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Tomás
Pavón
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TOMÁS
PAVÓN CRUZ. Sevilla, 18931952. Cantaor. Hermano de La Niña
de los Peines y Arturo Pavón. Su trayectoria artística
estuvo limitada a las reuniones de cabales y a la discografía
que realizó, toda ella de suma importancia, en la que dejó
un legado magistral y reflejada. su original personalidad artística.
De carácter retrotraído y aficionado a las manualidades,
le gustaba la relojería y la practicaba como entretenimiento,
escogía detenidamente sus actuaciones privadas. Su muerte,
a los cincuenta y nueve años, fue a causa de un cáncer
de pulmón que padeció durante años, y que influyó
en su disposición para ejercer su arte.
A este respecto, dejó escrito Augusto Butler: «Fue proverbial
la sempiterna tristeza de Tomás. Se salía por los ojos.
Recuerdo su sonrisa, forzada casi siempre, que más que sonrisa
parecía una mueca dolorosa». Su repertorio fue muy amplio y
sus cantes y sus características personales han sido glosadas
ampliamente por los estudiosos los cuales le consideran casi unánimemente
uno de los más grandes artífices del cante flamenco
de este siglo: Fernando el de Triana: «En los cantes de Enrique El
Mellizo hace verdaderas filigranas, y en los cantes de Jerez, por
seguiriyas raya a gran altura, porque además de ser un gran
copista los canta con admirables facultades. Es una verdadera lástima
que este notable cantador no se exhiba en público, donde aseguro
que tendría más porvenir económico y su fama
se elevaría al sitio a que a tan buen cantador corresponde».
Ricardo Molina: «Tomás vivió ignorado, con su fabuloso
tesoro de siguiriyas, soleares, martinetes y sólo reducidas
minorías le reconocieron en vida su grandeza y superioridad.
Tomás Pavón mantuvo con estilo personal inconfundible
las más puras tradiciones flamencas. Hoy sus grabaciones constituyen
la mejor escuela de cante para el buen aficionado. De hecho son numerosos
los cantaores que, sin saberlo, hacen los cantes de Tomás especialmente
soleares y martinetes, pero mal aprendidos y peor asimilados. Perteneció
Tomás Pavón al grupo de los raros, al que pertenecieron
antes que él los maestros Loco Mateo, Tomás El Nitri
y Manuel Torre; raros en el sentido social porque conscientes de su
real grandeza artística pasaron por la vida con gallardía
olímpica y alma sdegnosa. La época comprendida
entre 1930 y 1950 podría ser calificada muy bien como época
de Tomás Pavón, porque fue él -muerto Manuel
Torre- el más egregio cantaor de ese período. Tomás
Pavón llenó en parte el gran vacío que había
producido en el cante la desaparición de Manuel Torre... Aunque
lo más popularizado y conocido son las versiones que nos dejó
Tomás de las soleares de La Serneta Enrique El Mellizo y Alcalá,
estimamos que su máxima aportación la constituyen los
cantes viejos de Triana que él salvó del olvido: las
siguiriyas abruptas y profundas del señor Manuel Cagancho,
los viejos martinetes, la toná grande y la debla.
La escuela sevillana revivió con esplendor inusitado y casi
secreto en el arte supremo del gran cantaor sevillano del siglo. Sin
pena ni gloria vivió y murió el gran Tomás porque
le tocó vivir una época adversa.... y a la medida que
el tiempo pasa su figura agigántase y sus cantes empiezan a
estimarse por muchos aficionados del mundo entero como la más
pura, honda y radical expresión del auténtico flamenco».
Antonio Rodríguez de León: «Tomás Pavón
no sólo aportaba razones, sino ejemplos. Era el maestro que,
a la par que teorizaba, actuaba. Contaba y.... cantaba. Y si cuando
vertía discursos, conmovía; cuando vertía cante,
convencía... Tomás Pavón era: todo un catedrático
en materia tan ardua y difusa. Tan seguro estaba de sus conocimientos,
que soñó una vez con instalar una academia de cante
jondo. ¿Cómo, le pregunté, si estamos convencidos de
que el cante jondo no se enseña ni se aprende? Pero se perfecciona,
me advirtió. Ciertamente. Como se perfecciona la pintura, como
se perfecciona la poesía. Y, sobre todo, lo que Tomás
Pavón quería era, con absoluta sencillez y dominio,
señalar y establecer diferencias, corregir a los equivocados,
enderezar a los perdidos, velar, en suma, por la pureza de arte que,
como digo no admite simulaciones, copias y parentescos estrafalarios.
0 es o no es...
Yo tengo la evidencia de que Tomás Pavón era un vestigio
-pulido por el tiempo- de la raza india. Cuando se lo decía,
enarbolaba, con sonrisa complaciente un: Pué sé, que
partía los corazones. Todos los signos exteriores y característicos
de los hijos del Indostán se concretaban en su escultura. Las
líneas, los colores, los movimientos. Y, en lo hondo, en lo
jondo, su filosofía. Y, desde luego, ya embriagado de nuestro
sol y de nuestro misticismo castizo, su cante jondo. Por algo lo instituyó
heredero Manuel Torre, ¿Tuvisteis la fortuna de oír a Tomás
Pavón? Si lo oísteis alguna vez, podéis afirmar
que habéis descorrido el secreto de un mundo inédito.
De un mundo en el que no es posible permanecer, por los minutos de
una copla, si no es la garganta de uno de estos hombres privilegiados,
artífices sutiles de un arte sin parangón posible. Porque,
por ejemplo, una siguiriya, cuando la decía Tomás Pavón,
era una especie de salvoconducto para que interrumpiéramos,
de pronto, en lo intrincado de una raza inquieta e inquietante que
lo expresa todo, todo lo suyo, dramático, intransferible y
lejano, por los duendes de su garganta... Todo eso y mucho más
había en una auténtica siguiriya gitana cuando la florecía
Tomás Pavón... Parecía como si la vida toda quisiera
cantar, por temor a Dios, la angustia metafísica del amor y
de la muerte sin esperanza». José María Porras: «Cuando
Tomás Pavón ponía cátedra en la intimidad
de sus afectos, un mundo nuevo -subyugador y fulgurante- se
habría ante nosotros. Su voz, su media voz, parecía
salir de lo profundo -de lo jondo- de la tierra caliente de
fiebre, de superstición y de locura. ¿Qué cante
es el cante jondo que tal impresión produce en los que
tienen la suerte de presenciarlo?... Es el cante jondo la
contraseña de una raza taciturna y errante, por la cual contraseña
se comunica y comunica los misterios de su alma, y de
la cual raza Tomás Pavón, que murió en
Sevilla en olor de cante jondo, era uno de sus últimos
y máximos pontífices».
Finalmente transcribimos una serie de párrafos del más
profundo estudioso del cante de Tomás Pavón, Anselmo
González Climent: «Esa justipreciación tan corriente
que sustenta la fama de un artista según la magnitud de
su interés polémico, carece de sentido en
el caso de Tomás Pavón. A Tomás nadie lo ha discutido.
Crítica, colegas y aficionados le han sido unánimes...
Dos circunstancias demasiado simples pretenderían explicar
la serenidad de su tránsito artístico: el haber sido
hermano de la rutilante Niña de los Peines y el hecho de apartarse
del azaroso mundo flamenco. Pues bien; al subir a la fama coincidentemente
con Pastora (recuérdese que sus discos eran anunciados literalmente:
Por Tomás el hermano de La Niña de los Peines), y el
autolimitarse por carácter, y hasta por propia concepción
íntima diría yo, a cultivar el cante entre cabales,
a puertas cerradas, acaso fueron elementos perjudiciales que le acompañaron
durante toda su carrera de libre jipiador. A pesar de todo, estimo
que luchando contra tales desventajas -póngase cualquiera en
su lugar- pudo al cabo Tomás imponer el rastro de su personalidad
a lo largo del siglo. En última instancia, Pastora y Tomás
no configuraron simples variantes sobre un mismo y fraternal estilo
flamenco. Las diferencias, son apreciables. Además, y en el
otro sentido ya apuntado, la actuación minoritaria de Tomás
pudo haberle supuesto un total anonimato frente a las dos o tres generaciones
de flamencos que llegaron a escoltar su vida. Y ello no ha sido así.
Hoy, entre los aficionados de reciente hornada, sigue siendo vivo
y ejemplarizante su recuerdo. La nota de pureza que tan esencialmente
lo embarga, bastaría para justificar su gravitación
en la historia flamenca. Con Aurelio de Cádiz y otros pocos
más, Pavón es uno de los cantaores menos influenciados
por escuela, generación o maestro alguno.
Nada ilustrativo resulta agotar su secreto con una vaga filiación
de la escuela de Triana, ni con una desmesurada suposición
sobre hermanadas interinfluencias con Pastora. Tan inoficioso sería
enjaularlo en una dinastía familiar como en la emboscada de
una escuela. Hay quienes ciñen sus siguiriyas por Triana, sus
soleares por Cádiz, sus cantes chicos por Jerez... Lo cierto
e importante es que todo el manantial de raíces y genealogías
que se le atribuyen le han penetrado como una herencia tácita,
climática. Por ello, no puede extrañar que en su época
haya personificado el sentido (y el sentimiento) de lo que en flamenco
todavía podemos entender por tradición viva... Es historia
serenando historia. No se trata de un vano enciclopédico, sí
de un aficionado a quien le es propio y natural liarse con las influencias
más primitivas y palpitantes del cante... Flamenco es para
él una prolongación expresiva de su ser, en ningún
caso una jugada esteticista... Es inimaginable un Tomás directamente
ofrecido al escenario flamenco. Hubiese traicionado su sino unívoco,
soledoso... Lo verdadero es que, sin impaciencias, renunciando a explorar
nuevas zonas estilísticas, profundizó lo dado, creciendo
sobre sí mismo».
El Niño de la Albarizuela
Datos extraidos del Diccionario Flamenco
de Jose Blas Vega y Manuel Rios Ruiz
Cinterco - 1985.
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