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Tras padecer otra enfermedad, vuelve a los tablaos, actuando en los sevillanos El Arenal, 1976, y la Trocha, 1976 y 1977. La Cátedra de Flamencología y Estudios Folklóricos Andaluces de Jerez de la Frontera, le otorga, en 1976, el máximo galardón en su género, el Premio Nacional de Cante, retornando a los festivales andaluces como una de sus figuras más relevantes, ofreciendo igualmente recitales en peñas flamencas. Entre sus actuaciones más significativas de los últimos años, después de una breve temporada en el Tablao La Venta del Gato de Madrid, en 1984, destaca su presencia, este mismo año, en la III Bienal de Arte Flamenco Ciudad de Sevilla. Intérprete de un largo repertorio ha realizado una amplia discografía. Fernando Quiñones, ha escrito de él la semblanza artística siguiente: «Un artista de excepción, Manolo Caracol, ha influido en grande, incluso en peligrosa medida sobre el estilo de Beni... Estimamos que tan noble pero marcado ascendiente recorta de momento las enormes posibilidades artísticas de Beni y es una espada de doble filo: uno de ellos positivo, prolonga, como en tantos otros antecedentes ilustres de la historia del cante, el arte de un maestro, y denota, al tiempo, la calidad del discípulo; pero de otro filo, ya más alarmante, amenaza un poco la personalidad propia de éste, que también debería velar más celosamente por la pureza de su repertorio.» José Luis Ortiz Nuevo ha analizado, en el siguiente comentario, la actitud artística de El Beni de Cádiz: «Y lo cierto es que Benito demostró con largueza sus cualidades para ser en la escena, que no sólo hay que cantar y cantar bien, es preciso además consagrar al respetable, mantenerle al sonío del cante y agarrarlo con fuerza para que nadie se escape. En esta tarea, que muy pocos artistas practican, el hermano de Amós es un maestro de maestros: porque sabe estar, sabe moverse, engatusar amablemente al público, distraerlo con sus felices ocurrencias, dominarlo en suma para conseguir las atenciones y el silencio, y permitirse el lujo de cantar sin micro con esa voz afillá que tanto sabe a quiebro, a misterioso rajo, a dolorosa súplica. Que un escenario no es un cuarto. Que un teatro requiere de otras allanaras para la presentación del cante, y esto por desgracia no lo saben, o no quieren saberlo, quienes se empeñan estérilmente en adoptar posturas propias de la intimidad de aquellas fiestas que fueron en el tiempo». Gozó de una gran popularidad.
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