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JUAN CARLOS ROMERO Harmonia Mundi Ibérica, 2004. por Norberto Torres Cortés. Sin mundanal ruido, de forma felina casi, fuera de modas pero cercano y atento a los caminos por dónde transcurre la evolución del flamenco como género musical, Juan Carlos Romero está aportando al toque actual una de las lecturas más personales, a veces desconcertante, otras sorprendente, pero siempre original. Su primer disco Azulejos y sus producciones a Arcángel anunciaban la búsqueda de una voz propia en un panorama técnicamente esplendoroso, pero peligrosamente encerrado en la gris uniformidad de las producciones de diseño. Juan Carlos no ha parado de darle vuelta desde entonces a su sonido, a sus melodías, a su forma de abordar la guitarra solista, en una palabra “ a sus maneras”, y confirma ahora la consolidación de su dimensión como músico creativo. Una guitarra la suya que pertenece al momento actual, no agresivo, sin técnica apabullante ni malabarismos vanos, sugerente, con el uso de los silencios como resonancia, un toque más elaborado musicalmente. Evolucionar desde lo musical es seguramente el camino más interesante que están siguiendo los más prolijos creadores de la guitarra flamenca, entre ellos Juan Carlos Romero. Y bienvenido sea este planteamiento, cuando la técnica por la técnica y el “cada vez más espectacular” estaba convirtiendo el toque en puro artificio vacuo. La confirmación de haber conseguido su propio discurso lo tenemos en Romero, un disco que se escucha al tirón, guardando coherencia entre cada tema, hasta tal punto que resulta imposible destacar uno en particular. Aunque las formas aparecen (alegrías, farruca, bulería, taranta, fandangos de Huelva, intro-tientos-tangos, sevillanas y rumba) y el fondo tenga en cada una de ellas el sabor que le es propio, personalmente lo escucho como una gran partitura, con diferentes movimientos. Juan Carlos Romero tiene en primer lugar una manera muy suya de tratar las melodías, hasta tal punto que basta escuchar las tres primeras notas de cualquier tema para identificarlo inmediatamente. Es quizá el aspecto más sofisticado de su toque, unas melodías desconcertantes, que parecen disparar hacia muchos sitios, caprichosas, y que dan cierto carácter intelectual a su manera de componer. En este sentido se aproxima a algunos improvisadores del jazz, como Charlie Parker: todo ocurre como si su lógica consistiera en estar fuera de la lógica predecible. Una forma de entender la música en segundo grado y construirse en otra dimensión. A pesar de moverse en el color disonante de la guitarra flamenca contemporánea, armonicamente resulta mucho más abordable que en sus melodías. Aquí sí que utiliza unas modulaciones lógicas, predecibles, casi tarareables, punto firme que sostiene su edificio, el del flamenco. Rítmicamente aparece sobrio, exquisito y discreto en su manera de tratar las percusiones, las justas con el buen gusto, una vez más casi felino, sin ruido y con mucha vista para ver dónde y cómo colocarlas en determinados momentos para redondear los detalles, especialmente en los cierres. La música de Juan Carlos Romero es tan personal, su mundo melódico tan omnímodo que llega a captar y casi “tragarse” la personalidad de voces tan dispares timbricamente como las de Arcángel, Estrella Morente o el Vareta. Una cosa curiosa. Quizá porque al fín al cabo no hay voces musicalmente preparadas hoy en el flamenco para dar réplica a su complejidad melódica. Norberto Torres Cortés
Artículo publicados en la Revista El Olivo en su número del mes
de Diciembrede 2004.- |
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