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XII Festival de Jerez



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- CRÓNICA 27.02 -



NUESTRA CRÓNICA - PRENSA

Rafael Amargo en “TIEMPO MUERTO”

Quiere volver a sus orígenes en esta nueva obra, intenciones pero no llegó, sigue en el mismo lugar.

Parece que quiere volver y eso lo quiere hacer tan corriendo que el escenario del Villamarta parecía el circuito de velocidad, oscuridad en ideas y en la pista-vamos a llamarlo así-, cuando la luz se hizo casi al final, los artistas, todos ellos con gafas de sol, inexplicable, o es que estaban tan acostumbrados a las sombras que no bien les llegó la luz los encandiló, podían haberlo previsto y repartido a los espectadores, también nos encandiló, lástima que fue la luz y no el espectáculo, más lo hubiésemos querido.

Rafael Amargo

Amargo como dije buscó la raíz, tampoco la encontró, quiso ser flamenco y no lo consiguió, con el ritmo desenfrenado que le imprimió a la obra es imposible hacer flamenco.

En ninguno de sus números encontró flamencura, ni tan siquiera en los fandangos de su tierra, cada vez que estaba en escena su cuerpo de baile, él merodeaba como un figurante, desde el inicio se vio que íbamos a presenciar el Rafael Amargo de siempre, nada ha cambiado, el comienzo con esos martinetes con las bailarinas encapuchadas supimos de que se trataría todo el tema, se pierde el pelo pero no las mañas.


Rafael Amargo

Cuando sonaron los acordes del piano tocado por “Sorderita” y se anunció con su voz cálida y pausada, a compás, ni siquiera eso le enseñó el camino, preocupación principal en la variedad y vistosidad del vestuario hasta el momento en que una de sus bailarinas, en las soleá, se peleó con el mantón tratando de dominarlo, letras aceleradas y la música corriendo atrás.

Rafael Amargo

Hablando de la música, Juan Parrilla con Flavio Rodrigues le pusieron una música muy bella y bien conseguida, la música quiso imponer su ritmo pero el baile no le dejó, había que seguir al baile y Ea, a correr -capitulo aparte para el solo de flauta de Juan, emotivo y con entrega- uno de los pocos detalles de la noche. También para destacar un poquito la intervención de Maria La Coneja, ni siquiera en las alegrías, cuando el Sorderita las cantaba y le daba su pausa, todo bien, en cuanto él dejó de cantar, anda, otra vez la carrera -nada- que querían la pole.


Rafael Amargo

Ni siquiera en ese homenaje a la Lola quedo bien con Jerez, mejor nos llegó Sorderita, y para colmo y con todos mis respetos a los artistas que subieron al escenario al invitarlos él mismo para un fin de fiesta estilo de la tierra, pienso que de esa manera quiso arreglar la noche y que el público se fuera con buen sabor, lamentablemente no creo que lo halla conseguido, un espectáculo es todo al completo, no el último número que a mi entender estuvo fuera de lugar en un Festival de la categoría del de Jerez, en otro tipo de festivales, peñas y demás, valla y pase, pero aquí en el Villamarta no lo veo.
Manolo Chilla
Triste y Azul












NUESTRA CRÓNICA - PRENSA


Muchos momentos 'amargos'

Por Luis Román – Información Jerez
Si el estadio del Málaga es La Rosaleda y el del Zaragoza La Romareda, el del Villamarta es La Humareda. En los espectáculos se ha optado de un tiempo a esta parte por obsequiar al respetable -con toda su paciencia- con un aluvión de humo que pasa factura para algunos asistentes, manifestándose los síntomas en toses incesantes.

Bueno, primero la anécdota, y ahora nos ponemos un poco más serios. Porque lo de ayer fue un canto al desaguisado, al no saber qué hacer para poner en liza un número y encajárselo al Festival, con la relevancia que el certamen tiene. Y es que el discurso de Rafael Amargo transita por senderos yermos. Es una pena expresarlo de modo tan crudo, es verdad, pero lo contrario, por mi parte, sería mentir. He asumido un compromiso irrenunciable a decir la verdad siempre -que, en cualquier caso, es mi verdad subjetiva, obviamente- y tal postura me lleva a renegar de panegíricos sin sentido, a no adular a los que en los carteles han puesto su rúbrica mediática, su imagen de marca y su patente de corso,”Yo soy un hombre del Sur", como decía Pedro Garfias, y eso imprime carácter. De entrada, no soy esclavo más que de mis propias palabras, así como dueño de mis silencios. Quiero expresar al aire libre de cortapisas u obstáculos, de los que prescindo olímpicamente, las sensaciones que me produjo el evento de anoche, sin ojanas, tampoco con malos rollos, pero echando un pie delante de otro por la vereda de la libertad.

CLAVES DE UNA TRISTE Y VACÍA NOCHE
Claro, vamos a ver. ¿Qué ocurre para que el fin de fiesta, por ejemplo, sea, de cuantos números se escenificaron, el más largo de todos? Ni más ni menos que, como a Rafael se le pueden imputar fallos y defectos -como a todo hijo de vecino-, pero no se encuentra entre ellos el de no darse cuenta de cuándo las cosas han regular, se inventa un rea-galo para el público con gente de la tierra que sale de buenas a primeras por el patio de butacas y... ¡hala! Ya estamos arriba. Los aficionados al flamenco llevan sufriendo ya muchos años de ataques verbales por parte de quienes justifican a los reaccionarios de las compañías mercantiles, entregándoles la voluntad arbitraria de modificar el arte, como si esta condición no dependiese de un proceso más largo en el tiempo, firmemente anclado en el poso de la cultura. Pero ahí está lo que hay. Ahora se paga bien a los números cogidos con alfileres... y cría buena fama. ¿Por qué? Me duele especialmente estas dudas, estas vacilaciones pasadas por el tamiz de las divisas, cuando hoy es el Día de Andalucía. Algo habrá que decir, al menos, para que las ruedas de este carromato de pasiones llamado flamenco marche siempre adelante.

En los últimos meses, la popularidad de Amargo ha ido subiendo como la espuma por el recuerdo del Carnaval canario y porque ha aparecido mucho en deplorables programas rosas de la pequeña pantalla. Más allá de su baile, que es bien discreto, Rafael Amargo es una persona que ha vislumbrado cómo furulan las cosas en este mundillo de listos. Unos efectos interminables de bailaor entregado, con taconazos desesperantes, unidos a una orquesta -de grandes músicos, todo hay que decirlo-que taparon al que se supone era protagonista. Sería un esfuerzo encomiable por parte de quien lo realizare imaginar al bailaor discenir sobre lo que acontece en el panorama contemporáneo: ¿Nadie atisba la deriva mercantilista que esto está tomando? Y como justificación siempre puede haber quien diga que claro, si no fuese así, los espectáculos hace ya mucho que habrían sucumbido. Siendo este punto bastante discutible, lo prioritario es el compromiso con la cultura, como muchas veces ha dicho un célebre maestro de la guitarra. Que a cada artista le asiste la libertad de hacer cosas, de crear lo que estime conveniente, de acuerdo; la libertad de lo cómodo, de lo rápido, del efectismo, no lo doy por bueno.

Reconozco, asimismo, que no todo fue rechazable. En el quinto número, titulado Señora, apareció en la escena María La Coneja para dar una auténtica lección con los palillos. Con un compás arrollador, jugando a placer con el ritmo, lo mismo sentada que de pie, andando con elegancia por el escenario, María dio un impulso al aletargado público del coliseo, que aplaudió con ganas este momento.

Pero todo se fue diluyendo como azucarillo en el agua. Y eso que el comienzo no fue malo, tal vez lo mejor junto a la citada intervención de La Coneja. Pero sobrevino el tedio, la espesura de un evento que, en un instante concreto, ya se sabía muy bien cómo iba a concluir. Porque en determinados espectáculos se intuye, llegado a un punto de su exposición, que la obra se tuerce, que el bostezo asoma y, en fin, que la solución pasa por finiquitar el cotarro solicitando la presencia en las tablas de gente de Jerez, con la excusa de rendir un homenaje a la tierra.

Muy estimable, para cerrar con las cosas más gratas de Tiempo muerto, la intervención de Juan Parrilla con la flauta. El número en solitario quedó perfecto, muy emotivo, con entrega y a la par con delicadeza.

En resumen: poco, muy poco trajo ayer Rafael Amargo al Festival de Jerez. Las dos pinceladas que pudiera dar se ven en casi cualquier pataíta hecha con arte en una peña flamenca.












Rafael Amargo vuelve a los orígenes con su obra ‘Tiempo muerto’

DAVID FERNÁNDEZ. DIARIO DE JEREZ
Estresante llegó a ser a ratos Tiempo muerto, la última obra de Rafael Amargo con la que pretende buscar la esencia aparcando cualquier mestizaje, dice. Hizo honor a su título, Tiempo muerto, sólo en la presentación, con toda la compañía sobre las tablas bajo la ‘batuta’ de los sintetizadores. A partir de entonces el ritmo fue desenfrenado. Incluso la soleá careció de temple en el cante, el baile y la música. A ritmo constante de percusión y palmas eléctricas, guitarras y los instrumentos de viento se contagiaron durante casi todos los ‘tiempos’, diez en total.

Amargó buscó la raíz, pero así, de repente, después de alejarse tanto, no es fácil. Quiso bailar más flamenco que nunca y evidenció carencias en los pies, la colocación de los brazos y el equilibrio en general. Tampoco transmitió, salvo cuando se dirigió al público con gestos de cariño. En las alegrías lo mejor fue la dulzura en la garganta de Sorderita, puesto que, tan pronto dejó éste de cantar, se imprimió de nuevo un ritmo endiablado bajo el que el bailaor, y es lógico, perdió el control una y otra vez.

Cuando se presentó junto a alguna de las bailarinas, por ejemplo en los fandangos de su tierra, el bailaor granadino se mostró más contemporáneo que con hechuras flamencas, y lo mismo ocurrió cada vez que estuvo en escena, incluyendo los largos paseos acompañando a unos y a otros y mezclándose con el cuerpo de las cinco bailarinas. Tampoco aportó nada al flamenco cuando Sorderita se anunció con voz cálida al piano.

El inicio con las bailarinas enfundadas en sus capuchas no evocó cualquier tiempo pasado; el martinete protagonizado por el cuerpo de baile resultó más transgresor que tradicional. Desde el principio, chocó tanto el balanceo de los cuerpos, por anotar uno de los movimientos, como la exageración en los decibelios.

Llegó la soleá y al menos una de las bailarinas lució el mantón como buenamente pudo, con giros dificultosos y unas letras aceleradas, sin pausa. Ni la flauta de Parrilla y el resto de músicos supieron remediarlo. En el paso a dos siguiente, Amargo —que casi nunca estuvo más de un minuto a solas bailando— estuvo más pendiente del personal que nunca.

El vestuario reivindicó entonces el protagonismo: desde el top con torera incluida hasta los escotes más sugerentes y las gafas de sol, fue un desfile alejado del flamenco.

Volvió Amargo para protagonizar otro paso a dos, esta vez sin música de fondo y únicamente sobre el texto leído en off de una carta de amor de su abuelo, que el bailaor compartió con Vanesa Gálvez. Más pendiente de la pose que del baile, tampoco aquí se aportó algo para recordar en el terreno contemporáneo. A continuación le dedicó la compañía una zambra a Lola Flores y... y fue Sorderita con el piano quien más contribuyó al homenaje. Ni las batas de cola cobraron vida ni el baile arrebatador de La Faraona se asomó al Villamarta.
Amargo, pocas veces bien plantado, siguió paseando quizá en busca del misterio del flamenco, que pasó de largo. Por momentos hizo las veces de figurante, como si fuera uno más. Y aunque cambió el discurso, parece obvio que con ello no fue suficiente. Al meter los pies se encontró con muchísimas dificultades —al contrario de lo que demostraron en la bambera Eli y Susi, con más casta y ángel—. Pasado de revoluciones, el bailaor granadino, más pendiente de la chaqueta que de marcar el cante y templar, siguió mal colocado hasta el final, en los tangos. Lo más destacable fueron Sorderita, el vuelo del mantón de una de las bailarinas, el solo de Parrilla y el baile y el repiquetear de los palillos de María La Conejo con toda la sal y la gracia.










Acotaciones al programa
La preceptiva cantaora de Calixto Sánchez

Manuel Ríos Ruiz
CUANTAS normas se puedan aplicar al cante flamenco y cuantos saberes se necesitan para su práctica, están reunidas en un intérprete singular: Calixto Sánchez. El cantaor mairenero desde sus comienzos puso de manifiesto su interés tanto por la ortodoxia como por dominar toda su amplio contenido estilístico. Su afición y su inteligencia han sido básicas y determinantes para conseguir su empeño.

Mas es sumamente curioso el hecho del primer encuentro de Calixto Sánchez con el cante. Lo cuenta así José Manuel Gamboa, en su obra “Guía Libre del Flamenco”: “Se inició en el flamenco por una apuesta adolescente. Para que venciera la timidez de que daba muestras, y sabedora de sus condiciones para la música, su profesora en el colegio le retó a presentarse al famoso concurso de cante que se organiza en su pueblo. Así lo hizo. En 1965, conseguiría obtener el premio a los estilos levantinos”.

Y una vez inmerso en el ámbito del flamenco, pero sin abandonar nunca sus estudios de Magisterio, su trayectoria profesional ha sido brillante. No solamente por la cantidad de premios conseguidos en certámenes, entre ellos el del Cincuentenario del Concurso de Cante Jondo de Granada, el Don Antonio Chacón en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba y el Giradillo del Cante de la Bienal de Sevilla., con el que culminó la temporada de 1980, cuando ya su nombre figuraba en los carteles de los más importantes festivales. Calixto Sánchez se había convertido en un intérprete enciclopédico. Su discografía lo pone de manifiesto, entre sus discos hay que señalar los titulados “Calle ancha”, “Castillo de luna”, “De los alcores a Granada”, “I Giraldilo del cante”, “De la lírica al cante”, “Camino de la vida”, “Retrato flamenco” -con poemas de Antonio Machado- y “Andando el camino”.

Sí, en sus grabaciones puede comprobarse que domina una amplia gama estilística, desde los legendarios pregones a las cantiñas, pasando por los cantes básicos y toda la baraja de los levantinos. En su espectáculo “De la tradición oral al flamenco”, argumenta el devenir del arte andaluz por antonomasia, ejemplificando unas formas didácticas sumamente interesantes. Esta noche, en el Festival de Jerez, concretamente en la Bodega de los Apóstoles, Calixto Sánchez, nos ofrecerá una vez más su preceptiva cantaora. O sea, el magisterio flamenco en que ha culminado su afición, su entrega y su profesionalidad.


“Calixto Sánchez” El método mató al arte

Francisco Sánchez Múgica – Diario de Jerez
Me gusta más ese Calixto Sánchez arqueólogo, el que rescata la mariana, los cantes de trilla, los pregones del vendedor de piñones, de las moras, el romance de las tres cautivas, las coplas a Guiomar… Y ese Calixto que no sólo educa, sino que además comunica. Me gusta menos el artista encorsetado por sus propios dictados, por su propia concepción del arte que practica, el perfeccionista quisquilloso frío como la estadística que ahoga la improvisación sin dejarla respirar.

En Los Apóstoles, en la medianoche del pasado miércoles, pudimos ver y oír la segunda versión del cantaor de Mairena del Alcor. Un recital sobrio y gélido hasta la extenuación que sólo entró en calor en la recta final de la velada, cuando la voz de Calixto se liberó y, tras interpretar las bulerías de La Manolita, incluidas en su último trabajo discográfico Andando el camino, decidió de improviso (o eso pareció) que era el día adecuado para rememorar los versos del insigne Blas Infante y revisar el himno de Andalucía bajo el compás de los tangos. Herencia, espontaneidad y pasión. Así debería ser siempre.

Durante el resto de la noche, mezcló pinceladas de su último disco, como la malagueña Tu que andas por el mundo, con cantes extraídos de anteriores ediciones fonográficas, como las "algas verdes de la mar" que abren el disco De la lírica al cante. Unas alegrías que remató, dentro ya de su repertorio de guiños clásicos de cada recital, con un recuerdo para las habaneras de Carlos Cano. Todo el aroma y el aire de la Bahía condensado en unos versos que ya tienen altura de mito.

Acusado a menudo de emplear cierta sobredosis de barroquismo y artificiosidad en su forma de decir el cante, lo que nadie puede negar a Calixto Sánchez es su dominio, temperamento, conocimiento (técnico y artístico) de la voz y lo jondo, y su peculiar manera de empaparse de los versos que ejecuta, adoptando una pose trágica en los momentos más dolientes, y gesticulando alegre si otras letras así le hacen sentir. Rebuscándose siempre, con el puño presionando su frente para encontrar la inspiración antes que esa fantasía etérea y quimérica que algunos llaman duende. Un intérprete de una pieza, un cantaor sabio que ejerce su magisterio cuando sube al escenario. Y, sobre todo, un artista con personalidad, fiel a sus principios y a su forma de entender la ortodoxia.

Es Calixto un hombre de método, empírico, estructurado y ordenado para obtener un resultado: descubrir la verdad y sistematizar los conocimientos, flamencos en este caso. Todo planificado y sin cabida para el ensayo/error. Otra forma de aprendizaje, ésta última, más esencial y primitiva, más humana. La equivocación y tropezar varias veces con la misma piedra es algo inherente al hombre, y en ese tropiezo muchas veces puede haber más luz y conocimiento adquirido -ahí está, por ejemplo, la educación sentimental- que en un grueso tratado. Lo otro es un academicismo totalmente desmedido, que incluso puede caer en la pedantería más absoluta.

Como proclamaba hace algunos años un diseñador de moda, la arruga también es bella, aunque eso para Calixto Sánchez no tiene lugar. En él todo es afinación y control férreo de lo que interpreta. Eso, a pesar de que la pulcritud de su garganta, la limpieza con que emanan los tercios de sus pulmones, puede ser contraproducente a la recepción más pura, comprometida y empática, de éstos. En este sentido, ocurre algo similar con la construcción de sus cantes, sustentados por letras de nuevo cuño, con las que cuesta identificarse. Ahí estuvo las seguiriyas -de unos diez minutos de duración-, que hablaron de muerte, de fatalidad, pero que perdieron su pátina rancia, su estructura añeja y su queja atemporal. Tres cuartos de lo mismo en la soleá y en las tonás que abrieron la cita con letras alusivas a los atentados del 11-M en Madrid.

Triste y Azul


Jota y folk para el tercer milenio


Francisco Sánchez Múgica – Diario de Jerez
Si Carmen París sorprendió hace alrededor de un lustro con su minucioso estudio de la jota aragonesa y su consecuente integración coherente dentro de las corrientes de la música étnica y el flamenco, tronco con el que esta música popular originaria de Aragón —aunque también presente en otras muchas regiones ibéricas— tiene indiscutibles lazos de conexión, la trayectoria de Miguel Ángel Berna ha corrido pareja, aunque en este caso enfocada al baile y la imbricación de la jota y sus variantes con la danza contemporánea. Al fin y al cabo, ambos han pretendido lo mismo: poner al folklore aragonés en el mapa de las músicas del mundo y renovarlo tras siglos de inmovilismo y tradición preñada de tópicos, tanto fuera como dentro —lo segundo es aún peor— de su territorio de influencia.

Ayer en La Compañía, el Festival de Jerez y sus equipos técnico instauraron un nuevo hito en la historia de la muestra. Si hace unos años hubo espacio reservado a la txala-parta vasca, la bossa nova brasilera, o el rock de la mano de personalidades tan eclécticas como Tomasito, Miguel Ángel Berna ha tenido la valentía —y quienes le han programado— de presentarse en un certamen eminentemente flamenco para ilustrar al público con su preclara visión de lo que debe ser la jota (sus estilos y su relación con otras músicas) del tercer milenio. Una propuesta híbrida que se movió a medio camino entre el concierto puramente instrumental y la representación coreográfica. Con un resultado redondo y sugerente en ambos apartados.

Porque Rasmia, vocablo maño que significa coraje o tesón para acometer una empresa, se fundamenta en una construcción musical impecable y en unos músicos de una calidad altísima, capaces de transportar al espectador a otros lugares remotos. Territorios donde habitan los sonidos celtas o la música sefardí. Pero un viaje que no se despega del terruño, del eco pastueño de un cántico ancestral, gracias a la voz de Lourdes Escusol, aguda y vibrante, como la gaita de Miguel Ángel Fraile. Pero si la música del espectáculo de la compañía de Berna es una de las grandes bazas del éxito de la propuesta del bailarín aragonés, la otra mitad depende exclusivamente de sus brazos y pies. Extremidades veloces, que dibujan formas imposibles, que se retuercen, que saltan, que se redibujan y se mueven por sí mismas, como despegadas del tronco del esbelto artista. Un lujazo, una delicia.

"No tiréis piedras, cobardes/que el tirar es cobardía / me pongo a cantar la jota / porque la guitarra es mía". Lo cantaba París y lo baila Berna. Tesón y coraje, rasmia, para cumplir un sueño: renovar y refrescar un tesoro que hasta hace poco estaba en peligro de extinción.

'RASMIA'
Baile: Miguel Ángel Berna. Cante: Lourdes Escusol. Guitarra: Guillermo Gimeno. Laúd y bandurria: Alberto Artigas. Gaita, flauta y acordeón: Miguel Ángel Fraile. Cajón: Josué Barres. Djembé y darbuka: José Luis Seguer. Dirección y coreografía: Miguel Ángel Berna. Producción: Centro Aragonés de Danza S.L.U. Técnico de sonido: Enrique Cruz Ra-món. Técnico de iluminación Mariano Cari nena. Lugar: Sala Compañía. Día: 27 de febrero. Aforo: Media entrada.



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