manijero que llevaba sus cuadrillas de Casarejo a Frías, formadas por gente de Santiago y de Trebujena.

Así las décadas flamencas, hasta llegar a Merced La Serneta, la soleaera preferida del Marqués de Bertemati para sus fiestas, hasta que se fue a Utrera y después a los madriles. Y aquella inolvidable Loca Mateo. Mas el antecedente glorioso La Serneta, se reflejaría en Tía Anica La Piriñaca, y en lo concerniente a fama en la genial Paquera de Jerez. Realmente La Serneta, sigue inspirando a generaciones cantaoras, en las que hallamos desde Isabelita de Jerez a Elu de Jerez, pasando por Rita La Cantaora, La Serrana, La Pompi, La Sorda, Luisa Requejo, María López La Jerezanita, Manolita de Jerez, Antonia Suárez, La Bolola, María La Burra, María Soleá, La Macanita, La Melchora…

Mujeres de ayer y de hoy, que en los anales de la historia del cante jerezano tienen una relevancia indiscutible. Y en este momento, tenemos la oportunidad de escuchar la tragirrabia cantaora de Elu de Jerez, triunfadora del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, decidora y sentidora de un amplio abanico de estilos. Una cantaora de fuste, inserta plenamente en la tradición flamenca de su tierra.


Cante de verdad

FRANCISCO SÁNCHEZ MÚGICA DIARIO DE JEREZ

En la Plazuela, en los rincones de San Miguel, está Manuel Torre, está Chacón, Mojama, Lola Flores, la casta de los Méndez, los Moneo, los Parrilla... Allí hay esencia manando a borbotones, genes a espuerta y un compás separado con tiza frente a los sabrosos y sustanciales aires que nos llegan procedentes de Santiago. Ser capaz de condensar todo ese legado, toda esa tradición oral y cantada durante generaciones, puede parecer una utopía... O puede llegar a ser lo más natural del mundo. Y Luisa Jiménez, Elu de Jerez, con su estirpe y su testimonio, hace de la empresa más complicada, la más solemne y sencilla de todas las alquimias. Porque quiere, porque puede y porque sabe.

Su entonación, su exposición, pueden parecer a priori marcadas por la sobreactuación, pero rápidamente, y más quienes la conocen, se comprueba que su cante, su decir, su queja, es de verdad, sin artificios ni alardes no medidos ni justificados por el guión estricto que marcan los cánones y, lo más importante aún, la historia. Parte de un rito ancestral mecido por la gravedad del eterno retorno: de la base del tronco a las ramas, de las raíces genuinas a la savia más nueva.

Elu expone la fuente de la que ha bebido y expresa su caudal como un torrente inagotable, inconmensurable, de tronío y temperamento. Principia con bulerías por soleá y desde el primer momento surgen los inconfundibles ecos plazueleros. Le secunda Domingo Rubichi, otro cabal perteneciente al primitivismo flamenco jerezano, guitarrista de recorrido y toque limpio, siempre efectivo e intachable. Ni que decir tiene que una parte del recital se dedicó a la memoria de su padre, Diego de los Santos Rubichi, fallecido hace algo más de medio año y uno de los últimos baluartes de la ortodoxia flamenca del terruño bien entendida. Homenaje en su tierra ya.

En la seguiriya, Elu eriza el vello una y otra vez, sin contemplaciones, desde los primeros ayes. Con pose trágica y hondura, conteniendo los versos, rescata esa estampa saetera que un año tras otro buscamos en alguna ventana o balcón de Cerrofuerte al paso del Cristo de los Gitanos bien entrada la medianoche del Viernes Santo. Pone el énfasis trágico una y otra vez, sin artificios aleatorios, y remata por cabal. Crecida, entonada, afinada, sigue sin perder el hilo de su discurso telúrico y continúa por tangos, con reminiscencias de La Niña. Más madera.

Tan a gusto como estuvo ayer por la tarde en Villavicencio, sobrada de facultades y derrochándolas para el respetable, Elu encaró la segunda parte de sus 60 minutos de recital acordándose del alianda en los tres fandangazos que interpretó. Qué honda, qué mineral y qué creíble en su ejecución de la soleá: Esta casita huele a gloria, Dios mío quién vive aquí... Los martinetes dolientes, punzantes, dan paso al fin de fiesta, desplegando todo su poderío y flamenquería. Descalza y con el soniquete bulero, zapatea con furia en su patá, gustándose y gustando. Ovación y ¡chapó!

FICHA
Cante: Luisa Jiménez 'Elu de Jerez'. Guitarra: Domingo Rubichi. Día: 24 de febrero. Lugar: Palacio de Villavicencio. Aforo: Lleno.









El Nuevo Ballet Español exhibe su virtuosismo en el Villamarta

DAVID FERNÁNDEZ / DIARIO DE JEREZ

Hay gente que sigue acudiendo al Villamarta para mosquearse. Entendidos en la materia y aficionados al flamenco en general y en menor medida a la danza española que se sientan a ver los espectáculos acordándose, una y otra vez —como si se lo mandara el médico—, de que como cantó Terremoto y Carmen Amaya bailó, nadie. Apenas unos pocos elegidos de su gusto tienen una oportunidad ante su veredicto final, puesto que para esta parte importante del público el pasado siempre fue un tiempo muchísimo mejor, al parecer.

Otro grupo menos numeroso, el de los no iniciados, se acerca al teatro en busca de algo mágico, una fuerza superior que según Lorca habita en las habitaciones de la sangre: el duende. Por tanto y a poco que no acompañe la velada, este sector suele salir decepcionado y sin saber explicarse qué tiene de especial el baile flamenco.

La mayoría, en cambio, como ocurre con los espectadores de cine, únicamente se preocupa de pasar un buen rato. Se conforma con coreografías trabajadas, lucidas e iluminadas, cante y música al fondo, y gente guapa, arriba y abajo del escenario. Los bailarines madrileños Carlos Rodríguez y Ángel Rojas es precisamente esto lo que defienden porque trabajan duro para propinar espectáculo, principalmente. Junto a Antonio Márquez y pocos más, son los únicos que se ocupan de la danza española contemporánea y con ella han demostrado que se puede llegar muy lejos. Sangre, la obra que presentaron anoche en Villamarta, derrochó técnica sin más argumento que la fusión de tradición y vanguardia con tres aliados: el flamenco, el clásico español y el contemporáneo. El repertorio está jalonado por variantes flamencas que en escasos momentos se reconocen a sí mismas porque todo se sacrifica a una estilística donde priman la fuerza y la habilidad. Escena tras escena se busca la acción, y en no pocas si hace falta se pasa de la sensibilidad del violín y el violonchelo al vertiginoso ritmo de la percusión, casi siempre por bulerías, sin ningún tipo de hilo conductor, en busca de la arista más comercial.

En su solo, Carlos Rodríguez, pletórico en la técnica, quiso recordar a Grilo en un endiablado baile por bulerías que al menos culminó con gracia y con algo más de fortuna que la que gozó Ángel Rojas por tangos. Sin sacar partido a sus brazos, este último decididamente se dedicó a meter los pies como si de una competición se tratara. Eso sí, ambos saben donde pisan y demostraron un control absoluto para ganarse el aplauso fácil con luces y gestos dedicados al público.

Más atractivo resultó el paso a dos que dividió la obra. Su pulcritud en los cruces a velocidad casi prohibitiva y la original puesta en escena fue de lo mejor junto a los giros sobre sí mismos. La pretendida perfección absoluta, entendida como mecánica antes que como artística, la hallarían en compañía, todos con palillos, más sincronizados que de constumbre y ocupando el espacio para llenar el escenario. Otro aliciente para el espectador. Lo cierto es que cuanto más se alejaron del flamenco en busca de nuevas formas más convincentes resultaron sus propuestas y viceversa.

Aunque la música careció de la emoción suficiente —por momentos monótona— y el cante no tuvo peso, la moderna puesta en escena y el esfuerzo en el terreno de la danza, a tres, a cinco y con toda la compañía, puso en pie la obra, cuanto menos trabajada y sin más pretensiones que el divertir. El cuerpo de baile regaló postales con las bailarinas, mejor conjuntadas y huyendo del terreno pantanoso. Y es indudable que los bailarines se dejaron la piel. La prueba está en que su baile llegó a ser por momentos frenético. Con ello, la mayoría encontró lo que buscaba y aplaudió a rabiar.








No estuvo mal, pero ¿qué faltó?

Por Luis Román


Esperábamos a lo mejor otra cosa, no sé, quizás que la obra tuviera más intensidad, una mayor complejidad argumental, no ya desde el punto sino de vista de una narración teatral, sino de una variedad mayor y más amplia de lances, estilos y demás formas flamencas que las que tuvo anoche Sangre, tercer espectáculo del XII Festival de Jerez en el Teatro Villamarta.

La verdad es que escribir una crónica desde sus comienzos sin afrontarla con mucho entusiasmo es bastante difícil. Pero es lo que tiene un evento como este certamen dedicado al baile flamenco y la danza española, que a veces se observan situaciones en las que no hay mucha salida para los elogios.

No obstante, conviene no inflar con críticas acerbas ésta crónica, que quiere, como las anteriores y las que vendrán, ser un compendio lo más ecuánime posible de pros y contras. De todo hubo, pero acaso la tónica más destacada fue la linealidad de los números. Apenas existieron dos momentos hilvanados que despertaran al respetable. Por cierto, ya que se menciona al público en este texto. De acuerdo que a cada cual le asiste todo el derecho a reaccionar como desee. Aunque en los últimos años asistimos a un continuo batir de palmas cuando finalizan los espectáculos, que no dicen espectadores. Hay que considerar que un ciclo que quiere ser referente a nivel mundial de la especialidad que abarca-el baile flamenco y la danza española como queda reseñado no debería ser tan condescendiente. Porque la crítica se puede ejercer de múltiples maneras. No es menester faltar a los integrantes, porque ningún artista se lo merece, menos aún los del Nuevo Ballet Español, que entregaron lo mejor de sí mismos, pero está claro que el silencio o el simple aplauso de cortesía puede dictar una dura, a la par que elegante, sentencia artística.

LA ‘SANGRE FLUYÓ CON DIFICULTAD

La función se estructuraba en ocho números o secuencias de salidas a escena, algo que viene a ser más o menos habitual en obras de este calibre.

La presentación dejó a todos los miembros de la compañía en el proscenio del Villamarta, aportando una de las cosas más positivas de la jornada de ayer domingo. Y es que las coreografías de ciertos números fueron coloristas, mas no espectaculares. Hay veces que se quiso rizar el rizo una y otra vez, cuando lo más beneficioso hubiese sido amoldar a un tiempo más cortito una obra que bien podría haberse contando haciendo dar menos vueltas a las manecillas del reloj.

Y, entre tanto, ¿qué destacar? Pues el paso a dos entre Ángel Rojas y Carlos Rodríguez en El alma, en la antesala de la clausura.

Otra de las claves de la posible atonía radica en la estruendosa caja, percusión que si se limita a subrayar los pasajes del baile tiene un pase, pero cuando machaca a ritmo frenético es insoportable. ¿Y no hay nadie que considere que estas cosas hacen un flaco favor, precisamente, a los números de baile, cuando el público cabal está más pendiente del taconeo del protagonista en las tablas del escenario? Acaso haya que corregir esta tendencia que, en realidad, está muy extendida por casi todas las compañías. No es una diatriba contra el instrumento de percusión en sí, sino contra su uso indiscriminado en determinados momentos del espectáculo.

La música estuvo bien, fue lo más brillante, pero en clave flamenca, estrictamente, hubo pocas cosas. Apuntaban estilos que bien podrían confundirse con aires de tal o cual palo, pero, a la postre, el soniquete jondo se esfumó... o ni siquiera llegó a hacer acto de presencia.

El juego de luces deslumhró, digo bien, deslumbró al público, porque con la excusa perfecta, no digo lo contrario de dar un relieve grande a la figura de las bailaoras, se acabó por no permitir la correcta visualización de sus figuras, toda vez que el foco incidía directamente sobre los espectadores del patio de butacas. Pero en fin, esto no es más que una anécdota. Lo que ya es un poco más serio es que el balance final de Sangre no permite muchas fiorituras dialécticas, por más que uno pretenda aderezar con vocablos sutiles una crónica que, naturalmente, cuesta hacer.

El mal no estriba en una falta de cualidades o aptitudes, más bien en un montaje mal conceptuado. Se tiende a estirar las obras y puede que por meros intereses comerciales. Lo ignoro. Pero bien podría plantearse como hipotética medida de solución dar un tiempo más razonable a las funciones.

Aspectos positivos de la noche, la melodía mágica de ciertos instrumentos de arco y cuerda, como el violín o el violonchelo, o uno de viento, la flauta. Quedan sus intervenciones destacadas por la falta de brillo general y por la propia grandeza de unos músicos que sí estuvieron en el nivel preciso de lo que se esperaba de ellos.

Las expectativas tampoco es que estuvieran a priori por las nubes, motivo por el cual no caben lamentos estentóreos en estas líneas. La decepción, por tanto, está atenuada. Sí es cierto al menos que la profesionalidad salvó ligeramente los muebles, de lo contrario, Sangre hubiera sido una mera transición gélida entre el número del día anterior y el de esta noche de Isabel Bayón.

Es difícil que en dieciséis días todo adquiera una gran relevancia y no se contemplen eventos modestos. Ejemplo de ello fue el de anoche en el Teatro Villamarta, donde las intenciones, como es lógico, fueron muy buenas; luego los patrones se repiten, se estiran las coreografías hasta el infinito y...

El fondo del Nuevo Ballet Español no desmerece una opinión favorable, pero sí las formas conceptuales repetitivas, monótonas, con poco lustre en suma. Sangre fué como un río de escaso caudal que desembocó en un mar de invierno donde naufragó.









Flores para marco.Demostración de sensatez y de armonía en el escenario

Diario La Voz
Que hay modas nadie lo niega, y eso implica etapas cíclicas por las que se pasa en la mayoría de disciplinas, ya sean artísticas, sociológicas o de cualquier otra índole. En el Flamenco también pasa, se renuevan o se intentar reinventar cantes o bailes ya hechos y masticados para exprimir el jugo que pueda dar cada fruto, con el fín de innovar. En este sentido no se da a conocer nada nuevo, sino que extrapolamos lo antiguo a la situación actual buscando las diferencias. Marco Flores, a pesar de no reinventar nada nuevo, se convierte en un joven «pro-creador» con personalidad que proyecta su modo de sentir y vivir en cada baile.

Actuación del flamante ganador de la última edición del Concurso Nacional de Córdoba en la fría noche del domingo, que pisó fuerte, y que vino acompañado de Antonia Jimenez, su escudera a la guitarra y Miguel Rosendo y Leo Triviño al cante, y en el compás La Tacha y Ana Romero. Salvo los notables problemas vocales de Triviño, que no pudo completar una malagueña a su gusto, ni al de los que allí estábamos, Rosendo llevó el peso de la noche dando muestras de convicción y mostrando su personal eco en los tercios que daban forma a su quehacer.

Se inició Flores por Farruca de manera soberbia, quizás lo mejor de la noche, con cadencias medidas, y siluetas aderezadas con vaivenes paganos de caderas, provocadores y sutiles. Sin renunciar a la estética fue natural en pies y algo espeso en brazos, algo abstractos en el conjunto, pero con matices que bien merecieron los halagos del público. Intermedio de tangos para dar paso a un martinete oscuro, ritual estático, solitario y de concentración jugando con tensiones y distensiones en una suerte que surgía de lo espiritual.

De descanso sirven los cantes de transición que se escucharon en las malagueñas melliceras de los dos compañeros de fatigas que se entregaron, cada uno hasta donde supo, donde se evidenciaron las facultades de uno y otro. Un Rosendo que recreó de buena gana estos cantes, con sabor a Cádiz. Se entregó Marco en las alegrías, que tiene dominadas y es su plato fuerte, en secuencias circunscritas al compás de amalgama, buscando su camino, pero desafinando en la estética brazística, donde se abandonó en beneficio del conjunto argumental y de la esencia de este baile.

No cabe duda que ya no estilan los estruendosos tiempos en los que el privilegio de poseer la técnica necesaria en los pies, daba por bueno, una obra flamenca, de manera que olvidémonos de esos tiempos y pensemos que todo esto es un todo donde hay que seccionar cada parte pero no abandonarse para buscar el efectismo que imperaba hasta hace bien poco; Los jóvenes bailaores de talla de Flores, dejan la puerta abierta para mostrar que no se apaga la llama que mantiene erguida la antorcha del baile flamenco.


TristeyAzul


El Bailaor del momento


Francisco Sánchez Múgica – Diario de Jerez
Las modas hay que manejarlas con suma prudencia y ponerlas siempre en cuarentena, por lo que pueda ocurrir en el futuro. El momento que atraviesa el bailaor árcense Marco Flores bien podría parecer producto de una moda, de una eclosión, azarosa o no, que se remonta prácticamente un año.

"Verás, momento en el que se alzó con los tres grandes premios de baile en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, amén-del premio especial del jurado —lo que no ocurría desde que lo lograse Javier Latorre dieciocho años antes—Pero ni Marco Flores era peor antes de ese punto de inflexión en su carrera ni ahora ha tocado techo. Empero, no nos extrañaría verle sobre las tablas del Villamarta en futuras ediciones de la muestra jerezana, pues lo incuestionable es que la planta empieza a dar sus frutos y que, si para algo sirven las modas, es para llegar a la cima infinitamente más deprisa que el resto.

Hace un año advertíamos en estas mismas páginas, a raíz del espectáculo que presentó en el festival, En clave, junto a Olga Pericet y Manuel Liñán, la sensibilidad y personalísima manera de entender el baile de este joven artista —de la misma generación que
Mercedes Ruiz y con similar proyección—. Cualidades que ahora, en solitario, con mayor peso en escena, se ratifican sobradamente.

La entrada fue fría en el recoleto espacio de La Compañía, pero a medida que fueron transcurriendo los minutos, el bailaor, a solas con su versatilidad, logró encender a un público entregado desde el primer segundo. En esta ocasión, en un formato pequeño y sin demasiadas pretensiones, Flores ejecutó los tres números que le encumbraron en Córdoba: farruca, martinetes y alegrías. Y aderezó las transiciones de la propuesta, algo cansinas, con un par de cantes en solitario, tangos y malagueñas, de Miguel Rosendo y Leo Treviño, tal y como hiciera hace justo un mes en el Festival de Nimes.

En la farruca, sólo cortejada por la excelente guitarra de la portuense Antonia Jiménez, con unas falsetas de órdago en el arranque de las malagueñas, volvieron a emerger esas evocaciones, principálmente, a Gades, El Güito y Manolete. Reposo, estatismo y elegancia en los giros, pero combinado con un ritmo endiablado, a la par que elegante y sobrio, de mareaje, punta y tacón, y generoso, muy generoso, braceo. Tras unos tangos absolutamente prescindibles, martinetes y escobilla a compás acelerado. Ahí, y posteriormente en las alegrías, el baile de Marco Flores viajó en tren de alta velocidad.

Éste se caracteriza por ser cómodo, rápido y eficiente, pero por el camino se tiene la desventaja de que apenas se palpa la poética y el placer de contemplar los paisajes. En este sentido, cuanto más se detuvo el bailaor, más enriquecedora resultó la experiencia. Galvanesco por momentos, sus pies y brazos formaron un continuado estilizado, rapidísimo, de recursos casi ilimitados y novedosos... Pero cuánto se agradecían de cuando en cuando esas frenadas repentinas. Esas abruptas bajadas hasta encallar en la búsqueda de síraismo bajo el delicioso silencio de sus botas rajeando las tablas.

Marco Flores pasó con éxito por el certamen. Se despidió bailando por alegre, en un estilo en el que se siente muy cómodo, o al menos eso se percibió. Le puso sal cuando hubo que hacerlo, y rigor y más serenidad cuando la ocasión lo merecía. Tiene madera, hechuras, cualidades y recursos para alcanzar más pronto que tarde, si lo gestiona con inteligencia y sin bajar la guardia, todas las grandes metas que se proponga. Se le ve sediento de baile. Es su momento.

Baile: Marco Flores. Cante: Miguel Rosendo y Leo Treviño, Guitarra: Antonia Jiménez. Palmas: La Tacha y Ana Romero. Composición musical: Antonia Jiménez. Iluminación; David Pérez. Día: 24 de febrero. Lugar: Sala Compañía. Aforo: Lleno.

MARCO FLORES
Baile: Marco Flores. Cante: Miguel Rosendo y Leo Treviño, Guitarra: Antonia Jiménez. Palmas: La Tacha y Ana Romero. Composición musical: Antonia Jiménez. Iluminación; David Pérez. Día: 24 de febrero. Lugar: Sala Compañía. Aforo: Lleno.


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