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NUEVE AÑOS SIN EL QUEJÍO
DE CAMARÓN DE LA ISLA.

Por Fdo. José María Castaño
Articulo publicado en
ABC /Jerez el día 03/07/2001.

 

Día 2 de julio de 1992. Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona. La voz de la Isla se debatía entre un hilo de vida y un mantel de muerte. Sus ojos brillaban buscando los esteros sonoros de su bahía gaditana. José Monge Cruz se agarró, preso de una gran agitación, hasta arañarlo, al brazo de su Tío Ramón. Sus últimas palabras fueron una desesperada llamada a Juana, su madre: «Omaíta, ¿qué es lo que tengo?». Es el mismo vocativo empleado por el flamenco en sus siguiriyas nombrando a la madre entre suspiros. Así se apagó el eco de José. Así nació el mito «Camarón». Una leyenda que nunca tuvo mejor refrendo en la realidad. Una historia que aún sigue dando capítulos a la historia de esta lágrima duradera que es el cante flamenco. Muchas son las claves que hay que desmenuzar para comprender el fenómeno Camarón. En las que entran, incluso, dar un paseo por las estribaciones de la calle Carmen y oler el aroma de sus salinas. Sentarse en la Venta Vargas y percibir ese eco dulce de su primera etapa que aún revolotea orgulloso en alguno de sus cuartos de reunión. Saber que estamos ante un cantaor de la sangre que coagulaba en forma de alcayatas de la fragua paterna.

Uno de los puntos de inflexión más notables en su carrera fue sin duda su mágico encuentro con Paco de Lucía en los billares de Madrid. Ambos eran de la misma provincia y sagitarios destinados a un encuentro cósmico e irrepetible. Juntos evolucionaron el flamenco con la inmensa y definitiva virtud de hacer algo nuevo sonando a viejo desde la raíz al tuétano.

Retando a la ortodoxia mairenista y sus corsés estereotipados. Desde el conocimiento de la raíz que demostrarían sin paliativos en una colección de LPs desde 1969 a 1977. Justo un año antes de hacer una leyenda sobre el tiempo y dibujar un palacio donde cien príncipes soñaron con la gloria y se despertaron llorando...

Sin bagaje a la duda, la obra de Camarón es la llave que cierra y abre el flamenco del último cuarto de siglo XX y el comienzo del XXI al dotarlo de un acento especialísimo, una afinación sin precedentes y una forma de quejarse que aún duele.

Sin entrar en la polémica concesión política de la Carta Llave de Oro del Cante, lo cierto es que mucho de la apertura nacional e internacional de nuestro arte a él se debe pongámonos boca arriba o bocabajo.

Ya son nueve años sin él y todavía sigue cantando. La obra de los grandes es inmortal. Todos tenemos en nuestra mente el último cante que grabó para la Expo 92. Sus pómulos estaban hundidos y su torso era el de un cristo que se había auto flagelado y crucificado. El hilillo de voz, parecido al de esa llamada a la madre, cantó proféticamente: «Dicen de mí que si yo estoy vivo o muerto». Y yo les digo, les digo... ¿quién está capacitado para responder esta disyuntiva?.

 

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