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por Norberto Torres Cortés. Cuando hoy la transculturación está al orden del día, siempre ha habido en la música personajes que han hecho del mapamundi su morada. Porque la música es así de generosa y abierta, solo pide al que se acerca respeto, saber escuchar, paciencia y sensibilidad para comunicar sus códigos, sean de donde sean. Henry Vincent Kneuer es uno de aquellos nómadas crónicos que ha convertido la música en un eterno viaje a través del globo. Nacido en 1953 en Washington, hijo de un cervecero alemán emigrado a EE.UU desde Königshofen, a los cinco años regresa a Baviera cuando su madre se instala en el tristemente famoso pueblo de Dachau. Estudia piano con la concertista Charlotte Krämer y en el conservatorio de Münich. Aprende también fotografía y diseño y se lanza tras las huellas de Kerouac por Méjico y Estados Unidos. Entre reportajes y jam-sessions, descubre allí el jazz y la cultura hispana. Después de patearse los peores autocares y trenes de Marruecos, Portugal, Canadá, Guatemala, Turquía, Egipto, India, Austria, Indonesia y España, acumulando vivencias e influencias, en los 80 se instala en Andalucía en La Alpujarra, en Ronda y en Huetor Vega (Granada), donde reside hoy. Adelantado a su tiempo, desde siempre ha sido defensor y ha puesto en práctica conceptos como la independencia y la autosuficiencia. Cuando hoy la industria de la diversión en lo musical está llevando a sus protagonistas a la negación de sí-mismos para ser marionetas animadoras de consumo, los que todavía sienten la llama de una vocación creativa y artística, se plantean cada vez más montar su propio estudio y autoproducirse para no traicionarse. Entre las innumerables experiencias de Henry Vincent en busca de colores musicales, un día tropezó con un ensimismado Keith Jarret tocando el piano en una tetería de Marrakesh, hecho revelador sobre los viajes iniciáticos, posteriormente narrado por Antonio Muñoz Molina. El flamenco es vida, el jazz es vida, y sus artistas cazadores de colores vitales. Dos pasiones animan pues el recorrido vital de Henry Vincent: viajar libremente por fuera y por dentro, alejado de cualquiera "pureza" atadora. Articulo publicado en la Revista El Olivo en su número del mes de Julio de 2004.-
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