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Artistas Flamencos

 

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Terremoto

Terremoto cantando.
Terremoto cantando.

Terremoto bailando, atras El Borrico y Romerito.
Terremoto bailando, atras El Borrico y Romerito.

TERREMOTO.-Nombre artístico de Fernando Fernández Monje. Jerez de la Frontera (Cádiz),1936-1981. Cantaor. Sobrino de Tía Juana la del Pipa, Tío Parrilla y El Borrico, y hermano dc Curro Terremoto -de quien le procede el nombre artístico- y de María Soleá. Sus comienzos artísticos fueron como bailaor, en el espectáculo Retablos juveniles, que tuvo lugar en varias ocasiones en el Teatro Villamarta de Jerez, y en otras localidades de la provincia, hacia finales de los años cuarenta. Seguidamente actuó en el tablao sevillano El Guajiro, junto a Carmen Carreras, La Camboria, Carmen Lora, Matilde Coral, Manuela Vargas, El Poeta, Romerito y El Toro en un cuadro de jóvenes promesas.

A partir de los años cincuenta empieza a ejercer de cantaor en ventas y colmaos y graba en 1958 su primer disco, que le reportó una gran popularidad, alternando sus estancias en su tierra natal, con temporadas en tablaos de Sevilla y Barcelona. Perteneció también a los conjuntos de los tablaos madrileños de Los Canasteros y El Duende. En el Concurso Internacional de Arte Flamenco, celebrado en Jerez, en 1962, obtuvo el premio Isabelita de Jerez. Volvió a Madrid a finales de los sesenta como primer cantaor del Tablao Las Brujas. Realizó diversas grabaciones, y de nuevo en Jerez, se convirtió en una de las figuras estelares de los festivales andaluces, desde que, en 1965, le fuera concedido el Premio Nacional de Cante de la Cátedra de Flamencología y Estudios Folklóricos Andaluces, entidad que también le distinguió con la Copa Jerez, en 1968, y con el premio El Gloria, en 1972.

El 4 de septiembre de 1981, cantó por última vez en Jerez, en el espectáculo Jueves flamencos, dirigido por su cuñado, el guitarrista Manuel Morao, que generalmente le acompañaba con su guitarra de forma ideal, por la gran compenetración que existía entre cante y toque. Al día siguiente lo hizo en el festival de Ronda, enfermando a su regreso a Jerez, donde falleció a las diez horas del día 6, a consecuencia de una hemorragia cerebral. Su entierro constituyó una gran manifestación popular. Dos días después la Cátedra de Flamencología celebró su XV Fiesta de la Bulería, cuyo cartel anunciador, ya confeccionado con bastante antelación, encabezaba, convirtiéndose el festival en un homenaje a su memoria, que fue abierto con unas palabras exaltativas de Juan de la Plata, a las que siguieron poemas de Manuel Ríos Ruiz, Antonio Gallardo y José González Moreno, guardándose a continuación un minuto de silencio, antes de comenzar el espectáculo.

Dos meses mas tarde, la Cátedra de Flamencología le dedicó otro acto, en el que intervinieron poetas, escritores, flamencólogos, críticos y aficionados. Estas intervenciones, junto a otros textos, han sido recogidas en el libro Memoria de Terremoto, editado por la misma institución, y el ayuntamiento jerezano rotuló una calle jerezana con su nombre, Las características de su cante y de su personalidad humana y artística, quedan reflejadas en la siguiente selección de comentarios: Antonio Benítez Manosalbas: «En Terremoto todo era flamenquísimo, su cante, su baile, su forma de estar sobre las tablas; rebosaba arte por todos sus poros. Por eso, en una ocasión, creo que en Montalbán de Córdoba, empezó a cantar de una forma tan genial, tan desacostumbrada en estos tiempos, que volvió loco al público y a sus mismos compañeros artistas, que subieron al escenario y se abrazaron a él emocionados, mientras el público, mujeres, le arrojaban flores, como a un verdadero triunfador. Fue realmente inenarrable, inolvidable aquella noche de Fernando. Como tantas otras, en que ponía en pie a los públicos que lo aclamaban y lo aplaudían entusiasmados».

José Marín Carmona: «Un aspecto que siempre me gustó resaltar de Fernando, es el hecho de que, cuando este cantaba y, aun cuando el cartel fuese amplísimo como el de la anual Fiesta de la Parpuja, en Chiclana, el silencio, ese algo en ocasiones imposible, se imponía entre sus propios compañeros de cartel y daba gusto ver como un Fosforito, un Lebrijano, un Villar, un Turronero, una Fernanda o una Bernarda, por citar sólo algunos nombres, se acercaban a los laterales del escenario para escucharle con religiosidad y ser los primeros en aplaudirle cuando la voz gitana de Fernando, como de navaja, de tribu en destierro, se adentraba en los corazones al cantar por siguiriya, soleá, bulerías, fandangos, tientos... La admiración de sus propios compañeros, el reconocimiento para el arte cantaor del gitano de Jerez por quienes antes o después habrían dc subir al escenario a darlas todas, fue algo que siempre me maravilló». Antonio Núñez Romero.. « Fernando poseía un duende exquisito, que tenía jondura y pureza, adobado con estremecedoras melismas y compás. Poseía, además, una gran facultad, un soberbio quejio y una voz rota y redonda, como nadie». Ángel Álvarez Caballero «Fernando Terremoto, gitano de pura cepa, es un cantaor fuera de serie, es un fenómeno. Lástima que un temperamento imprevisible le lleve con frecuencia a soluciones heterodoxas si no sencillamente inoperantes. Pero cuando canta de verdad, como él sabe hacerlo, el cante de Jerez encuentra quizá su más genial intérprete, con duende y con ángel, con una voz rota pero llena de musicalidad, con ecos de un rajo ancestral que estremecen». José Manuel Caballero Bonald; «Se ha dicho que Fernando Terremoto se desentendía a menudo de lo que ha venido considerándose como clásicos esquemas musicales del flamenco. Es muy posible y hacía bien. Terremoto era un heterodoxo, como lo fueron a su manera los grandes creadores históricos del cante. A él no le importaba en absoluto la norma codificada, era todo lo contrario de un purista, era el afortunado improvisador de una cartesiana anarquía. Su orden tenía mucho de caos en reposo. Cantaba con la magnífica libertad de quien sabe que nunca podrá corromper una congénita integridad cultural. Sus siguiriyas, sus soleares, permanecerán como otros tantos paradigmas de identificación con el primario y soberano embrión artístico del flamenco». Agustín Gómez: «Lo suyo era la comunicación pura, la sensibilidad extrema, la identificación total con su naturaleza andaluza, flamenca y jerezana. Imposible que de él saliera un gato. Se dice de otros cantaores que es imposible que cante mal porque no aprendieron a cantar mal.

De la misma manera, de Terremoto no se puede decir jamás que no fuera verdadero, que no fuera auténtico, por la sencilla razón de que estaba incontaminado, por la sencilla razón de que se mantenía en estado de pureza, de inocencia flamenca sin influencias perniciosas para su arte. El sólo había vivido flamencamente, ¿Aprendió a cantar Terremoto en alguna etapa de su vida? Él no necesitó aprender; él era el cante, su cante». José Blas Vega: «Heredero de los sonidos negros y de las posturas vitales de Manuel Torre, es Terremoto de Jerez quien cierra la historia de la siguiriya jerezana, Hoy por hoy él era un compendio del cante de Jerez, una representación viva, llena de expresión y comunicación, porque a su heterodoxia musical y literaria le basta con la voz, con su cante, Voz enjundiosa, rota, reclonda, afillá, cantaora como pocas, con sonoridad propia. Él es la voz. Su cante es clásico y rebelde, con acento personal, creado día a día>>. Manuel Ríos Ruiz: << Terremoto, su cante era - ¿es? - una ráfaga alucinadamente sonora, real y surrealista a la vez. Su voz, con solo surgir, alzarce y proferir sonidos jondos, abismales, enigmáticos, nos valía de por sí misma, porque en ella se daba lo que podríamos llamar la orza del cante, esa órbita de la que brota lo airoso desde lo más profundo, una expresión tan densa y escalofriante en sus quiebros y rompimientos que eleva como un levante los adentros. Escuchando a Terremoto nos apercibíamos de que estaba cantando por todos, por los vivos y por los muertos. Por eso su importancia artística está fuera de cacho y de techo, porque llevaba el son, el júbilo y el dolor de su raza dentro de la carne, y era ejemplo máximo de esa tendencia a lo espiritual que caracteriza lo verdaderamente jondo, pues aunque dejara de pronunciar un verso entero de la copla, no importaba lo más mínimo, su sentido quedaba adivinado, intuido, explícito en el quejío, en el deje, en la "caía" melódica, intrínseco en lo embrionario, ya que así no solamente suplía a la palabra, sino que rebasaba su significado en grandeza expresiva a fuerza de pureza y atavismo. Terremoto nació para el cante y puede decirse que murió cantando. Fue un gitano "peazopan" y un artista irrepetible que alcanzó momentos sublimes, actuaciones inenarrables».


El Niño de la Albarizuela
Datos extraidos del Diccionario Flamenco
de Jose Blas Vega y Manuel Rios Ruiz
Cinterco - 1985.

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