| Metáforas en movimiento |
| lunes, 08 de marzo de 2010 | |
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‘JUEVES FLAMENCOS’ MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla /Diario El MundoOnce años después de que la presentara Cristina Hoyos en el Teatro Central, vuelve de nuevo a Sevilla la bailaora Manuela Ríos para presentar su primer montaje en solitario, ‘De tablas’, una propuesta que ya estrenó en febrero de 2008 en la Sala La Compañía, en el seno del XII Festival de Jerez, y que está basada en la sencillez y en la puridad del baile sin más cortejo que el cante y la guitarra.Y ahí estuvo la feliz dificultad, en que el cante y, sobre todo, la guitarra de Rodríguez, restaron protagonismo a Manuela Ríos, que nos más insinuarse por soleá ya evidenció que ha crecido en técnica pero sin dejar de acentuar el carácter temperamental que siempre le acompañó. La malagueña de Moi y los fandangos granadinos de Campos y el de Pura se solemnizan por entre los silencios a modo de cortina musical, en tanto que la levantica del Cojo anuncia la visión unifuncional del taranto, baile en el que los desplantes, paseo y braceo no estuvieron a la altura de su resolución por tangos. La producción hacía, pues, aguas por todos sus poros, al punto que una falseta que hizo Rodríguez de ‘La Zarzamora’ nos situaba ante uno de los secretos de la noche, el magisterio del guitarrista, urdidor de la materia prima y el tejedor de esa magia jonda capaz no sólo de provocar los aplausos más encendidos, sino de transformar las fibras sonoras de las cuerdas en un hilo continuo y cohesionado de melodías agradecidas. El baile no respondía, en cambio, al título ‘De tablas’, el homenaje que merecen quienes encuentran en los tablaos la universidad de lo muy jondo. Menos mal que llegó el momento esperado con las alegrías, con mantón y bata de cola al modo sevillano. Ahí sí se plantó Manuela, sacó el manual de las que saben qué baila y cómo se baila, y fue transmigrando por entre los espíritus de los grandes maestros hasta conformar la circularidad de las metáforas en movimiento. ¡Qué delicia la de metamorfosearse en Matilde, la de sorber el polen de una rosa llamada Merche! ¡Qué deleite el de sugerir la silueta de Manuela Vargas, el de sentirse penetrada por Milagros, cargarse de la vida latente de las raíces de la Hoyos o de sentir la gravitación de la Carrasco! Y qué placer encontrarse consigo misma por bulerías cuando se había olvidado de su propia existencia. |