Hace años, no se cuantos, que Andrés Marín estrena obras y siempre conserva la misma línea de seriedad y profesionalidad, su figura de bailarín no cambia,-aunque este año me pareció verle un poco de barriguita-, tampoco cambia su indumentaria, siempre sobrio y discreto sin aparatosidad ni colores tropicales y por lógica su pulcritud en el baile y anoche no tenía porqué cambiar, sí un poco en la línea de su nuevo espectáculo, más contenido flamenco aunque él en su baile en ningún momento perdió la “calma” y se mantuvo en su línea sin aparatosidad ni estruendosos zapateados y desplantes “retadores”.
Este año, y en este Festival de Jerez, parece que todos se han puesto de acuerdo saliendo de la composición de obras rimbombantes, en estos años atrás nos tenían acostumbrados a basarse en obras literarias, inclusive en tragedias griegas y sobre esa línea argumental conformar el espectáculo poniéndole música seudaflamenca a veces difícil de entender –se agradece-, como decía parece que se han puesto de acuerdo y los espectáculos prácticamente no tienen argumento, como fue el baile flamenco de por siempre, en este año a todos les ha dado por buscar en las raíces o en los recuerdos de los Cafés Cantantes de la época dorada del flamenco.
El comienzo de la obra nos trae la voz de Pepe Marchena en of con pasajes de un video sobre los temas mencionados y sus opiniones tan estilo Marchena conocidas por todos, a lo largo de la obra fueron tres los cambios arguméntales y cada uno de ellos apoyados con diferentes videos, interesante puesta en escena, como interesante fue el acompañamiento, mínimo como también parece ser una constante en los buenos espectáculos que estamos viendo este año, los cantaores Segundo Falcón y José Valencia le dieron un toque de buen flamenco así como el toque de Salvador Gutiérrez, el piano de Pablo Suárez y la excelente y discreta percusión de Antonio Coronel el que nos sorprendió ayer con sonidos muy refrescantes, percusión con agua, muy logrado.
El artista comienza con su silencioso baile, en un decorado semioscuro aparentando en su baile figuras geométricas, nada flamencas, con el suave sonido de unos cascabeles en sus pies, ese silencio es roto por el lamento de las tonás lo que termina de crear el ambiente intimista en el que entramos, es el final de la etapa de gloria de la época dorada, llegando al cante por Solea de Segundo Falcón el que con su voz afillá la interpreta muy bien, el contrapunto de S.Falcón con esa voz característica del cantaor payo queda muy bien acoplada con la voz gitana de José Valencia, interesante propuesta.
Sabemos perfectamente bien la capacidad de estos dos cantaores en los cantes para bailar y lo volvieron a demostrar ayer, muy bien en todo lo que hicieron, Polo tobalo, verdiales y la malagueña de Manuel Torre cantada por los dos, el tono de los diferentes tipos de voz hizo posible el cante por parte a dúo, muy bonito. Muy bien acoplados el pianista y el guitarrista, especialmente cuando fundieron sus sones en la hermosa Taranta, número muy bien conseguido así como la seguiriya donde Marín las bailó subido en una tarima.
Como dije en un principio, la seriedad sin aparatosidad de este bailarín, a veces hace que tenga sus lapsus y hasta llega a aburrir, especialmente cuando entre corte y corte se desplaza andando por el escenario por supuesto siempre estirado al mismo paso y sin cambiar la postura, pero sus zapateados son limpios y eso compensa.
Una muy aceptable interpretación de todos los integrantes del espectáculo.
Manolo Chilla
Triste y Azul
JOSÉ MARÍA CASTAÑO – Diario La Voz
Su apuesta es minimalista y conceptual, que resuelve con movimientos esquemáticos no exentos de dificultad, pues se aleja de cualquier exorno gestual para ir al epicentro de su propio lenguaje.
La puesta en escena está extraordinariamente enriquecida por dos grandes cantaores: José Valencia y Segundo Falcón, que dotaron a la obra de un peso artístico muy notable. Una voz en off de Pepe Marchena inicia el discurso central de la obra sobre la conocida etapa de los cafés cantantes y la riqueza que supuso para este arte. El bailaor situa la escena justo en los días finales de estos recintos, muy cercanos al inicio de la guerra civil. Una proyección de vídeo destapa la realidad actual de aquello: cafés, como el Kursal, Chinitas o el Suizo, donde se desenvuelve el espectáculo, son hoy Zaras y Burgers Kings. El artista retrata ese pesimismo bailando al silencio, con posturas geométricas y cascabeles en los pies creando una ambientación intimista. Las tonás refuerzan lo introspectivo. Es el final de un etapa gloriosa. La primera parte finaliza con un Falcón inspirado en la soleá de corte trianero y tintes marchenistas que remata con la soleá de Silverio que nos ha llegado por Pepe Matrona.
Sigue el silencio. A veces, aliado a la oscuridad de la caja escénica, resulta demasiado denso. Plúmbeo. Surge la siguiriya y Andrés se sube a una plataforma para bailarla, al son de un pandero. Una larga transición al piano nos recuerda a Charlot y se va haciendo algo de luz. Málaga es más diáfana. Se oye el polo de Tobalo y la variedad verdial, aparece el torero como fijo de este tipo de garitos y los dos cantaores certifican su calidad con la malagueña de Manuel Torre, porfiada y compartida. Pero la puesta en escena recurre de nuevo a la sobriedad, se ralentiza demasiado, se necesita algún contrapunto, pero no llega y el baile se hace demasiado lineal. Llegan los días finales y la taranta de Cepero para fundirse con el piano y seguir con el compás líquido de Coronel. Los tangos son subyugados por la última toná. El café se cierra para siempre y allí estaba Marín para contarlo a su forma.
Andrés Marín reivindica su peculiar forma de baile
LUIS ROMÁN Diario Informacion
El café cantante era una especie de lugar casi mágico donde el arte flamenco renovó sus primeros compases para crear lo que ahora se ha consagrado como un estilo definido por las coordenadas que se marcaron en su locales. El bailaor Andrés Marín homenajeó a tres de estos entornos, el Café Kursal (En el infierno de una noche), el Café de Chinitas (Paraíso cerrado para muchos) y el Café Suizo (Jardín abierto para pocos).
Las propuestas estilísitcas de la noche giraban sobre patrones del recuerdo, no sólo de los estilos que entonces hallaron acomodo en los cantaores del tiempo, también, con la apoyatura audiovisual, las imágenes de un tiempo pretérito.
Andrés Marín es un bailaor tan distinto a los demás que merece ser considerado un creador de buena estirpe, al margen de los comentarios favorables o en contra que generen sus teorías y praxis del baile. Anoche volvió a prestigiar un arte que necesita de propuestas que renueven lo existente –sin que llegue, lógicamente, a suprimir el acervo de lo creado– y mantenga viva la llama del baile que se sufre y se goza... con la personalidad por delante.
un gran elenco de artistas
El bailaor sevillano se vio para su cometido muy bien apoyado en las voces de Segundo Falcón y José Valencia. Dos estilos diferentes, el primero apunta hacia aires que se orientan las voces laínas, mientras el segundo posee lo que en el argot se conoce como voz afillá. Y ambos recorrieron el arco melódico de los palos con mucha verosimilitud y entrega. No lo vamos a descubrir ahora, pero es menester decirlo una vez más: Segundo y José son dos cantaores serios, disciplinados y conocedores profundos de cuanto interpretan. Entre los muchos momentos vocales buenos, destaca la malagueña que cantaron al alimón, complementando sus voces de modo perfecto en la alternancia de los versos. La adaptación de la guitarra de Salvador Gutiérrez es algo que hay que admirar, así como la percusión de Antonio Coronel o el piano de Pablo Suárez.
El desarrollo del baile de Andrés Marín transcurre con la quietud de los grandes bailes, descollando un juego de sombras con el que siempre ha jugado el artista hispalense. Resulta muy gratificante observar el baile de la figura de carne y hueso y la de la sombra que, por mor de la proyección de los focos, agigantaba la figura del bailaor.
Es verdad que a veces sus números están faltos de cambio de ritmo, de chispa eléctrica, sobre todo para un tipo de público que a lo mejor metaboliza más rápidamente la expresividad suelta de unas alegrías, que el baile pastueño de una soleá, por ejemplo. No obstante, Andrés Marín llevó ayer al Teatro Villamarta una brizna de frescura y nadie podrá nunca reprocharle que carece de personalidad. Los artistas de ese calibre gustan o no, pero siempre tendrán su hueco y serán, de entrada, repetados... y seguramente, también admirados. Chapeau!
El espíritu del último café cantante.a línea más recta del baile
David Fernández Diario de Jerez
Dos excepcionales cantaores complementarios entre sí, Segundo Falcón y José Valencia, escoltaron anoche en el Villamarta a Andrés Marín por su viaje en el tiempo para regresar a los cafés cantantes Chinitas, de Málaga; Suizo, de Granada; y el Kursaal, de Sevilla. Un triángulo mágico para el flamenco, cuyo ocaso se inició en 1936, fecha en que se centra el espectáculo, El alba del último día.
Marín llevó su filosofía de baile a gala desde la puesta en escena minimalista, sencilla y con tan sólo seis artistas sobre las tablas iluminados por dos haces laterales que dejaban el centro diáfano para el bailaor sevillano. Como siempre, demostró ser la línea más recta del baile, un bañe geométrico hasta la extenuación y desnudo de fiorituras hasta la exasperación, si se quiere. Ni un gesto facial, ni un recorte con las manos y las muñecas libres —siempre tensas y guardando la línea—, ni un píe fuera del trazo dibujado antes, ni un verso suelto.
Si su estilística encaja como un guante en la anterior obra que presentó en Villamarta, Asimetrías, anoche decepcionó a quien confiara en que sus movimientos se amoldarían al bullicio del café cantante. Durante una hora y media, Andrés Marín fue fiel a su baile desnudo de cualquier ornamento. Los otros artistas sí se adaptaron mucho más al guión, aunque en realidad también todos y cada uno de sus gestos estaban milimétricamente estudiados.
Los cantaores hicieron un precioso recorrido por los cantes de la época, desde la malagueña de Manuel Torre —original y maravilloso el dúo de Valencia Falcón—pasando por el martinete y la enorme segui-riya del primero y así hasta la depurada y dulce soleá trianera del segundo, que también brilló en la tri-lla. Por separado y juntos, ambos regalaron unos cantes de impecable factura. Y no dejaron de innovar con gusto pese a rendir tributo al pasado, cambiando el orden ortodoxo de los palos, sin ir más lejos.
También el percusionista, a su genial y particular manera, se acordó, e hizo de la pandereta el cajón más novedoso del mundo a la vez que convirtió un barreño metálico en lo que le quiso para extraerle todo el soniquete. Y el guitarrista, y el pianista, que aportaron toda la nostalgia sonando frescos y sugerentes. Marín, en cambio, compareció como en él es habitual, ataviado de negro, la camisa por fuera y las mangas remangadas. Ni un gesto de más, ni siquiera al saludar. Como si bailara en absoluta soledad. Como si las sombras que proyectó sobre su figura fuesen los únicos testigos.
Eso sí, al tiempo que demostró ser un enamorado del cante, clavó cada remate, bañó incluso a los dados, con cascabeles en la trilla y hasta se subió a un andamio para interpretar las seguiriyas en una losa, sobrio y pletórico en la técnica. Intachable.
Del Kursaal pasó al Chinitas y de éste al Suizo, pero nunca buscó el aplauso fácil. Tiene las ideas claras y su trabajo es excelente, preciso y brillante por momentos. No obstante y pese a estar sobrado de conocimientos, pese a su tremendo zapateado y pese a cuidar hasta el último detalle, Marín no supo ofrecer un discurso nuevo a medida que avanzó el reloj. Fue como sí una idea fija le llevara una y otra vez al mismo lugar sin importarle el resto.
Y a veces también dio la impresión de que rehuyera de la comunicación con el público de la misma manera que la línea curva no entra en su estilística. A ratos, en suma, aunque no siempre bailó igual, lo pareció.
El molde de Marín, esto es, el baile en los tuétanos, podría jugar en su contra si no cambia el registro. Por mucho que se balanceó como una campana o se expresó por tangos, él anoche jamás varió sus esquemas. Fue El alba del primer día un homenaje sin concesiones, con variado repertorio en los cantes, pero sobre una idea inmovilista del baile y aquí está la paradoja, porque es Marín vanguardista por naturaleza.
Acotaciones al programa
Las nuevas tendencias desde la tradición
Manuel Ríos Ruiz
SE trata de un espectáculo de cincuenta y cinco minutos de duración y se titula “Cuando uno quiere y el otro no”. Lo presenta hoy el Festival de Jerez en la Sala Compañía. Y es una muestra de las últimas tendencias escénicas del arte flamenco, desarrollada desde el prisma del baile y la danza. Se anuncia razonablemente, porque a estas alturas de la trayectoria del evento, su organización no puede renunciar, sino todo lo contrario, a dar entrada en su programación a cuanto suponga originalidad creativa en relación con el género, perspectiva que se contempla desde su promulgación como festival abierto tanto a la tradición como a la evolución.
La música de “Cuando uno quiere y otro no” la aportan el cantaor Juan José Amador y Mouse Dj. La dirección corre a cargo de sus propios intérpretes, la pareja de baile que forman Marco Vargas y Chloé Brùlé´Dauphin. Se han unido para llevar a cabo aventuras artísticas singulares, partiendo de unos postulados flamencos tradicionales, pero injertándoles escorzos, movimientos, braceos, quiebros y mecimientos danzísticos de otras escuelas, mezcolanza que ellos califican de fusión y desintegración.
Chloé Brule-Dauphin se licenció en danza clásica por Les Grands Ballets Canadiens, para seguidamente formar parte de los elencos de Javier Latorre. Israel Galván y María Angeles Gabaldón, con los que recorre diversos e importantes festivales, adquiriendo un amplio dominio del baile flamenco, que le lleva a se figura del tablao El Flamenco de Tokio. Su formación y trayectoria son por lo tanto de indudable calidad. Por su parte, Marco Vargas se ha formado como bailarín y bailaor, por lo que lo mismo interpreta danza clásica o danza contemporánea que unas cantiñas. Sus comienzos profesionales también tuvieron lugar en las más significativas compañías de baile flamenco, entre ellas las de Mario Maya, La Cuadra y la Andaluza de Danza, y ha demostrado su arte en escenarios nacionales e internacionales.
Dos artistas viviendo una etapa de gran trascendencia en sus respectivas carreras, que en “Cuando uno quiere y el otro no”, desean aportar peculiaridades al género, con la base argumental que definen así. “Amor y odio en silencio. El día a día de dos que a veces quieren ser uno y otras… Encuentro y desencuentro. Fusión y desintegración. Dos que viven la pasión del amor y la hiel del desamor”.
Marco Vargas y Chloé Brüle
Cuando uno quiere y el otro no
Corrientes circulares en el tiempo
Francisco Sánchez Múgica – Diario de Jerez
Un minuto puede durar una eternidad. El compás, el jaleo, hace las veces de pulsaciones, de latidos del corazón, de tic-tac de un tiempo inagotable pero modulable, que se altera y que sufre interferencias constantemente. Se escuchan gemidos bajo el manto de la total oscuridad. Blanco y negro, claroscuros, tenebrismo, fogonazos, distintos estados de ánimo. Cuando uno quiere y el otro no se construye desde la dialéctica, confrontación y convergencia, de dos bailarines sublimes y absorbentes, elásticos, que serpentean por el suelo, que juegan con la forma hasta hacerla infinita, que permanecen en perfecta comunión entre ellos mismos y el público expectante.
Marco Vargas y Chloé Brûle son los protagonistas de la que probablemente sea hasta el final del XII Festival de Jerez la propuesta más hipnótica, edificante y seductora de cuanto se ha programado en esta edición de la muestra. Ayer en La Compañía ambos artistas danzaron al amor y al desamor, pero también al tiempo, irrefrenable y agotador, y a la incomunicación, espita que salta en la olla a presión que es la vida rutinaria. Los bailarines, como hizo Bergman en Secretos de un matrimonio desde el prisma del lenguaje cinematográfico, se encargan de diseccionar el día a día de las relaciones de pareja desde un punto de vista íntimo y minucioso, abriendo al público su rico universo sentimental. La cotidianeidad de dos enamorados que deviene en una vasta galería de pulsiones, estímulos y sentimientos incontrolables: pasión, ternura, ilusión, escepticismo, inseguridad, desamparo...
Construido en tres grandes bloques, Lo que me alimenta me mata, La casas sienten y La diferencia, el espectáculo tiene al cantaor sevillano Juan José Amador como artista invitado, en la que es quizás una de sus interpretaciones más sorprendentes. Y eso, teniendo en cuenta que ha trabajado con artistas tan transgresores como Israel Galván y personales como Javier Barón. Sin acompañamiento musical alguno, Amador canta a capella y canta a sus propios silencios. Canta sobre la mesa, desde un balcón de La Compañía, ejerce de voz interior de la pareja, sin rozarles, como conciencia íntima que actúa de centro de gravedad de los bailarines.
Es solvente en los tientos, donde se mezcla el enamoramiento y lo sensitivo. Expresión máxima en la soleá, mientras el bailarín sostiene en brazos a su pareja. Los rostros fundidos y el dúo como si fuese un todo orgánico. Surge Sabicas y su soleá, y suena Ne me quitte pas. Sensación de abandono. Discusión, golpes en la mesa. Llega el desgaste, la erosión en las relaciones por la condenada rutina, por querer amar y acabar saltando con la retransmisión de un partido de fútbol. Eso también se retrata en escena con absoluta imaginación y perfecto juego de luz y sonido, dos elementos imprescindibles y cuidados celosamente durante la hora que dura el montaje.
Con una nariz de clown, con una linterna en total intimidad, alrededor de la mesa, reconciliándose y con la vuelta a la guerra fría, Vargas y Brûle atrapan, no dejan que nadie mire la hora y pierda el hilo discursivo de su rompedora invitación a la danza. Con giros radicales y poses imposibles. Con un planteamiento coreográfico sorprendente y una calidad en su ejecución, en su sincronía y en su milimetrada puesta en práctica, sencillamente perfecta.
Desde la sobriedad de una puesta en escena austera pero inteligente. Jugando con los mínimos recursos pero con sobrado talento para provocar y zarandear al espectador para hacerle reflexionar, identificarse con lo que ve sobre las tablas. Una intención, obviamente, digna de alabanza y agradecimiento. Y Marco corre, acelera el paso como si no hubiese mañana. Y Chloé, desde su individualidad, le da la réplica reivindicando su autonomía.
El break-beat y la samba brasilera, como si fueran alegrías de Cádiz, dan un último golpe de timón al montaje. Pero el cierre por toná suena severo y agridulce, y la pareja vuelve a fundirse en la oscuridad. La obra concluye: ellos dos, exhaustos, quieren, pero nosotros no. Que el espectáculo no acabe nunca, que se detenga el tiempo y la pareja siga danzando, removiéndonos con la miel en los labios el placer de hacernos sentir mediante la sugestión en lugar de con el alarido de lo explícito, de lo mediocre y lo vulgar. Eso que actualmente campa a sus anchas, con la pobre excusa de la comercialidad, y que tantos se atreven a considerar como arte.
CAPULLO SE PONE SERIO
Francisco Sánchez Múgica – Diario de Jerez
Sin necesidad de recurrir a los tópicos y lugares comunes que bañan cualquier referencia que se haga a Miguel Flores Quirós Capullo de Jerez, tales como que es un fenómeno de masas, heredero de Camarón en su forma de transmitir y de hacer que el flamenco penetre en el público más joven..., el cantaor jerezano ha sabido construir en torno a su forma de entender, aprehender e interpretar lo jondo una personalidad propia e intransferible. Un sello inconfundible reconocible al instante, a la primera escucha. Probablemente, la cima máxima, el culmen de una trayectoria, a la que ansia llegar cualquier artista: no parecerse a nada ni nadie, sólo a sí mismo. Pero el problema llega cuando ese mismo artista, en un momento dado, se traiciona o quiere mostrarse cara a la galería como no es.
En la madrugada de ayer, en Los Apóstoles de González Byass, Capullo abrevió su participación en el XII Festival de Jerez y apostó por el tono grave, el gesto serio, el camino que va 'por derecho', una faceta casi irreconocible en sus recitales. Un directo breve —de apenas tres cuartos de hora— pero intenso, en el que quedó demostrado, por una parte, que sus seguidores son legión aquí y allende nuestras fronteras; y por otra, que la Fiesta de la Bulería, esa cita jerezana a la que asiste como uno de los fijos en su cartel de cada año, no le hace bien, pues ha ayudado sobremanera a construir ese personaje mítico, histriónico, que nunca parece tomarse en serio. En la Bulería suele saltar a la arena el último —esto es, a eso de las cinco de la mañana—, con el público disperso, en otros 'quehaceres1, con su voz fría y con el único propósito de terminar de animar la fiesta. Desgraciadamente, allí poco o nada se escucha del cantaor de La Asunción. Muy lejos del Capullo de Jerez que interpreta los martinetes del presidio, y remezcla en sus bule- rías letras y tiempos de seguiriyas, el Dicen de mí que cantara Camarón y compusiese el Tate, una granaína de Chacón, la versión del himno de Andalucía que hizo para el cede Flamenco para Andalucía, España y la Humanidad...
En definitiva, un Miguel Flores menos subordinado a los estrictos parámetros del desfase y la fiesta, y más dado a la espontaneidad y a rebuscarse por otros derroteros que, por poco vistos, a estas alturas distorsionan. El caso es que la otra noche estuvo poco comunicativo, le faltó la chispa de otras noches históricas, aunque caminó con la misma aceleración de siempre. Velocidad de crucero al servicio del compás, de su soniquete voraz, que obliga al público a mover las piernas de forma compulsiva, o a tamborilear en la mesa del café cantante insistentemente. Su sentido del ritmo y la peculiar hondura que imprime a sus cantes consiguieron poner bocabajo la coqueta bodega. Tocó la soleá por bulerías, la tona y ejecutó cinco fandangazos donde hubo de todo, de Camarón a El Gloria, pasando por Juan el Camas y, cómo no, un buen puñado de letras propias que hablan, por ejemplo, de la "transmisión de pensamiento". Para cerrar la velada, Capullo invitó a un surtido variado de algunos tercios de sus tangos más populares, El canastero, ¿Por qué sufrimos tanto?, La culpa (de su último disco Flor y canela), y otra ración de bulerías con denominación de origen. Y acabó proclamando aprender a querernos más y a luchar por la libertad. Va murmurando la gente, el cante de Capullo es diferente. Qué así sea.
CAPULLO DE JEREZ
Cante; Capullo de Jerez. Guitarra: Manuel Jero. Palmas: Luis y Ali de la Tota, Jesús Flores. Lugar Los Apóstoles. Aforo: Lleno.