| .. | Centenario de Antonio el Sevillano
Antonio el Sevillano: La grandeza del fandango
Cuando Antonio Mairena sentenció aquello de que era “un gran artista que, aunque no nacido en Alcalá, se le puede considerar oriundo y una de las primeras figuras entre los fandangueros egregios”, pocos podían imaginar en la actualidad que aludiese a Antonio el Sevillano, compositor, cantaor de largo recorrido y, sobre todo, un ser entrañable que evidenció que para crear belleza es necesario instinto, intelecto y sentimiento.En estos términos hay que referirse a Antonio Pérez Guerrero, más conocido por El Sevillano y célebre cantaor que llegaría a ser presentado en la cartelera como “El rey del fandango”. Había nacido el 12 de abril de 1909 en el número 1 de la sevillana calle Macasta, en el mismísimo barrio de Santa Marina, muy cerca de la Alameda de Hércules, por más que gustara decir que era de La Macarena, donde tantas noches le escuchamos junto a la guitarra de Eduardo de la Malena. No obstante, residió con su familia desde los nueve años en Alcalá de Guadaíra, de ahí que se ganara el remoquete de El Sevillano, hasta que se marchó para incorporarse a la milicia, lo que explica que aprendiera a cantar junto a Joaquín el de la Paula, con quien trabajó en ‘El Descrédito’, la caseta que el maestro alcalareño ponía en la Feria de Mairena del Alcor, a más de conocer al mítico fandanguillero El Curilla o que conociera sus comienzos profesionales en la popular Venta de Platilla. De ese tiempo recordemos que el año de la guerra civil, que le cogió en Murcia junto al guitarrista Esteban de Sanlúcar, actuó con Pepe Pinto, La Niña de los Peines, Niño de la Calzá y Niño de Barbate, para luego reaparecer el año 1939 en su ciudad natal compartiendo escenario con La Niña de los Peines, Pepe Pinto y Canalejas de Puerto Real. El año 1943 regresó de nuevo a la compañía de Manuel Vallejo, así como a la de Niño de Fregenal y El Peluso, para pasar luego al espectáculo ‘Aragón y Andalucía’, con La Niña de La Puebla y Jacinto Almadén, al que siguieron ‘Pasan las coplas’ (1947), junto a José Cepero, Paco el Americano y Pepe Marchena; ‘Fantasía andaluza’ (1948), con El Niño de la Huerta y José Cepero; ‘Cantares; ‘El sentir de la copla’, encabezado por Manuel Vallejo, y ‘Arco Iris’, entre 1949 y 1951, así como ‘Toros y cante’ (1951), con el Niño de la Huerta y La Niña de La Puebla. En el decenio de los sesenta, El Sevillano vuelve de nuevo con Pepe Marchena, con quien, además de Porrinas de Badajoz y Gracia de Triana, formó en ‘Alarde flamenco’ en un año, 1964, en que grabó por vez primera con Paco de Lucía -la segunda sería en 1967-, al que siguieron al año siguiente otros espectáculos como ‘Los duendes del fandango’, con Gordito de Triana, y ‘Solera’, con Porrina de Badajoz, o su presencia junto a La Niña de Antequera en ‘Andalucía canta’ y ‘Tablao flamenco’, ambos en 1967. El Sevillano finaliza esta década con actuaciones en otras compañías junto a Luis Rueda y Manolo el Malagueño en el periodo 1968-70, tiempo en que los bolos marcan su decadencia a favor de los tablaos, lo que explica que a partir de 1971 actuara en Madrid en locales como El Corral de la Morería, Las Cuevas de Nemesio, Los Canasteros y, de nuevo, en El Corral de la Morería. El reconocimiento como artista y como persona siempre lo tuvo tanto en Sevilla como en Alcalá de Guadaíra, porque si en noviembre de 1985 recibió el cariño de Tomares y después, el 16 de octubre de 1987, la Peña Torres Macarena le recaudó veinte mil duros mientras estaba internado en el Hospital Universitario de Sevilla, la afición alcalareña le rindió homenaje el 20 de noviembre de 1987, en el Teatro Gutiérrez de Alba, merced a Juan Valderrama, que fue el promotor del mismo. Conocida su muerte, acaecida el 14 de febrero de 1989 tras una larga enfermedad, llegaron, como siempre ocurre, los reconocimientos, tal que la inauguración el 27 de octubre de 1989 del monumento emplazado en la calle Amatista, en la barriada sevillana Las Avenidas donde vivió los últimos años de su vida, en un día intempestivo y de lluvia incesante, y al que no acudieron más que su viuda, Eduvigis Martín Legaza, Lolita Valderrama y un puñado de fieles amigos, o el ulterior festival homenaje al día siguiente, en el que, también como pasa siempre, las figuras de nombre se cayeron del cartel. La obra de un creador Y así era. En cualquier caso, lo que aquí interesa es identificar con absoluta precisión el principal rasgo de un cantaor que, como rastreador de la realidad que lo circundaba, tiene, posiblemente, mayor peso específico que otros de más fama. Y es que si no han faltado sentimientos de rechazo hacia su época, tampoco se han apli¬cado los estudios necesarios para valorar su fandango. De Antonio el Sevillano, al que siempre mostramos nuestra mayor consideración, hay que destacar, como conclusión, esa dimensión emotiva y humana no siempre fácil de describir, ya que su can¬te se dirige más al ámbito del sentimiento que al de la razón lisa y pura. Un bético con ángel ![]() ![]()
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