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"DIEGO DEL GASTOR"
por Antonio Valentin
Su reino fue, y sigue siendo, de este mundo; pero su leyenda no parece de
este tiempo. Diego del Gastor traía impreso hasta en el rostro ese
marchamo de lo ancestral, genuinamente propio de los flamencos que
pusieron las calles. Podría incluso haber sido uno de esos primordiales
Tíos, de los que no se conserva una mala foto y que parecen cortados a
troquel para uso y disfrute de la flamencología especulativa. Vaya, que le
cuadraba el siglo XIX como a una guitarra su estuche:
caló hasta los
mismos tuétanos, semiprofesional, huidizo, siempre imantado por el duende
e incorruptiblemente puro, casi atávico en su forma de sentir y concebir
el toque. No lo había más a propósito para inocular la cultura de la
sangre en las venas cabales del siglo XX, en el que, por suerte para
nosotros y para su leyenda, le tocó nacer, crear su música y morir. En el
XXI, como testimonia el grupo “Son de la Frontera”, su ejemplo está que
arde, muy lejos de apagarse, y parece claro que de esa intemporalidad
proviene buena parte de la magia que irradia su figura. Porque Diego del
Gastor, antes que nada, fue un caballero de esos que ya no nacen, especie
de hidalgo rural o rey de Taifas, destinado a hacer historia precisamente
porque la historia le traía sin cuidado.
“Me llamo Diego Amaya Flores. Nací en Arriate en 1908,
el día 15 de marzo, en la calle Ronda número 8. El bautizo mío duró cinco
días, fue una cosa bárbara. Después (...)mi padre se fue a El Gastor,
estuvo unos pocos de años, ocho o diez, y de El Gastor se vino a Morón,
donde estuvo cuarenta años, el tiempo que llevamos aquí. Después mi padre
murió, mi madre también, y nos quedamos viviendo en Morón todos los
hermanos ...”
Con estas
palabras se presentaba el propio Diego en la serie televisiva
“Rito y geografía del cante”,
único documento que guarda su imagen en vivo. Cuatro
episodios de esta serie, de cuya sintonía fue, además, autor, nos
restituyen la impagable presencia de un Diego en su ambiente y a su gusto.
Cercano al fin de sus días, pero aún pletórico, podemos, gracias al equipo
que encabezara José Mº Velázquez-Gaztelu, disfrutar
pa’ los restos
del hechizo de su
guitarra, tanto en solitario como acompañando magistralmente a Fernanda y
Bernarda de Utrera, a Perrate y a Joselero, su cuñado y amigo de toda la
vida. La reciente colección
“Nuestro Flamenco”
de RTVE Música, ha
rescatado en excelentes condiciones parte del audio de esos episodios,
que, junto a su participación en el
“Archivo del cante flamenco”
de Caballero Bonald y en la también reciente edición de
los
“Cantes inéditos”
de Fernanda y
Bernarda, constituían, hasta hoy, el bloque
oficial
de grabaciones
gastoreñas localizables en España.
Por fortuna, el catálogo se amplía en este 2004, gracias a la siempre
ejemplar labor de El Flamenco Vive, con el lanzamiento de “DIEGO DEL
GASTOR- EL ECO DE UNOS TOQUES”. Tal es el título de la única biografía del
artista, escrita por Angel Sody de Rivas, que el sello madrileño reedita
junto a un cedé homónimo. Treinta años después de su aparición, el disco
“Evocaciones”,
compuesto en Morón sobre un conjunto de grabaciones privadas, es
recuperado para la ocasión, con el complemento, igualmente incunable, del
único
single
que Diego llegó a
registrar en estudio. Un total de diez hermosas tomas en solitario, que
dan sobrada fe de la fama del guitarrista, y sin duda proveerán de
abundante cantidad de falsetas a los seguidores jóvenes de Diego.
Majestuosos toques por siguiriya, soleá y bulería, como era de recibo en
el maestro, pero también sorprendentes variaciones por tangos, zambra y
alegrías, que siguen sonando tan redondos y frescos como recién creados.
Diego del Gastor siempre vivió por y para la guitarra. Nacido en el seno
de una familia acomodada, no conoció más estorbo a su vocación que la
ayuda prestada a su padre en el gitanísimo negocio del trato de ganado;
labor que a comienzos de la década de los 20 desempeña, con escaso
entusiasmo, entre el Gastor y Morón, junto a dos de sus hermanos mayores.
Uno de estos, Pepe, le anima a coger en serio la bajañí y le pone sus
primeros ejercicios. En 1928, merced a su buena posición económica, el
padre puede permitirse pagar la elevada cuota por la que Diego se libra
del servicio militar. Así lo encontramos, ya en los 30, establecido en
Morón y plenamente consagrado a la sonanta, arrimado a los sabios consejos
del maestro Pepe Naranjo y cultivando la amistad de Perrate y Juan Talega,
a quienes acompañaría un sinnúmero de veces. Luis Torres “Joselero” pasa
también a formar parte del círculo íntimo, al casar con una de las
hermanas de Diego.
Estalla la guerra y Diego es detenido, junto a dos amigos, durante la
cruenta toma de Morón por parte de las tropas desleales. Afortunadamente,
los dejan en libertad sin cargos a los veinte días, ocasión que el del
Gastor aprovecha para emprender una más que conflictiva gira junto a
Manuel Vallejo, pronto interrumpida por el nulo entendimiento entre ambos.
Y por las bombas que tiraban los fanfarrones, claro.
En 1941 muere Juan Amaya Cortés, padre de Diego, a los 72 años, y será el
guitarrista quien quede al cargo de madre y hermanos. Incapaz para los
negocios, no podrá evitar el declive económico de la familia, solo
amortiguado por la venta de antiguas propiedades inmobiliarias. Los
derroteros artísticos, en cambio, apuntan alto. Frecuenta Sevilla, donde,
guitarra en mano, dialoga con su admirado Niño Ricardo, en las noches de
la Alameda. Imprecisos datos se refieren, también, a un pequeño cupo de
actuaciones en salas de fiesta del Madrid de posguerra, en formato
cuadro de la casa,
a la vera de Joselero y
el bailaor El Quino.
Pepe Naranjo muere en Morón en noviembre de 1955. Diego siempre reconoció
en él a un auténtico maestro, y a ambos les unía un insobornable sentido
de la independencia, e idéntica alergia a los cauces comerciales del
flamenco. El relevo (“Morón
es suelo de guitarristas” decía Diego) estaba
asegurado, de maestro a maestro. Un año antes, gordos y sanos, llegaban a
España los americanos, asentando en Morón su célebre y marcial base
militar. Y con ellos, Donn Pohren, auténtico impulsor de la leyenda de
Diego del Gastor.
Pohren acondiciona una antigua finca a las afueras de Morón y en 1965
establece allí una especie de selecta residencia para sus compatriotas
adinerados, donde ofrece fiestas flamencas de tronío. Desfila por allí lo
mejorcito de la comarca: Fernandillo, Anzonini, Joselero, su hijo
Andorrano, Talega, Manolito de María, la Fernanda y, naturalmente, Diego.
Es, de hecho, el auténtico aglutinador de las reuniones, junto a sus
sobrinos Juan y Paco del Gastor, y pronto, debido a su carisma y al
inestimable apoyo de Porren, adquirirá entre los yanquis un estatus de
gurú.
Le acribillan a fotos y
graban con devoción cada sonido que brota de su guitarra. Estos americanos
de la Base, en expresión de Ricardo Pachón, serían, sin saberlo, los
últimos señoritos andaluces. De ahí las innumerables cintas piratas que
circulan por esos mundos con los sonidos de Diego. De ahí, también, el
hermoso homenaje de esa escuela de música que lleva, en Nueva York, el
nombre de Diego del Gastor. Y los inapreciables documentos gráficos de
William Davidson y Steve Kahn que aparecen en el volumen biográfico que
acompaña al disco editado por El Flamenco Vive.
La vida de Diego del Gastor se apaga en Morón el 7 de julio de 1973. Un
año antes, mientas grababa para televisión aquellos episodios de
“Rito y Geografía del Cante”,
el
Estado, a instancias de la Cátedra de Flamencología de Jerez, le otorgaba
el Premio Nacional de Flamenco en la modalidad de Enseñanza; no se molestó
en acudir a Madrid a recogerlo. Poseía ya, al fin y al cabo, el mejor y
más perdurable de los premios: el prestigio, y gozaba del respeto de un
nutrido grupo de alumnos extranjeros, que literalmente peregrinaban a
Morón en su busca, para intentar mirarse en el espejo de su ejemplo. Sus
sobrinos, Juan, Paco, Dieguito, perpetuaban ya su obra, ojo, sin
fosilizarla.
Aquella España que empezaba a salir del letargo, seguía ignorando su
talento, salvo un pequeño reducto. Y lo más gracioso es que, encima, no se
enteraban de que el mundo entero, mientras tanto, había convertido a Diego
en su paisano.
ANTONIO VALENTIN
Miembro
de la Asociación Cultural Triste y Azul, Cabales en la Red.
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