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EL ADIÓS DE LUIS DE LA PICA
por José María Castaño.
Reconozco que no me gustan las
despedidas. Menos aún, cuando éstas tienen visos de ser actos de cierre definitivo sin
posibilidad de algún esporádico reencuentro. El pasado viernes seis de agosto fui
fortuito protagonista de una de estas despedidas. O quizás no fuera un hecho tan azaroso.
¿Quién está capacitado para comprender las reglas del destino y su caprichoso eje de
ruleta rusa?. Tras una mañana de estudio en el Centro Andaluz de Flamenco me encaminé al
Bar Arco de Santiago, regentado por el buen amigo Agustín Vega. Justo a la entrada,
conversa otro Agustín, apodado como el pantera, con una chica francesa cuyo
nombre no recuerdo con exactitud. Alguien jugaba a la máquina tragaperras. Tomasito el
torrontrontero formaba tertulia con algunos amigos, quizás sobre su nuevo disco...
A la puerta llegó un taxi, de cuyo habitáculo bajó un hombre con aspecto cansado, como
si los rayos de sol le molestasen. Su andar templado y sus amplias barbas blancas
enseguida delataron que se trataba de Luis el de la Pica, posiblemente de
vuelta de algunas esas noches de bohemia y cante.
Me comentó que había sacado un par de letras nuevas. Esas letras que lo mismo cantaban a
las olas del mar, a tardes vestidas de corinto o a jardines de nubes blancas y flores de
terciopelo. Letras que con belleza han ensalzado el amor, la vida y la muerte, los tres
temas principales de la poesía flamenca. Con un lenguaje poco preciso y menos entendible
aún, dijo: Agustín, convía a mi Pepito, que quiere mucho al Pica y me pone mucho
en la emisora. Saboreando el fino de nuestra tierra, me dijo que cuándo lo iba a
llevar yo al Reverbero (programa de TV local) para hacerle una entrevista en
condiciones. Me quería hablar de muchas cosas, de sus vivencias, de su soledad, de su
peculiar modo de entender el mundo y de cómo su cante era un reflejo de ese desorden
acompasado que suponía su existencia.
Agustín el pantera reclamó mi atención para que le explicara a la chica
francesa en qué consistió exactamente el acto de la peña el pasado sábado. Medio me
entendió. Al volver de nuevo con Luis para apurar el catavino me lo encontré llorando.
Unas lágrimas acanaladas iban desembocando en la orilla de sus barbas blancas y espesas
mientras su mirada buscaba algún punto en que fijarse. Seguramente buscaría el cuadro de
Rafael de Paula donde pegaba, digo soñaba, una de sus medias verónicas antológicas. No
es que me extrañaran en exceso esas lágrimas, pero lógicamente le pregunté y me
respondió balbuceando: José Mari hijo, es que me he acordao de mi mare Pica y me
he puesto a llorar. Esa es la sensibilidad que llevamos dentro los artistas. Tras
esta concisa respuesta giró y se marchó vaporosamente, algo parecido a ese paseíto
majestuoso y templado que daba tras su pataíta por bulerías. Y esas lágrimas, no sé
por qué, me sonaron entonces a despedida.
Ignoro cómo quedará registrado Luis en la historia del cante, una historia tantas veces
falseada por distintos intereses y otras tantas tremendamente injusta. Pero sin lugar a
dudas, todos los que tuvimos la suerte de compartir momentos y fiestas con él, de verlo
actuar en cualquier festival, recordaremos ese temple muy parecido al de Curro Romero, ese
compás santiaguero medio soñado, medio inventado y esas letras.... Letras que lo mismo
cantaban a las olas del mar, a tardes vestidas de corinto, al murmullo del barrio o a
jardines de nubes blancas y flores de terciopelo.
José María Castaño.
Artículo de José María Castaño a su
amigo Luis de la Pica con motivo
de su fallecimiento, el 8/08/99 y publicado en DIARIO DE JEREZ.

Luis de la Pica - Secuencia de un Cante.
Fotos de Carlos Fernández Rico.
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