Inicio

Triste y Azul

Crónicas

 

 



DIEGO RUBICHI

In Memoriam por José Luis Gálvez

Presentación Presentación Presentación Solidario
Presentación Presentación Presentación Presentación

 

Escribo éstas líneas, no sé ahora si serán muchas ó pocas, en una tarde lluviosa de agosto al lado del mar. Y lo hago con el propósito de aliviar mi tristeza. La melancolía de la tarde se empareja con el estado de ánimo en el que estoy sumido desde que hace pocos días, una docena apenas, pasé por el muy penoso trance de asistir al entierro de un amigo muy querido, que además era mi cantaor preferido; Diego de los Santos Bermúdez “Diego Rubichi”.

Rubichi

No sé si melancolía es el término adecuado pero, ¿cómo llamar a lo que  siento al recordar tantos momentos junto a Diego? ¿al saber que ya no oiré en directo su trabajosa voz, esforzándose por llevar los tercios a su sitio, con su sorprendente sentido del compás y del tiempo?, ¿ al evocar las charlas, en las que él escuchaba más que hablaba, pero lo poco que decía eran verdades viejas como el mundo?

Me es difícil ordenar  los recuerdos acumulados durante los años que traté a Diego y a su familia, tampoco creo importante el orden, los dejaré fluir libremente.

Cuando le escuché por primera vez  me asaltaron un cúmulo de emociones difíciles de explicar. Su ronca y a la vez dulce voz, ronquera que un inoportuno resfriado había acentuado por entonces. Su forma de decir el cante, peleando con su dificultad innata para respirar- después supe de su asma crónica- esa dificultad le hacía tomar aire, con más frecuencia de la que la rígida ortodoxia flamenca podría exigir, sin que su cante sufriera discontinuidades ni perdiera un ápice de compás ni de sentido, añadiéndole la tragedia que siempre emana del cante peleado hasta la extenuación.

Su puesta en escena era sencilla, seria, flamenca, sin “roneos” ni palabrería vana para predisponer al público. Su boca un pozo de “hondura”, su mano derecha crispadamente abierta y la izquierda tocándose las entrañas, donde nacía su lacerante cante. Ese mismo día, llevado de la impertinente curiosidad de aficionado irredento, le abordé y hablé con él un largo rato. Me bastó para entrever su forma de ser; sincero, parco en palabras y entrañable.
 
Esas primeras impresiones se confirmaron con creces a lo largo de los años que traté a Diego y a su familia.

Carmen, su mujer, hija del Tío Juane y gitana cabal.


Su hijo mayor, Domingo, y su mujer Eva, él buenísima persona y excelente guitarrista, con un gitanísimo toque fundamentado en dos Manueles ilustres: Parrilla y Morao. Eva cantaora y bailaora con mucha gracia y arte, con una tremenda afición por todo el cante raíz de su tierra.
Los otros hijos; José importante palmero y percusionista y el prudente Dieguito siempre apegado a su familia.

Sus hermanos y hermanas; Antonio “Monea”, imprescindible en cualquier evento flamenco donde haya buen cante ó se precise un buen palmero y bailaor,  Manuel excelente bailaor y el mayor José buen cantaor.

Las circunstancias en las que conocí a José dicen mucho acerca de la reservada personalidad de Diego. Una tarde entramos Diego, su hijo Domingo y yo en la antigua peña de La Bulería de la calle Mariñiguez. Allí estaban El Poli y un aficionado haciendo compás sobre el mostrador y “peleándose” por bulerías de San Miguel. Así estuvieron un buen rato y de pronto un flamenco mayor del que nadie había “echao cuenta”, con un precioso traje de alpaca gris, un impoluta camisa blanca desabrochada, se levanta de una mesa del fondo de la peña, se acerca y dice: “ Voy a deciros yo unos cantecitos….”. Y lo hizo con un arte, un compás y con unas letras que me recordaron, por lo que me habían contado de él, a Domingo Rubichi, padre de Diego y mítico cantaor junto con su hermano el viejo Agujeta. Entonces le dije a Diego: “¿Y éste quién es, que hace los cantes de tu “bato” tan bien?. Me contestó: ”¡No los va a hacer, si es mi hermano mayor José que fue quién más escuchó a mi pare?”. En efecto , cuando murió Domingo de los Santos Gallardo- Domingo Rubichi- Diego tenía apenas siete años y José en torno a veinte.

Desde entonces he tratado de “pillar” a José en alguna reunión sin conseguirlo. El médico le ha prohibido el alcohol y él dice que sin una copita no se “pué” cantar.

Siempre tuve fuertes sensaciones escuchando a Diego.


Gran emoción con sus tientos/tangos, cante por soleá y malagueñas, gozo con sus cantiñas, tangos y bulerías de su barrio y tremenda angustia con sus seguiriyas, tonás y saetas.
 
Estos tres últimos cantes Diego los hacía con un desgarro, una honradez y una lucha tremenda. Es de notar que solía rematar su cante por seguiriyas con machos de M.Molina y J.Junquera, ¡con la dificultad que encierran estos estilos para voces  como la suya!

Del cante libre hacía obras de arte llenas de matices; gitanísimos tarantos y granainas, trágicos fandangos y emocionantes malagueñas. Cuando atacaba la segunda subida de la malagueña del Mellizo, “Y yo no quiero…”, en la palabra “porío”, su amigo Juan Salido me decía: “Ajú, a ver como salimos ésta vez…”. Siempre salía airoso a costa de dejarse un jirón de alma.

En cuanto a los cantes de ritmo Diego les imprimía un compás “mamao”, el que no se aprende y al que Manuel Ríos Ruiz llama “compás antiguo”; soleares de Jerez, Utrera y Cadiz  templadas con majestad. Enjundiosas cantiñas; romeras y del P    inini. Solemnes y emocionados tientos del Mellizo, Manuel Torre y Frijones. Bulerías de su barrio, evocando a cantaores de su casta; su padre Domingo , sus tíos Manuel Agujeta y El Chalao. Según Caballero Bonald “el cantaor no inventa, recuerda”.

Sus referencias siempre fueron Manuel Torre, Mojama, Caracol, Juan Talega , Mairena y Fernanda. ¡No andaba nada “esnortao”!

Allí donde actuó siempre se dejó el alma sin escatimar esfuerzo por llevar los cantes a su sitio, con mucho sentido y gran profesionalidad. No importaba que fuera una peña, un teatro ó una reunión de amigos.

Manuel Ríos Ruiz escribe en su enjundioso libro “De cantes y cantaores de Jerez” acerca de sus paisanos cantaores: “….buscan la profundización más que el vuelo seco de la voz, persiguen en su expresión peleada la intensidad del sentir, por encima de todos los demás atributos cantaores….”.

Parece que Manuel estuviera pensando en Diego Rubichi

Diego tenía el respeto y aprecio de todo aquel que le conocía, tanto en su tierra como fuera de ella; La provincia de Cádiz, Madrid, Barcelona, Sevilla, Zamora, Valladolid, Paris, Luxemburgo, Japón, etc.

Ese respeto y cariño se lo ganó como persona seria y prudente y como cantaor con un eco hoy día muy poco frecuente, siempre digo que a ese tipo de eco y a los pocos cantaores que lo poseen, habría que declararlos oficialmente “especie protegida”

Hace unos años le convencí para que se asociara al SGAE, cuando le mencioné que Hacienda le retendría parte de sus derechos me dijo: “Oju Garve, tu y yo vamo a acabá azí”, a la vez que juntaba las muñecas como si estuviera esposado. Le contesté: “Venga ya, ojalá le tuvieras que pagar millones a Hacienda”. Después de asociarse y reclamar los derechos de los dos discos que grabó en Francia, descubrimos con sorpresa que donde generaba más derechos por la difusión de esos discos era en Francia, Italia y Austria. Siempre me duele comprobar que el cante cabal, de raíz, con ecos similares al de Diego, se aprecie más fuera de España.

Podría seguir relatando más vivencias con Diego, no lo hago ante el temor de aburrir a las personas que hayan tenido la ocurrencia, y la paciencia, de llegar hasta aquí.

Acabaré diciendo que cuando esté en condiciones de hacerlo, volveré a escuchar las grabaciones de Diego esperando que me asista la capacidad de consuelo que, certeramente, Félix Grande atribuye al cante flamenco.

Seguro que cada vez que lo haga, descubriré nuevos matices en el cante de Diego.

Me ocurre siempre que vuelvo a escuchar las grabaciones de los más grandes.

José Luis Gálvez


 


   

 

 

Inicio

¿Quieres escribirnos Por favor, escribe a
tristeyazul@tristeyazul.com

¿Errores? Por favor, escribe a
webmaster@tristeyazul.com