Antonio Torres “El Colorín”
Norberto Torres Cortés
(publicado en El Olivo nº 154, marzo-abril 2008).
El pasado 11 de enero, a iniciativa de Tomatito, un cartel insólito e irrepetible se reunía en el Auditorio “Maestro Padilla” de Almería. Al toque Tomatito, al cante Duquende, al baile Antonio Canales, con la intervención de otros colaboradores como Luky Losada, José Maya, Juan “El Pirri”, Cristobal Heredia, María Angeles Fernández o Morenito de Illora. El motivo; rendir en son gitano de flamenco un homenaje a Antonio Torres “El Colorín”. ¿Pero quien era “El Colorín” para juntar a parte de la mejor flamenquería cañi de España? Para contestar a esta pregunta, he aquí las breves palabras que emotivamente le dediqué este día esperando que las escuchara, esté donde esté.
“Es con verdadero estupor que el pasado mes de septiembre Luis Gazquez me informaba del fallecimiento de Antonio Torres “El Colorín”. Avisado a su vez por el cantaor “El Carrete”, dudé de la realidad de la triste noticia y llamé a varios amigos del entorno del Colorín que me confirmaron que Antonio había fallecido de un infarto fulgurante el primer sábado de septiembre, mientras dormía. Solo tenía 48 años. Era uno de los artistas gitanos más educado y exquisito que he conocido, muy querido entre la flamenquería de su barrio, el de Pescadería - la Chanca. Tan discreto era Antonio, que muchas personas en Almería, incluso aficionados, me preguntan ¿Quién era el Colorín? Y yo les contesto: una persona que sabía escuchar.
Dice el maestro Paco de Lucía, que en el flamenco el secreto está en saber escuchar. Antonio siempre estaba escuchando. Recuerdo aquellas reuniones que teníamos en la casita de Tomatito, arriba en el barrio. Se tocaba, se cantaba, se comentaba el último disco de Camarón. Varios días antes de estar en las tiendas, ya sonaba por el barrio donde todo el mundo tenía copia del master. Antonio escuchaba las conversaciones, los comentarios, las discusiones sobre este detalle y este otro, y ya cuando todo el mundo había hablado, intervenía él, con voz bajita como si no quisiera molestar, casi siempre para hacer preguntas sobre aquello que no le había quedado claro en la tertulia. Porque aquí estaba otro valor de Antonio, la sabiduría natural del que sabe que nunca se termina de aprender, porque en la voluntad de aprender están las ilusiones y las motivaciones de la vida. Recuerdo la última audición que compartí con él, la del disco “Cositas buenas” de Paco, cómo le intrigaba una nota grave en una de las bulerías, y cómo me preguntaba si ésto era guitarra o si era “máquina”, para llamar lo que en efecto era un bajo hecho por un sintetizador. Él ya había descifrado la falseta en la guitarra, intentaba encontrar el timbre con su pulgar, y aquello no le sonaba igual. Porque siempre estaba poniendo el oído a la música y al pulso de la calle, nunca le oí levantar la voz, nunca lo ví subido de tono o cabreado. Quizá por ser músico y saber escuchar, era también una persona pacífica, siempre con la sonrisa en los labios. Nunca le ví poner mala cara. Porque le gustaba disfrutar de su familia y de su flamenco, lo veía feliz cuando se juntaban las dos cosas, estar en familia para hacer flamenco. No, no quería protagonismo. Ni reconocimiento. Simplemente ver a la gente feliz compartiendo su afición. Ni en la guitarra, ni en las palmas, ni en el cajón, ni en el baile, le he visto rasgos de arrogancia o de soberbia. Decía ayer Paco de Lucía en Palma de Mallorca donde toca esta noche precisamente dentro de un ratito, que “En el arte flamenco lo importante es tener una niñez rodeado de gitanos. Todos los gitanos saben hacer ritmo, cantar, bailar, tocar la guitarra, y por eso considero que el mejor conservatorio que existe es nacer oyendo eso. Por eso la raza gitana da tan buenos artistas , porque lo tienen ya desde la niñez”.
Antonio ha muerto humildemente, sin molestar, como siempre. Pero pronto, demasiado pronto. Almería ha perdido a uno de los principales maestros que tenía este conservatorio natural del flamenco, de los poquitos que nos quedan, como son la calle y el barrio, columna vertebral de la cultura flamenca.
Solo me cabe expresar para terminar un sentimiento agridulce: la tristeza porque un amigo y flamenco se nos ha ido, la alegría porque los artistas de esta noche y la respuesta del público, vuestra respuesta, confirman que Antonio, además de artista y flamenco, era ante todo y sobre todo la personificación de una actitud vital tan difícil de llevar naturalmente hoy en día, la de ser buena persona.
...Y dar las gracias a Antonio porque, si algo he aprendido del flamenco, se lo debo sobre todo a él y a su familia: estar a la escucha de la vida a través de la música”.
Almería, 11 de enero de 2008
Norberto Torres Cortés
|