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MENSAJE EN UNA BOTELLA Nota: En octubre de 2004 vi en una librería de viejo un librito de flamenco que se editó en 1956. No hace al caso comentar nada de él sino de unas octavillas escritas que casualmente encontré dentro. Venían encuadernadas dentro de un folio en blanco doblado que hacía las veces de portada, y dentro estaban, grapadas, trece octavillas mecanografiadas solo por el anverso. Algunas manchas amarillas que delataban antigüedad hacían prever que se trataba de algo que podía tener interés. Al comienzo de la primera página se lee en letras mayúsculas «Cante flamenco», y en la última «Charla leída en el micrófono de Radio Sevilla, por D. Manuel Siurot, autor, el año 1937». Se trataba, pues, de una conferencia pronunciada en la radio durante la Guerra Civil, en la Sevilla ocupada por las tropas rebeldes, lo que no deja de suponer toda una rareza. Alguien que se ocupara en aquellos difíciles momentos de hablar de flamenco debía conocer bien el tema. Pero, ¿quién era Siurot? [1] Manuel Siurot Rodríguez era hijo de José Siurot Ruiz, herrador de Lebrija, y de Lutgarda Rodríguez Caro, de la Palma del Condado. En la calle Sevilla de este pueblo onubense nació nuestro personaje el 1 de diciembre de 1872. Su padre tuvo una voluntad férrea y estudió veterinaria en la Escuela Libre de la Palma, oficio que pudo desarrollar posteriormente. Siurot escribió: «Yo aprendí a martillar en la bigornia de mi padre. Yo he dormido cansado y gustoso en el lecho tranquilo de la pobreza honrada». Y en otras páginas: «Aprendí las primeras páginas de los libros de mis estudios alumbrado por el resplandor de la fragua del taller».
De niño Manuel Siurot marchó con su familia a Gibraleón, y más tarde, en 1887, a Huelva, donde echó raíces. Allí conoció a Manuela de Mora Claros, con quien se casó y con la que tuvo una única hija, Antonia. Tras los previsibles esfuerzos que tuvo que hacer la familia de Siurot, el joven Manuel pudo terminar la carrera de derecho en la universidad de Sevilla. Nuestro personaje, que fue coetáneo de los miembros de la Generación del 98, ejerció de abogado, juez municipal y magistrado suplente, pero sobre todo se le recuerda como un eminente pedagogo [2], por lo que se le llegó a llamar «apóstol de la infancia». Por su labor de pedagogo alcanzó los mayores reconocimientos, incluso rechazó cargos en el Ministerio de Instrucción Pública y en la Asamblea Nacional, y también el de inspector general de Enseñanza Primaria de la República Argentina, para atender a los niños pobres andaluces. En 1908 Manuel Siurot renuncia a una brillante carrera de abogado para dedicarse a los niños pobres fundando escuelas junto a su amigo don Manuel González, Arcipreste de Huelva, hoy en proceso de beatificación. Siurot se preguntaba públicamente en uno de sus discursos: «Dios mío ¿cómo viven los pobres? ¡Qué vergüenza para los ricos que los pobres vivan como viven y cuanta responsabilidad tenemos todos delante de Dios!». Las escuelas que fundaron en Huelva y Sevilla el tándem González-Siurot («él me llamaba “mi otro yo” para expresar el grado de comunión y afinidad que teníamos», escribía Siurot) para regenerar la enseñanza y educación de los niños pobres, estaban inspiradas en las del Ave María de Granada que fundó el padre Manuel Manjón, con quien les unía una gran amistad. En estas escuelas se pudo ofrecer enseñanza reglada a 25.000 alumnos. Asimismo orientaron la enseñanza de otras escuelas que acogieron sus métodos de trabajo. Entres sus principales empeños estaban mejorar las condiciones higiénico-sanitarias de los niños, la creación de huertos escolares y el impulsar entre los niños el deporte, sobre todo el fútbol, juego que entró en España por Huelva[3] . En 1919 Manuel Siurot creó en Huelva un seminario para futuros maestros, donde se instruyeron más de 130 maestros en el difícil oficio de la enseñanza. Pero la obra sociocultural y educativa de Manuel Siurot no se quedó en España sino que trascendió fronteras y halló eco en Argentina, Santo Domingo, Venezuela, Chile, Estados Unidos, Inglaterra y Francia.
En 1927 Siurot aceptó ser miembro de la Asamblea Nacional, dejando antes claro su «absoluta neutralidad política». Para su biógrafo Luis Llerena Baizán «la ejemplaridad de Manuel Siurot le convirtió en diana a la que apuntaban directamente tirios y troyanos. Para unos era un reaccionario y para otros un elemento izquierdoso camuflado. Mas, en verdad, Siurot solamente fue un hombre bueno, un discípulo de Jesús, al que veía constantemente en sus hermanos más pobres y necesitados». Manuel Siurot reunió una amplia biblioteca en la que se encontraban libros dedicados de Francisco Rodríguez Marín, Eduardo Marquina, José María Pemán, los hermanos Álvarez Quintero o Juan Ramón Jiménez, quien en una dedicatoria le llama «hermano». Su obra escrita es amplia y variada. De su docena de libros destacan los títulos Cada maestrito: observaciones pedagógicas de uno que no ha visto en su vida un libro de pedagogía (1912), Cosas de niños (1913), La romería del Rocío (1918), Luz de las cumbres y resplandores de la Cruz (1923), La emoción de España (1923), Mi relicario de Italia (1924), Sal y Sol (1925), La obra maestra de España (1930), España, Las Castillas (1933) y La nueva emoción de España (1937). En sus páginas se ocupa desde la pedagogía –disciplina en la que ha dejado mayor huella–, al arte italiano, pasando por la meditación espiritual, el folklore mariano, los relatos cortos y los ensayos sobre historia de España y América, en los que se aprecia un claro noventayochismo. Manuel Siurot fue un hombre de amplias inquietudes intelectuales como lo demuestra su afición a la astronomía y su cultivo de la poesía. Fue también notable su trabajo como articulista en diarios y revistas. Alrededor de un millar de artículos suyos se repartieron en publicaciones como ABC (de Madrid y Sevilla), Blanco y Negro[4] , El Correo de Andalucía o El Debate, por lo que recibió en 1926 el premio nacional de periodismo «Mariano de Cavia». Siurot, al alimón con el Arcipreste de Huelva, dirigió la revista El Granito de Arena. Más tarde, en 1918, fundó la revista Cada Maestrito, órgano de las Escuelas del Sagrado Corazón. Siurot fue también un elocuente orador, como dejó constancia en numerosos discursos –algunos publicados– y conferencias que pronunció por muchas ciudades de España y el extranjero. En 1927 la Asociación de la Prensa de Huelva le nombró Presidente Honorario. En 1930, su obra La emoción de España se puso como libro de texto en las escuelas oficiales españolas. En 1936, la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla le honró con el título de Académico Numerario. Asimismo presidió las Hermandades de la Cinta y del Rocío de Huelva y fue vicepresidente de la Real Sociedad Colombina. La afinidad de Manuel Siurot con los intelectuales del 98 no hace que ignore otras corrientes literarias como las nuevas ideas del padre Manjón, el Modernismo de Rubén Darío y de su amigo Juan Ramón Jiménez, el pensamiento católico-nacional de Marcelino Menéndez Pelayo, el Costumbrismo de los hermanos Álvarez Quintero, Arniches y Muñoz Seca, y la Generación del 27, con muchos de sus principales representantes (Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca) comparte tertulia en el Ateneo de Sevilla. En 1928, a los 56 años, circunstancias familiares y de salud le llevaron a Sevilla, a la que quiso «como una novia». El epitafio de su primera sepultura decía así: «Manuel Siurot Rodríguez murió santamente en Sevilla el 27 de Febrero de 1940. Para honrar el santo e imperecedero recuerdo de este hombre ejemplar, que siendo por tantos y justificados títulos ilustre y excelentísimo, quiso con evangélica humildad llamarse hasta el último instante “maestro de niños pobres”, como timbre más alto de su cristiana ejecutoria». En la actualidad el nombre de Manuel Siurot lo llevan varios colegios de Andalucía (en Huelva, Málaga y Sevilla, y en los pueblos onubenses de la Palma del Condado y Chucena) y sendas avenidas de Huelva y Sevilla. Los ayuntamientos de Huelva, Sevilla, la Palma del Condado y Gibraleón han solicitado recientemente a la Junta de Andalucía que sea nombrado Hijo Predilecto de Andalucía. Algunos comentarios que vertieron sobre él o su obra son los siguientes: «Si Huelva y Don Manuel Siurot, en vez de pertenecer a España, pertenecieran a este país de la publicidad, de seguro que la fama tanto de Huelva como de Don Manuel se hubieran extendido de una a otra costa primero, y después a los países extranjeros» (Revista School and Society de New York). «Si el sistema de Manuel Siurot se extiende a todas la escuelas, España estará bien pronto regenerada» (Periódico La Croix de París). «Don Manuel, el maestro genial, que enseña, jugando a los niños… parece que llena a toda Huelva, como si fuera su genio tutelar o su espíritu, mezclándose a todos con la familiaridad y el cariño» (José María Pemán). «Mi querido amigo: con profunda emoción he leído su Luz de las Cumbres. Le vienen a usted, directas, la gran pasión y el arte de nuestros místicos» (Gregorio Marañón). «Sé que además de ser usted un poeta verdadero, es un amigo bueno… Y yo, que debo muchas dedicatorias “de oficio” y que no las pago, he escrito al pronto mis poesías El silencio de oro: “A Manuel Siurot, discípulo de Jesús”» (Juan Ramón Jiménez).
«Mira, las escuelas son estupendas, pero tu padre es único» (Alfonso XIII a la hija de Siurot). «Sevilla se asocia de todo corazón al dolor que España siente por la muerte del insigne pedagogo e ilustre escritor y como homenaje a la bondad y sencillez de su vida ejemplar deposita en su tumba unas flores» (Eduardo Luca de Tena, alcalde de Sevilla en 1940). *** No tengo noticias de que la conferencia que Siurot leyó en 1937 se llegara a editar alguna vez de forma impresa. No obstante, y dado su interés, la transcribo entera. En ella asistimos con emoción a un recital del mítico Silverio Franconetti, al que casi lo alcanzamos a ver, y participamos de Conversaciones privadas que don Antonio Chacón y Manuel Torre mantuvieron con Siurot. Además podemos asomarnos por la mirilla del tiempo y colarnos en una apasionada tertulia de aficionados polarizada entre los partidarios de Chacón y de Manuel Torre. *** ¿Pero es posible? ¿Va usted a ocuparse de cante flamenco? Contestaré preguntando también: ¿Es pecado? ¿Es falta? Quiero cambiar, aunque no sea más que esta noche la gravedad de la materia de mis conferencias, con algo popular para distracción y recreo de nuestros soldados. Yo era un niño, y en el establecimiento de veterinaria de mi buen padre, había fraguas, y en ellas muchas veces herreros gitanos, que mientras forjaban la herradura, cantaban… Por eso a mí me molesta la juerga flamenca, me gusta cordialmente el buen cante porque lo aprendí hace más de 50 años en las fraguas de mi padre. Es decir, el cante gitano y el no gitano [5], los aprendí en el trabajo, y no en las francachelas. Pero es el caso, que para decir algo de cante y distraer un momento a los combatientes de España, en sus graves preocupaciones, se necesitarían muchas horas, y yo aquí no puedo disponer, como es natural, más que de un ratito. ¿Que es ésta una cuestión baladí? Ni mucho menos. Los fenómenos del alma popular hay que tenerlos muy presentes, para educar, para convivir, para gobernar. El pueblo ama la guitarra y ama su cante lo mismo cuando el que canta tiene sobre la frente un tupé negro como la endrina y brillante como el carbón de piedra; una nariz ganchosa y larga; unos ojos rasgados e inteligentes; que cuando canta un niño de cutis blanco y pelo rubio, pastor de la serranía, que de cuando siente, como la alondra que va volando por lo azul, la necesidad de escribir en el ambiente las notas de una melodía que le nace en el alma. Cuando el pueblo tiene un dolor, una alegría, un amor, una preocupación o un problema; cuando tiene ira, o gracia, o celos, mira para arriba, hace una copla y la embarca en el navío de las soleares, de la seguirilla, de la malagueña o de los fandangos. Por eso en ese cante va toda la intimidad del alma andaluza, y el que quiera conocerla no tiene más remedio que poner el oído atento a la vibración popular. Los que se ríen del cante flamenco no están en condiciones de estudiar al pueblo andaluz… pero del alma del pueblo, es una insigne torpeza reírse. El lirismo mueve las almas. El ilustre Pemán, que es en una sola pieza el gran poeta y el gran orador de España, delante de la guerra se siente militar y quiere dejar a un lado la poesía lírica, aunque no sea más que de momento, para mover las alas de su genio en el poema épico o en el drama, más en consecuencia con la respiración española actual. Y no puede ser, no puede ser. El sentimiento lírico es lo que da valor a todo: a la prosa, al verso, al grito guerrero y al dolor dramático. Hasta en la didáctica hace falta, y el maestro que sea más lírico, educará más que ninguno, porque aunque los niños no entiendan bien el lirismo, al oír al maestro en ese plan algo se les pega, y lo que se les pega, toca en lo más delicado y educa extraordinariamente. Les pasa a los niños con la poesía lírica, lo que a la mayor parte de los católicos nos ocurre con la liturgia de la Iglesia: que no la conocemos bien y sin embargo nos llena el alma con los perfumes de su belleza. Pues bien, el cante flamenco es un puro lirismo. Os diré más, es lo más lírico que se conoce. Las cosas corrientes de la vida han encontrado su expresión concreta y precisa. El diccionario está hecho con las palabras que cristalizaron en la vida hechos y conceptos. Pero hay un mundo inconcreto, sutil, vago, tocado de ensueño, como el del amor, la belleza, la preocupación, el sentimiento, la simpatía, la antipatía y el misterio de las almas, que no se sabe hablar, porque el idioma no le ayuda; y el arte que expresa cualquiera de las cosas que viven en nuestra sensibilidad, pero que no se han expresado bien, este arte, digo, es un zapador, minador que va delante de las almas con los almas. El poeta lírico es un hombre que ha encontrado la expresión de lo inexpresable. Es un creador en la obra del diccionario de las almas, que no se acabará nunca de hacer. Pues bien, vamos a lo nuestro. El arte moderno, lírico esencialmente, suspira por agrandar el tesoro de las expresiones espirituales y busca, busca, hasta que encuentra. Quieren un arte que exprese el misterio, que lo robe, que lo conquiste con el minimum de palabras; con el maximum de idea y el minimum de materia. Quiere que el artista entre en la belleza suprasensible de cánones, para conseguir la belleza y el maximum de lo propio con absoluta libertad racional y sin más ley en este particular que la precisa para que no sufra la vestimenta exterior de las emociones. El cante flamenco es individual, no se puede cantar a coro; no se sujeta a reglas; cada uno que canta hace lo que quiere; no hay más ley que el compás de la guitarra cuando la hay, y a pesar del individualismo, de la libertad y de la personalísima manera de ejecutar, se obtiene tal cantidad de belleza, que quedan expresados muchas veces estados inéditos del alma, y por eso la emoción llena nuestros ojos de melancolía cuando nos dejamos guiar por los «duendes» de las seguiriyas o de las soleares. Más de una vez he referido la frase de un gran músico que fue amigo mío y me decía: tiene tal intensidad y fuerza lírica el cante flamenco, que siempre que meto la mano en su nebulosa saco un lucero. Y lo que se dice de la música, se dice de muchas letras de este cante: Quien tuviera la suerte Acuérdate cuando entonces No puede haber más incorrecciones: entre otras anotamos dos adverbios de tiempo seguidos, «cuando» y «entonces», y sin embargo el mundo de las cosas que sugiere la coplita… Ponedle música de soleares, alegrías, jerezanas, cortas, y oídlas en la boca de un inspirado cante y veréis…
bajabas descalza a abrirme José Ulloa, gitano, matador de toros, de escuela rondeña, figuraba en los carteles con el sobrenombre de «Tragabuches», allá por el 1814. Cantaba flamenco a las mil maravillas. Estaba enamoradísimo de su mujer, la «Nena», una gitana hermosa. Ulloa, ausente de Ronda, tuvo que venir inesperadamente al pueblo, donde llegó de madrugada. Por fin, entró en casa, y con alma llena de sospechas, nacidas principalmente por la confusión de su mujer, registró nervioso la casa. No encontró a nadie y cuando se disponía a pedir perdón a la «Nena», se le ocurre irse a la cocina a beberse una lata de agua y al levantar la tapa de la tinaja vio a un jovenzuelo que se había sumergido en ella. Ulloa lo degolló allí mismo y frenético cogió a su mujer y la tiró por el balcón a la calle donde quedó instantáneamente muerta. Desapareció. Luego se supo que había figurado en la cuadrilla de ladrones de los Niños de Écija, y que era tan cruel que según declara un compañero suyo, podía haber llenado un cementerio él solo con sus víctimas. Antes era dulce, bueno, servicial y amoroso, y cuando se le puso triste la vida, fue tal el veneno que le entró en el alma, que donde quiera que veía una felicidad, sentía el ímpetu irresistible de destruirla. Todos los Niños de Écija cayeron en poder de la justicia menos Tragabuches de quien no tuvo nadie jamás noticia, ni la más insignificante. Por los campos andaluces y en la cárcel de Sevilla según el señor Velázquez y Sánchez en su Museo Tauromáquico, rodaba la copla de Tragabuches. Era una especie de rondeña viril, sentimental, dulce en sus tonos, pero llena de una profunda amargura: Una mujer fue la causa Si se pudiera hacer la investigación del por qué de las coplas del pueblo, se formaría un espléndido museo de bellezas de la vida con sus dramas y sus encantos… *** Cantaba Silverio, Silverio Franconetti era con aquella cara gruesa, vulgar, con aquel tipo de administrador de un cortijo del siglo pasado, el más fuerte cantador de su tiempo[6] . Cantaba como nadie las seguirillas y no era gitano. Es decir, que la melodía llorona, y sin embargo viril, del cante legítimamente cañí, no la interpretó nadie en el siglo XIX como este hombre mezcla de español e italiano. Era el amo del cante y el amo del café cantante que en la calle Rosario funcionaba en Sevilla en la década del ochenta del siglo anterior. Tenía Silverio una mujer de pequeña estatura que al decir de la gente, era de bonita como una onza de oro, y para Silverio dura y fría también como las onzas. Silverio tan feo era sentimental y romántico y tenía tal pasión por su mujer, que todo le parecía poco para ella. A pesar de la desigualdad de temperamentos y de las asiduidades del gran maestro con su muñequita, ésta había dado en decir que Silverio no la quería… Una noche estaba toda la afición de Sevilla en el café cantante. El famoso guitarrero Niño de Lucena que bordaba las antiguas falsetas del cante por seguirilla movía sus dedos sobre las cuerdas con velocidades llenas de emoción y dulzura; Silverio iba a cantar lo suyo, lo grande, no se oía ni la respiración. En una palquillo próximo al tablado estaba la mujer del cantaó, la muñequita fría, dueña de aquel hombre que iba a cantar. El maestro con la técnica del Fillo, es decir, con la voz ronca, «afillada», rompió el silencio con aquella entrada suya recia y dulce que era la preparación de la belleza melancólica y grande que venía detrás. El maestro de la guitarra entra en franco «son de seguirillas», y Silverio se lanza con el torrente de voz que hacía temblar el aire y los corazones. Dijo una letra que unas veces cantaba de Macho [7] y otras de seguirilla. Dice mi compañerita que yo no la quiero… No sé qué mágico poder había en aquel grito de protesta… La seguirilla se retorcía angulosa, punzando con sus «duendes» en la emoción del público… Silverio entreabre ligeramente sus ojos y los pone enamorado en la cara de su mujer… Sigue cantando: Dice mi compañerita que yo no la quiero… Silverio acariciaba a la muñequita con los ojos, con el arte moruno de los entrantes y salientes del arco de su voz, con el amor de su vida que encendía su cante, con su rendimiento, con la entrega de su sentío… por eso mientras la gente se ahogaba en olés, gritos y ovación clamorosa, en los ojos del maestro había una lágrima… Un espectador dijo a la muñeca: ¿No dices que no te quiere? Mira, míralo con las lágrimas en los ojos. Y ella, testaruda, insiste: ¡Po no me quiere! Cuentan las crónicas que quien no lo quería era ella. Ahora que he hablado de Silverio, viene bien decir algo de las dos grandes parejas que se han formado en los últimos cincuenta años: Chacón y Fosforito, Chacón y Manuel Torres el Niño de Jerez. Aquí en España hemos siempre procedido por parejas. En los toros, Pedro Romero y Pepe Hillo; Pedro Romero y Costillares; Curro Guillén y Jerónimo José Cándido. Paquiro[8] , el formidable Francisco Montes, no dio de sí todo el mundo de torero que llevaba dentro, porque Juan León y Juan Yust, únicos que pudieron competir con él, no tenían altura, y por eso al faltar la pareja, no exprimió bien el limón de Montes. El Chiclanero y Cúchares; El Tato y el Gordito; Lagartijo y Frascuelo; Guerrita y Espartero; Bombita y Machaco; Joselito y Belmonte. Como dije en otra charla, hace falta la pareja para dar pábulo a nuestro deseo innato de pelea… ¡Es la raza! Chacón que era un chiquillo cantaba en el «Café Silverio» Fosforito cantaba en el «Burrero». Sevilla estaba dividida en dos bandos. Fosforito era de Cádiz, y Chacón de Jerez. Eran dos astros nuevos. Una verdadera revolución en el cante. Eran los dos, la expresión altísima de la personalidad propia. Juan Breva y el Canario habían cantado excelentísimas malagueñas; bravas las del maestro Juan; dulces, las del Canario; pero aquella orgía de personalismo, de pasión individual que Fosforito y Chacón trajeron a Sevilla y a toda España, aquel río desbordado de sentimiento de los muchachos, era la aparición en el cielo del arte de algo nuevo que rompía costumbres, cánones, reglas y elevaba el lirismo flamenco a una altura insospechada hasta entonces. En Cádiz y en Jerez cantaba Enrique el Mellizo, el de las soleares cortas, que empezaban arriba y bajaban escalonadamente hasta aterrizar en el alma del que oía, y el de la malagueña grande, la de los tres «jipíos», la bella, la insinuante, la dulce malagueña de Enrique el «Mellizo» [9]. Enrique, gitano, comedido, romántico, no era profesional. Cantaba sólo para cuatro amigos, pero aquello era miel, rica miel… Me decía Chacón[10] . Mire usted, don Manuel, como en aquel tiempo no había aún fonógrafo, y el «Mellizo» cantaba como cantaba, yo tenía catorce o quince años y soñaba con aquel cante tan limpio, tan puro, tan difícil. Yo era un pobrecito. Pude reunir cinco duros. Cuando los tuve, busqué al «Mellizo», y le dije: -Mire usté, señó Enrique, tome usté estos cinco duros y cante usté cinco duros de la malagueña de usté que quita el sueño. Enrique le dio la sesión al chiquillo y no le tomó el dinero… Afición y caballerosidad juntas. ¡Qué cuadro tan pedagógico y tan bonito!... Chacón se metió en el alma a Enrique. En la bota jerezana de su corazón puso el vino del gitano, del gitano de Cádiz, y a poco surgió aquel néctar generoso, aquella malagueña de don Antonio, aquella catedral gótica, Meca de todos los que han cerrado los ojos delante de una guitarra, ideal de todos los idealistas y cumbre de un arte inmortal. Si me trataras de nuevo Silverio se volvía loco con el chiquillo de Jerez: ¡Bárbaro, bárbaro, eres único! le gritaba. En la tumba de mi madre Sevilla estaba electrizada. Yo era un niñito y le oí y aún tengo en el alma aquella música de brujería, aquel prodigio de belleza subjetiva… ¡Oh el gran Chacón!... Francisco Lema (Fosforito)[11], el gitano , cantaba en el Burrero, en la calle Tarifa. Hubo que concertar las horas para que el mismo público pudiera oír a los dos en los dos cafés. Sevilla la artista, este inmenso poeta que se llama Sevilla, peregrinaba todas las noches de café cantante a café cantante para oír a los chavales que traían revolucionando el mundo de la emoción popular. «Fosforito» tenía una voz de plata, limpia, sonora. El oído se encantaba con el cante de Francisco Lema. Aquello era algo de arpa, algo de flauta, algo de amanecer de amor. Y era junto con esto, una fuerza incontrastable. Desde que te conocí, Tenía unos recursos tan extraordinarios que cuando todo el mundo creía que no podía con más, al llegar a aquello de «porque mi pena es tan grande», el artista había subido a la cumbre de su poderío y asombraba a la gente con nuevas energías dominadoras. Asombraba al público, y le hacía la boca agua con el azúcar de su malagueña. *** Andando el tiempo, Chacón tuvo que luchar con Manolito Torres, el Niño de Jerez. Gitano por todos cuatro costados. Un alma cañí y una voz sonora, de hombre, un clarín humano. Era desigual. O frío, tan frío que no había quien lo aguantase, o caliente, poeta y creador tan extraordinario que no se le podían resistir las «gañafás» de la emoción de su cante. Cuando cantaba así, era sencillamente arrollador. No se podía con él. Frascuelo con aquellos imponentes volapiés, fue más de veinte años pareja con Lagartijo. Lagartijo lo tenía todo. Frascuelo era solo un enorme matador. El estoque de Frascuelo tuvo a rayas media vida al más fino, elegante y dominador de todos los toreros, a Rafael Molina. Pues la seguirilla de Manolito Torres tuvo a raya mucho tiempo a Chacón. Chacón era el amo, en malagueñas, granadinas, cante de Levante, cartageneras, caracoles y hasta en soleares… pero en seguirillas, es decir, en el doctorado del cante gitano, ni Chacón ni nadie. La seguirilla del gitano de Jerez, traía embobado al otro jerezano que no era cañí: Me asomé a la muraya, Vamos a jincarno e roíya Manuel decía esta seguirilla y los oyentes lloraban de emoción religiosa. La voz del brujo popular convertía la reunión en una iglesia, en un acto eucarístico. Yo he visto en Huelva a más de cincuenta gitanos llorando a lágrima viva con aquel prodigio de Manolito Torre al cantar: Vamos a jincarno e roíya Olía a incienso, a pureza, a dolor consolado, a vuelo de Jesucristo sobre las almas, a triunfo del amor. «Que ya viene Dios… que ya viene Dios…». Las lágrimas de los que no lloran nunca, acudían a los ojos… Aquella tertulia de Baldomero, en Huelva, a donde iban los flamencos onubenses, era el foro de la gracia. Allí se hablaba de toros y de cante. Manolito el Litri y Manolito Torres eran los ídolos; el uno por su bravura, el otro por la emoción gitana de su cante. Don Juan José Mora Doblado iba a esa tertulia con el solo propósito de desesperar a los cañís, diciendo que Chacón, que no era gitano, era cien veces mejor «cantaó» que el Niño de Jerez. Don Juan hablaba muy bien y los pobres gitanitos que veían a su ídolo despreciado, tenían con ello una inmensa tribulación. Don Juan los traía locos… Una tarde llegué a la tertulia en el momento en que los razonamientos de Mora Doblado exaltaban a los gitanos. Nombrar allí a Chacón era nombrar a la guardia civil en la cárcel. «Dieguito el de la Herrauras», un gitano correoso, que bailaba admirablemente bien el baile bufo, y que era tan flaco y seco que más que un hombre parecía una tableta de mojama, al verme llegar a la tertulia, dice: Y así como Mora Doblado hablaba sólo para embromar a aquella gente, sin sentir lo que decía, yo hablé también, sólo con el propósito de consolar a los atribulados gitanos, exaltando al artista cañí sobre su paisano Chacón; aunque yo sentía dentro otra cosa. Les dije que Chacón era un disco que siempre sonaba lo mismo. Algo que estaba hecho, concluido, perfecto; pero siempre matemáticamente idéntico. En cambio, Manolito Torres era constantemente vario, y una misma soleá nos daba alegría o tristeza, según como estuviera el cantaó. El Niño de Jerez, decía yo, cuando canta de veras, coge su corazón y lo reparte, da lo que tiene en él, sea lo que sea. Es decir, que Chacón es más perfecto, pero el «Niño» es más artista… Los gitanos respiraron, me aplaudieron, y, «Dieguito el de las Herrauras» con lágrimas en los ojos, me dice: Tiene gracia el concepto de Derecho político de Dieguito el de las Herrauras. En la tertulia de Baldomero se vivía para sostener el eje Litri-Manolito Torres. Al lado del Litri no querían ni a Belmonte. Al lado del Niño de Jerez les hacía daño el prestigio de Chacón. Poco antes de morirse Manolito Torres, vino con Paco Castillo y Vaquero y conmigo, a una finca de mi fraternal amigo. Y el pobre no podía cantar. La tuberculosis lo tenía herido mortalmente. - Vamos a ver Manuel, le dije: ya somos viejos, y con la vejez se dice la verdad. Ahora que estamos solos, dime la chipén, de veras, de lo que tú hayas pensado de Chacón; y el gran seguirillero me dijo con calor: - Mirasté don Manué, Chacón ha sío el único en el mundo y había que echarle de comé aparte. No habío quien puea compararse con él. El rey, don Manué. Era la verdad, la pura verdad. ¡Pobre Manolito Torres, la verdad encerrada en su alma, salió al aire por completo. Él había sido la pareja única posible con Chacón, y hablaba así. En el fondo de su alma, admiraba rendidamente a don Antonio. No quiero concluir esta charla sin decir un verso de mi amigo Pepe Pérez Ortiz. Pepe Pérez Ortiz era un gran poeta desconocido, lírico, andaluz, íntimo, profundo, pienso darlo a conocer en lugar elevado. Mirad cómo ve Pérez Ortiz el entierro de Manolito Jerez: Una corona llevaban Y eran coplas; Eran coplas, yo las vi, La seguirilla con su negro manto Me santigüé tres veces conmovío Una corona llevaban *** Pensaba hablar de Juan Breva, de la Trini, la Parrala y del fenómeno que se llama la Niña de los Peines… Pensaba hablar del fandanguillo… No tengo tiempo, otra vez será. NOTAS [1] Más información sobre Manuel Siurot se puede encontrar en las páginas http://www.arrakis.es/~flara/siurot, http://www.corumbel.com/colaboraciones_archivos/siurot1.htm, http://www.diphuelva.es/contenido_galeria.asp?idContenido=376, [3] Luis Llerena Baizán, Las escuelas de Siurot: un modelo de renovación pedagógica, Diputación Provincial de Huelva y Ayuntamiento de Palos de la Frontera, 1992. (Charla leída en el micrófono de Radio Sevilla, por D. Manuel Siurot, autor, el año 1937).
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