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Crónicas

 

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FERNAND DAUCHEZ EN GRANADA (1865)

 Fernand Dauchez y sus acompañantes en una foto de pose como viajeros románticos (Agosto 1865)

Por Guillermo Morán 

Fernand Dauchez y dos amigos suyos, son tres jóvenes franceses que están de viaje por España a mediados del s. XIX. Este es un fragmento del diario de viaje del primero, correspondiente al 12 de Septiembre de 1865, cuando estaban en Granada:

DAUCHEZ, F. Mon Premier Voyage en Espagne. Aout - Septembre 1865, Société Française d'Imprimerie et de Librarie, Paris, 1908: pp 349 - 352

(...) Nuestro amigo José Jiménez había apalabrado con el capitán de los gitanos (en español en el original) y, mediando el precio de 25 pesetas (en español en el original), nos había organizado una sesión de música y bailes en el domicilio del dicho capitán, herrero de profesión. Henos aquí introducidos en una modesta casa (en español en el original) del Albaycín; atravesamos la fragua, y por una escalera llena de humo subimos hasta un cuarto bastante amplio, dónde se hallan reunidos el lugarteniente del capitán, quién sin duda es también su empleado, seis jóvenes gitanas (en español en el original) y dos muchachos de unos veinte años aproximadamente. Es el cuadro de baile. Los espectadores se componen de nosotros y de algunos curiosos de la vecindad, contentos de poder disfrutar del espectáculo gratis. Dada una señal, el baile comienza al son de las guitarras y, a fe mía, nos divertimos de manera extraordinaria. Todos los bailes locales desfilaron ante nosotros; todos ellos tienen un sabor y un encanto muy notable. Algunos muy lentos y lánguidos, que no se componen sino de movimientos voluptuosos del cuerpo y de pasos cadenciosos en un mismo sitio: es el baile de las caderas, de los riñones, del vientre y del pecho, que intentan pintar la voluptuosidad que les anima. Los brazos y las manos de la bailarina expresan también esas sensaciones, y los ojos hablan, como el resto de su persona: dicen el amor, sus deseos y sus espasmos. Los otros bailes, febriles, endiablados, pasan como un torbellino alrededor de la estancia, con un ruido ensordecedor de castañuelas y tamboriles. Las guitarras suenan entonces con furor: los músicos ya no se contentan de pulsar sus cuerdas; dan la voz todos juntos, cantando con la garganta y con la nariz todo cuanto pueden. Los espectadores dan palmas y "pataítas", es un jaleo absolutamente encantador, es cuando uno se da cuenta de que no está en el ambiente de los salones, sino en casa de los gitanos (en español en el original). Debo añadir, para ser sincero, que la mayoría de estos bailes me han parecido atrevidos y que el pudor no es su principal calidad. En cada descanso, las jóvenes gitanas (en español en el original) se acercaban a nosotros y nos ponían la mano en el hombro y nosotros las cogíamos por el talle; parece ser que así lo quiere la costumbre, y nos sentíamos demasiado en deuda con nuestros anfitriones como para enfadarlos menos preciando sus costumbres. Entonces estas jóvenes gitanas nos pedían cintas y cuartos (en español en el original): es también la costumbre y de nuevo nos adaptamos a la misma, justamente, habíamos traído con nosotros las cintas del compadre Jiménez y en nuestros bolsillos teníamos bastante calderilla. Tras el baile, la música. Esta vez el capitán desempeñaba el papel principal: ese diablo de hombre, que es herrero, tratante de ganado, cuya cara negra asustaría a cualquiera, es el más maravilloso de los guitarristas.; hace absolutamente lo que quiere con su instrumento ingrato; le saca unos efectos extraordinarios y admirablemente bellos; le hace cantar, reír y llorar de seguido. Jamás habría creído que una simple guitarra pudiera emocionarme tanto como el violín de

nuestros más grandes maestros, he quedado más encantado por este artista desconocido que lo que hubiera quedado por Allard o Sivori. Este hombre compone o improvisa su música él mismo: es de una pasión sorprendente. Le hemos preguntado a este herrero de una barriada de Granada que porque no venía a tocar a París, donde su éxito sería inconmensurable: nos ha contestado simplemente que prefería quedarse en su fragua. Puede ser que tenga razón. A continuación oímos las canciones del país; son extrañas, como todo lo que se canta en Andalucía. Un parisino del boulevard las encontraría gangosas y bárbaras; yo no estaría de acuerdo con él, siento una gran debilidad por ellas, porque tienen una nota extraña y melancólica que tiene muchísimo encanto. Vienen directamente de los árabes y parecen contener más lágrimas que risas. (...)

 

Traducción del francés: Guillermo Morán Dauchez - 2002

Nota: He procurado hacer una traducción lo más ajustada posible a lo literal, por eso hay algunas frases que quedan un poco raras. También hay que tener en cuenta que el usa unos términos un poco raros, propios del francés del s. XIX.

Típica vista de Ronda, dibujo del pintor André Dauchez (1870-1948), hijo de Fernand

 


 

 

 

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