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Centenario de Antonio el Sevillano

 

Antonio el Sevillano: La grandeza del fandango



MANUEL MARTÍN MARTÍN







Antonio_El_SevillanoCuando Antonio Mairena sentenció aquello de que era “un gran artista que, aunque no nacido en Alcalá, se le puede considerar oriundo y una de las primeras figuras entre los fandangueros egregios”, pocos podían imaginar en la actualidad que aludiese a Antonio el Sevillano, compositor, cantaor de largo recorrido y, sobre todo, un ser entrañable que evidenció que para crear belleza es necesario instinto, intelecto y sentimiento.
En estos términos hay que referirse a Antonio Pérez Guerrero, más conocido por El Sevillano y célebre cantaor que llegaría a ser presentado en la cartelera como “El rey del fandango”.

Había nacido el 12 de abril de 1909 en el número 1 de la sevillana calle Macasta, en el mismísimo barrio de Santa Marina, muy cerca de la Alameda de Hércules, por más que gustara decir que era de La Macarena, donde tantas noches le escuchamos junto a la guitarra de Eduardo de la Malena.

No obstante, residió con su familia desde los nueve años en Alcalá de Guadaíra, de ahí que se ganara el remoquete de El Sevillano, hasta que se marchó para incorporarse a la milicia, lo que explica que aprendiera a cantar junto a Joaquín el de la Paula, con quien trabajó en ‘El Descrédito’, la caseta que el maestro alcalareño ponía en la Feria de Mairena del Alcor, a más de conocer al mítico fandanguillero El Curilla o que conociera sus comienzos profesionales en la popular Venta de Platilla.
Tras cumplir el servicio militar en Cádiz, El Sevillano se cultivó en los ambientes flamencos sevillanos, sobre todo en la Alameda de Hércules, hasta que en 1935 dejó el fútbol para recorrer con la compañía de Manuel Vallejo el territorio nacional. A partir de ahí, dedicó toda su vida a los espectáculos y a los tablaos madrileños hasta su retirada en la década de los setenta.








De ese tiempo recordemos que el año de la guerra civil, que le cogió en Murcia junto al guitarrista Esteban de Sanlúcar, actuó con Pepe Pinto, La Niña de los Peines, Niño de la Calzá y Niño de Barbate, para luego reaparecer el año 1939 en su ciudad natal compartiendo escenario con La Niña de los Peines, Pepe Pinto y Canalejas de Puerto Real.
En el ecuador de los treinta y los albores de los cuarenta, Antonio copa el interés de los aficionados a través de sus fandangos y bulerías grabados con Niño Ricardo, momento en alza que compagina con los espectáculos, tal que en Cádiz, donde trabajó con La Niña de los Peines y Pericón, y en otro junto a Niño de Fregenal, Juanito Valderrama y Pepe Pinto.
Ya en 1941 giró con el espectáculo ‘4 Faraones’, junto a Manolo Caracol, Juanito Valderrama y Pepe Pinto, y al año siguiente hizo lo propio con Paco el Americano y Canalejas de Puerto Real, a más de cantar en Sevilla con El Peluso y el alcalareño Carlos Franco, y en Cádiz, con Manolo Caracol, Pepe Pinto y El Peluso.





El año 1943 regresó de nuevo a la compañía de Manuel Vallejo, así como a la de Niño de Fregenal y El Peluso, para pasar luego al espectáculo ‘Aragón y Andalucía’, con La Niña de La Puebla y Jacinto Almadén, al que siguieron ‘Pasan las coplas’ (1947), junto a José Cepero, Paco el Americano y Pepe Marchena; ‘Fantasía andaluza’ (1948), con El Niño de la Huerta y José Cepero; ‘Cantares; ‘El sentir de la copla’, encabezado por Manuel Vallejo, y ‘Arco Iris’, entre 1949 y 1951, así como ‘Toros y cante’ (1951), con el Niño de la Huerta y La Niña de La Puebla.
Manolo Caracol lo reclama de nuevo para figurar, entre 1955 y 1957, en los espectáculos ‘Herencia de arte’ y ‘Arte español’, lo que no quita para que en 1957 apareciera, igualmente, en ‘Ruiseñores de Hueva’, ya que dominaba con justeza los fandangos de Antonio Rengel, José Rebollo e incluso el de Santa Bárbara, pasando ya en 1958 a compartir aplausos con Pepe Marchena, Manuel Centeno y La Niña de Antequera en el espectáculo ‘Festival Nacional de Arte Andaluz’, así como con ésta última en ‘Mensaje andaluz’ y ‘Dueña del cante’ (1959).




En el decenio de los sesenta, El Sevillano vuelve de nuevo con Pepe Marchena, con quien, además de Porrinas de Badajoz y Gracia de Triana, formó en ‘Alarde flamenco’ en un año, 1964, en que grabó por vez primera con Paco de Lucía -la segunda sería en 1967-, al que siguieron al año siguiente otros espectáculos como ‘Los duendes del fandango’, con Gordito de Triana, y ‘Solera’, con Porrina de Badajoz, o su presencia junto a La Niña de Antequera en ‘Andalucía canta’ y ‘Tablao flamenco’, ambos en 1967.
El Sevillano finaliza esta década con actuaciones en otras compañías junto a Luis Rueda y Manolo el Malagueño en el periodo 1968-70, tiempo en que los bolos marcan su decadencia a favor de los tablaos, lo que explica que a partir de 1971 actuara en Madrid en locales como El Corral de la Morería, Las Cuevas de Nemesio, Los Canasteros y, de nuevo, en El Corral de la Morería.
El reconocimiento como artista y como persona siempre lo tuvo tanto en Sevilla como en Alcalá de Guadaíra, porque si en noviembre de 1985 recibió el cariño de Tomares y después, el 16 de octubre de 1987, la Peña Torres Macarena le recaudó veinte mil duros mientras estaba internado en el Hospital Universitario de Sevilla, la afición alcalareña le rindió homenaje el 20 de noviembre de 1987, en el Teatro Gutiérrez de Alba, merced a Juan Valderrama, que fue el promotor del mismo.

Conocida su muerte, acaecida el 14 de febrero de 1989 tras una larga enfermedad, llegaron, como siempre ocurre, los reconocimientos, tal que la inauguración el 27 de octubre de 1989 del monumento emplazado en la calle Amatista, en la barriada sevillana Las Avenidas donde vivió los últimos años de su vida, en un día intempestivo y de lluvia incesante, y al que no acudieron más que su viuda, Eduvigis Martín Legaza, Lolita Valderrama y un puñado de fieles amigos, o el ulterior festival homenaje al día siguiente, en el que, también como pasa siempre, las figuras de nombre se cayeron del cartel.





La obra de un creador
A Antonio el Sevillano siempre lo quisimos recordar desde aquellas noches gozosas en la Peña Torres Macarena con la guitarra tan ‘ricardista’ de Eduardo de la Malena, y desde la admiración hacia un can¬taor largo, según confirma su copiosa discografía, y un artista que, a más de cantar sus propias letras, pasó a la historia por la fidelidad a los estilos soleareros que van desde Alcalá a Cádiz; por la divulgación que hizo de los tan¬gos de Triana -en concreto los del Titi-, o por la veracidad que impuso al garrotín y a la milonga marchenera, de la que logró una recreación a retener.

Pero a lo que antecede hay que sumar la imaginación que depositó en las cantiñas, la rumba y en el danzón cubano; la ejecución de esas peculiares bulerías que huelen a bolero y cuplé festero, y, principalmente, la creación de tres estilos de fandangos de los que uno en concreto, el llamado corto, se encuentra casi en desuso por mor de la dificultad que encierra su último tercio.

En tal sentido, Antonio repetía hasta la saciedad de que lo más importante en el cante era crear, de ahí que aportara sus propias singularidades en todo lo que tocaba, distinciones que se hicieron más palpables en los fandangos, de los que llegó a manifestar lo que sigue: “En mis fandangos tal vez lo más difícil esté en el final. Es una cosa de velocidad. Hay que recortar, y decirlo tó en un momento. Mi cante es recortáo, no se puede alargar. Efectivamente yo he tenío pocos imitadores de mis cantes, pienso que porque no podrán, por esa dificultad que he dicho”.



Y así era. En cualquier caso, lo que aquí interesa es identificar con absoluta precisión el principal rasgo de un cantaor que, como rastreador de la realidad que lo circundaba, tiene, posiblemente, mayor peso específico que otros de más fama. Y es que si no han faltado sentimientos de rechazo hacia su época, tampoco se han apli¬cado los estudios necesarios para valorar su fandango.
Así pues, sin que hayamos podido encontrar influencias claras de sus antecesores salvo guiños a Pepe Marchena, es obvio que toda su energía vital, toda la enorme potencialidad cantaora de Antonio, se sublimó en el fandango. Aquel estado de ánimo que se filtraba por las rendijas del buen humor, se tradujo en un fandango que se caracteriza por la fluidez y concisión del fraseo, por las inflexiones de la voz que preludian la recapitulación y por el cambio de ritmo en la caída final. En suma, un cante de impecable belleza cimentada en una sólida técnica.

De Antonio el Sevillano, al que siempre mostramos nuestra mayor consideración, hay que destacar, como conclusión, esa dimensión emotiva y humana no siempre fácil de describir, ya que su can¬te se dirige más al ámbito del sentimiento que al de la razón lisa y pura.
Se fue al altito cielo aquel 14 de febrero de 1989, entre una nube de silencios, y ahora, al conmemorarse el centenario de su nacimiento, despejamos aquí su recuerdo con la certidumbre de que en su fandango existe algo indefinible que no es común en el cantaor corriente, sino otorgado por la inspiración más feliz, muy en consonancia con aquella famosa frase de Juan Ramón Jiménez cuando dijo que el primer verso lo da Dios.

Un bético con ángel

* Una de las facetas que algunos ignoran de El Sevillano es que fue conocido a finales de los años veinte como el futbolista Pérez, militando en el Real Betis Balompié de nuestras ilusiones hasta 1935, en que, seducido por Manuel Vallejo, prefirió llenar la queja de ritmos a la precisión del pase al hueco.

* Cuando el 3 de agosto de 1948 se presentó el espectáculo ‘Fantasía andaluza’ en el desaparecido Cine Español, que se encontraba en la sevillana Alameda de Hércules, El Sevillano tuvo un éxito extraordinario pese a disputar los aplausos con José Cepero, de quien cantó sus fandangos y al que le dijo cuando terminó: “¡A ver quien lo mejora!”.

* Y es que El Sevillano no sólo recogió de Joaquín el de la Paula y los gitanos de Alcalá de Guadaíra sus cantes, sino también el ángel aplicado a las más variadas circunstancias, como cuando aquel 29 de agosto de 1972 en que, mientras se despedía de los amigos en el entierro de la Niña de Antequera, le dijo al famélico Fregenal: “Manolo, tú ya debías de quedarte aquí. ¿Pa qué vas a volver con nosotros?.”

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MANUEL MARTÍN MARTÍN


   

 

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